El Partenón es un icono de la arquitectura. Un edificio ultraconocido, universal. Entre todos los templos griegos destaca por su personalidad propia, por su belleza humanizada y joven. Ya en la Antigüedad, el historiador romano Plutarco dijo que "según nacía ya era antiguo y llega recién hecho y como nuevo hasta el presente".

Conocer los avatares de su construcción, la serie de catastróficas desdichas que lo han dejado en su actual estado o los retos que afronta su futuro no es necesario para disfrutarlo. Cualquiera con un mínimo de sensibilidad apreciará su belleza porque es atemporal. He ahí la grandeza del clasicismo.

Pero advertir todo eso sí tiene importantes ventajas: lo acerca a nosotros, lo humaniza, nos ayuda a comprender la época y las personas que lo construyeron. Aprendemos, en suma. Lo bajamos del podio en el que nosotros mismos lo hemos puesto, y lo convertimos en lo que es: un fragmento milagrosamente conservado de una época maravillosa, pero conflictiva y difícil. Así lo disfrutaremos más, lo entenderemos y podremos opinar con información de causa.

Porque el Partenón, hoy símbolo no sólo de Atenas y de Grecia, sino de Europa y de la civilización misma, no nació para ser una pieza de museo. Es un monumento complicado, lleno de contradicciones. Su estado actual es problemático, y no sólo por la destrucción y el expolio. Su significado no es el que parece. Su construcción, hace más de dos mil quinientos años, estuvo llena de polémicas. Sus impulsores tuvieron que vencer una férrea oposición.

Capítulo 1. El Partenón y el imperio ateniense, o por qué no todo es tan bonito como parece.

En el año 477 a.C., Atenas, junto con Esparta y un amplio grupo de ciudades griegas, derrotó al temible invasor persa en la segunda de las Guerras Médicas. Había construido para ello una poderosa flota de trirremes que le dio la hegemonía marítima indiscutida sobre todas las ciudades griegas. La única que podía hacerle frente, Esparta, fue siempre una potencia terrestre.

Y Atenas se aprovechó de ello. Cuando terminó la guerra impulsó una alianza militar, la Liga de Delos, junto con otras ciudades marítimas. El objetivo era protegerse mutuamente de los persas y, en un principio, era un alianza igualitaria. En las reuniones había un representante de cada ciudad y las decisiones se tomaban por mayoría.

Entonces llegó Pericles. En el año 462 a.C. se hizo con el poder en Atenas y a partir de ahí todo cambió.

Pericles llevaba por bandera un programa político democrático, es decir, tendente a la igualdad de todos los ciudadanos. Pero no sólo a la igualdad política, que consistía entonces en la igualdad de derechos (isonomía) y la libertad de expresión (isegoría). También a la igualdad económica. Los griegos sabían muy bien que los derechos políticos de poco le sirven al desamparado y al dependiente.

Un proyecto como ese solo podía lograrse de una manera: dando trabajo a toda la ciudadanía y subsidiando al que no pudiera trabajar. Y en un mundo como aquél, donde no había impuestos directos ni herramientas fiscales como las de los estados actuales, y en lo que no dejaba de ser una ciudad pequeña, obtener fondos para tamaña empresa era complicado.

Los estados antiguos habían dependido hasta entonces de las aportaciones personales de reyes y aristócratas, que proporcionaban hombres para la guerra y financiaban construcciones a cambio de obtener favores y, sobre todo, de mantener un status quo que los situaba en la cima.

El estado ateniense cobraba capitaciones a los extranjeros y ciertos impuestos indirectos, como multas y aduanas. Y quería, de pronto, dar trabajo a todos los ciudadanos, mantener la flota más poderosa de Grecia y reconstruir monumentalmente una Acrópolis destruida por los persas. Era imposible.

Discurso fúnebre de Pericles
Discurso fúnebre de Pericles. Philipp von Foltz, 1877

Pero Pericles lo hizo. Primero, detuvo la guerra para permitir que floreciera el comercio, que era la principal riqueza de Atenas. Detuvo la guerra pero mantuvo intacto el poderío naval de Atenas, impuso a sus aliadas su moneda, sus leyes y su forma de gobierno, prohibiendo además abandonarlo. La Liga de Delos se convirtió de facto en un Imperio Ateniense.

Y utilizó el dinero de sus aliados no como fondo común para la defensa, sino como premio. Con él financió la prometida igualdad económica y la grandiosa reconstrucción de Atenas, además de fortalecer su posición como líder de la ciudad. Fue una verdadera desviación de fondos, pues sólo la Atenea Parthenos de Fidias costó el equivalente a doscientos treinta trirremes.

Fidias enseñando el friso del Partenón
Fidias enseñando el friso del Partenón a sus amigos. Lawrence Alma Tadema, 1868.

Las críticas fueron amplias. El bando aristocrático intentó por todos los medios deshacerse de Pericles. Utilizaron todo tipo de tácticas, atacaron a sus amigos, criticaron el libertinaje de Aspasia y las ideas de Anaxágoras, consiguieron encarcelar a Fidias, acusado de retratarse a sí mismo en la Parthenos.

Tampoco los grandes filósofos defendieron la democracia. Había algo inmoral entre bambalinas y una profunda hipocresía tras la pompa de los discursos.

Pericles argumentó que la flota de Atenas proporcionaba un valioso servicio a Grecia y que por tanto era legítimo utilizar el dinero para su propio embellecimiento. La gran masa de braceros tenía trabajo: unos servían en las trirremes, otros levantaban templos o desempeñaban puestos en unas instituciones cada vez más infladas. Todos recibían un salario y aplaudían a Pericles. Dijo Tucídices que en Atenas "todo aquel que es capaz de servir a la ciudad no encuentra impedimento alguno".

Era verdad. Pero, ¿era sostenible? Luciano Canfora, en El mundo de Atenas, un libro maravilloso para entender las contradicciones esta época y desmitificar la Atenas de Pericles, recoge este punto de vista:

Fue una extraordinaria política de trabajos públicos, consistente en utilizar masas de trabajadores pagados a dos óbolos la jornada, que no es un precio demasiado elevado para una política urbanística que cambió la cara de Atenas. Cratino, el gran «maestro» de Aristófanes, hace decir a un personaje en la escena: «Están construyendo el Partenón y no lo terminan nunca.» Quiere decir que se prolongan los trabajo ad infinitum, para seguir suscitando consenso a través de la indefinida prolongación de los trabajos públicos. Una política que al mismo tiempo da prestigio y es socialmente admirada.

El gobierno griego reclama desde hace décadas la devolución de las piezas expoliadas del Partenón porque su presencia en el Museo Británico es un resultado claro del imperialismo, pero, ¿no lo es también el propio Partenón?

La historia es rica en paradojas.

La Atenas de Pericles era sin duda la más fuerte de las ciudades griegas de su época y propuso un mundo basado en el comercio. Hizo frente a Esparta, que vivía para la guerra. Hizo frente también al imperio persa.

Empleó para ello un dinero que no le pertenecía, pero lo hizo a cambio de una protección real que garantizó casi cincuenta años de paz. Dio trabajo a todo el mundo y construyó algunas de las obras más hermosas de la historia de la humanidad. Se convirtió en el faro de todo el que, posteriormente, persiguió la libertad y el humanismo.

Emitir un juicio tajante es complicado. El Partenón fue un premio que Atenas se dio a sí misma y fue parte también de lo que hoy llamaríamos un programa político populista.

Hoy el premio es nuestro, de todos, del mundo. Y está hecho un desastre.

Capítulo 2. Diez episodios que cambiaron el Partenón, o por qué verlo hoy puede ser considerado un milagro.

El Partenón comenzó a construirse en el año 447 aC. A su cargo estaban los arquitectos Ictino y Calícrates, aunque el verdadero impulsor y cerebro fue Fidias, amigo de Pericles y director de todas las obras que se realizaban en la Acrópolis.

Para construirlo se utilizó un único material, el mármol, inclusive en las tejas. Dos mil quinientos años después sigue en lo alto de la Acrópolis, y aunque parezca que su estado es penoso, si miramos hacia atrás concluiremos que su estado de conservación sólo puede calificarse de milagroso.

El Partenón es un símbolo materializado en una creación basada en la deconstrucción y la reconstrucción, en restauraciones, desrestauraciones y complejas labores de desmontaje y remontaje; es materia empleada para servir de vehículo de comunicación de valores intangibles unidos a ella, más que arquitectura propiamente dicha, a pesar de que, con toda su azarosa historia, las ruinas que hoy contemplamos sigan impresionándonos vivamente.

Repasemos los hitos más importantes de esa historia, los siete momentos que cambiaron el Partenón.

1. ¡Que vienen los bárbaros! El incendio del 267 dC y la restauración de Juliano el Apóstata.

Como decíamos, el Partenón se construyó entre 447 y 423 aC y se mantuvo poco menos que intacto durante unos setecientos años. En el año 267 dC, un incendio en la Acrópolis, ocasionado por la ocupación de los hérulos, afectó a la cubierta original, a la columnata interior, a los techos de mármol del peristilo, a varias columnas de los pórticos y a la cara interna de las paredes de la cella.

Nada se hizo entonces. Pero un siglo y medio después, un enamorado de la cultura clásica como Juliano el Apóstata, mientras luchaba por detener el auge del cristianismo y por relanzar la religión antigua, lo restauró.

Esta era ya una época muy distinta, y las técnicas de construcción y la finura de los artesanos no era la misma que en la época clásica. Así que la calidad de la intervención dejó bastante que desear. Nada grave, comparado con algunas restauraciones modernas.

2. ¡Que vienen los cristianos! El Partenón se convierte en la Panaguia Atheniotissa.

Hasta la época de Juliano las esculturas no sufrieron ningún daño. Pero aquella era una época de disturbios, con el auge de un cristianismo vengativo y orientado a acabar con los vestigios de los dioses paganos. En el siglo V dC el Partenón se convirtió en iglesia y fue en ese momento cuando se perdieron las primeras esculturas.

Construyeron, en la vieja pronaos, en la sección este del edificio, un ábside semicurcular. Y para ello tuvieron desmontar el muro de ese lado de la cella. En la otra fachada levantaron una nueva entrada, perforando a su vez el muro de ese lado. Allí se colocó el nártex.

Lo más grave fue que eliminaron seis bloques de friso para abrir ventanas y también un buen número de esculturas, dado que la representación de dioses paganos era incompatible con la función de una iglesia cristiana.

Se perdieron entonces las estatuas más grandes situadas en el centro del frontón oriental, el que representaba el nacimiento de Atenea. Y también se golpearon las metopas de los lados este, norte y oeste, haciéndolas irreconocibles. Se salvó una metopa, que se conserva hoy in situ en el lado norte, por su parecido con la escena de la Anunciación.

También se perdió el nombre. El Partenón dejó ser el Partenón y se convirtió en la iglesia de la Panaguia Atheniotissa. Pero mantuvo su importancia. A partir del año mil se convirtió en un importante centro de peregrinación y se conserva documentación de que en el año 1018 fue visitado por el emperador Basilio II.

3. ¡Que vienen los cruzados! Al Partenón le crece un campanario.

En 1208 Atenas fue ocupada por los francos, tras la Cuarta Cruzada, y el Partenón se siguió utilizando como iglesia, en este caso latina, durante dos siglos y medio. Pocos cambios sufrió en esta etapa, más allá del importante añadido de un campanario de mármol sobre el opistodomos.

Atenas cambió de manos. La ocuparon los almogávares de la Gran Compañía de Atenas y perteneció a la Corona de Aragón. Aún hoy el Rey de España ostenta el título de Duque de Atenas. Luego pasó a manos de Florencia y de Venecia.

Terminó la Edad Media. Habían pasado mil ochocientos años desde su construcción y el Partenón, aun con algunos añadidos y algunas pérdidas dolorosas, seguía siendo reconocible. Estaba entero, y seguía reinando con orgullo desde lo alto de la Acrópolis.

4. ¡Que vienen los turcos! El Partenón como mezquita.

En 1458 los turcos otomanos tomaron Atenas y el Partenón se convirtió en mezquita. Dicho así parece un cambio radical, pero no lo fue tanto. El campanario se convirtió en un alminar y se hicieron algunos cambios cosméticos, pero los nuevos ocupantes en nada alteraron la estructura ni le causaron daño alguno.

Llegaron entonces los ecos del Renacimiento, y el Partenón comenzó a valorarse como edificio clásico. Muchos empezaron a viajar a Ateas para conocerlo. Y entre aquellos primeros viajeros hubo uno muy especial: Jacques Carrey.

Viajaba como acompañante, en el séquito del embajador francés en Constantinopla, un hombre llamado Charles-Francçois Olier, Marqués de Nointel. La visita se hizo en el año 1674, y Jacques Carrey realizó en sus cuadernos unos dibujos que luego serían valiosísimos. En ellos aparecen todas las esculturas en el estado en el que se encontraban en 1674. Son de crucial importancia no por su valor artístico sino documental, pues de haber llegado Carrey veinte años más tarde no habría tenido mucho que dibujar.

Dibujo del friso del Partenón. Jacques Carrey.

5. 26 de septiembre de 1687. El día en que el Partenón saltó por los aires.

Según Cornelia Hadziaslani, historiadora del arte experta en el Partenón, aquel día tuvo lugar "la más grave destrucción en la historia de la cultura griega".

Hasta entonces sólo la pérdida de algunas esculturas, realizada tras la llegada del cristianismo, había tenido un carácter definitivo. El resto de los cambios eran perfectamente reversibles y el edificio estaba completo y en buen estado. Lo que pasó aquel día de septiembre fue, en cambio, una tragedia.

Ocurrió en el marco de una guerra entre el Imperio Otomano y la República de Venecia. Los turcos tuvieron la genial idea de utilizar el Partenón como almacén de pólvora, y unos mercenarios de la Armada veneciana, liderados por Francesco Morosini, bombardearon la Acrópolis desde las zona baja de la ciudad.

Ocurrió lo inevitable. Una de las explosiones fue a dar al centro del Partenón y el templo saltó por los aires. Cayeron los muros de la cella y casi toda la columnata de la pronaos, seis columnas de la cara sur, ocho de la norte y toda la techumbre. El estado ruinoso que tiene el templo hoy en día se debe básicamente a lo que sucedió aquel 26 de septiembre de 1687.

Además, aquello inició otra catástrofe: la del saqueo y el expolio. Empezaron los propios venecianos, que se llevaron como trofeos los caballos de los carros de Atenea y Poseidón que adornaban el frontón oeste. Poco después el francés Count Choisul-Goufier, embajador en Constantinopla, se llevó una metopa y una parte del friso de las panateneas, que hoy se exponen en el Museo del Louvre.

Pero lo peor estaba por llegar.

6. ¡Que vienen los coleccionistas! El día en que Lord Elgin destrozó el Partenón.

Elgin llegó a Atenas en 1800 como embajador del Imperio Británico en Constantinopla. Antes de partir hacia Turquía ya había expresado su deseo de que le acompañara un grupo de artistas y dibujantes para documentar el Partenón y el resto de templos de la Acrópolis, pero el gobierno de Londres ignoró sus peticiones.

Aun así, Elgin pagó de su bolsillo a un buen grupo de artistas que realizara la tarea. E hizo algo más. Encontró un Partenón en estado ruinoso y decidió llevarse no un souvenir, sino todo lo que pudo.

Falsificó un permiso del sultán y, con la excusa de estudiar, documentar y dibujar cada pieza, arrancó metopas y piezas de frisos sin el menor cuidado y las embarcó hacia Inglaterra. Ya en su época hubo quejas incluso entre sus propios compatriotas, como Lord Byron.

Habiendo escapado de la rabia de los turcos y godos, tu país envía un usurpador peor que los otros dos

Desde entonces se conocen como Mármoles de Elgin. Iban a decorar su residencia privada, pero un oportuno divorcio lo dejó sin fondos y se vio obligado a vender sus piezas, que acabaron, como es sabido, en el Museo Británico. Para ver de verdad el Partenón hay que ir a Londres.

7. ¡Que vienen los restauradores! El día que los románticos quisieron reconstruir ¡y corregir! el Partenón.

Y después de los cristianos, los musulmanes, los venecianos y los coleccionistas, llegó el nacionalismo.

Grecia logró en 1822 despegarse del yugo otomano y se erigió en país independiente. Y las ruinas del período clásico cobraron de pronto un nuevo valor. Un valor político. La joven nación quería identificarse con aquella época gloriosa y para ello eran incompatibles los añadidos cristianos y musulmanes. Sobraba cualquier cosa, en general, que no "pareciera" del siglo V a.C. Y lo primero que hicieron fue eliminarlas.

Entre 1835 y 1844 se llevaron a cabo restauraciones desastrosas, con un criterio mucho más romántico que científico. Se llegaron a "corregir" las desviaciones ópticas de las columnas para erigir un templo de líneas rectas y a construir nuevas columnas de hormigón forradas de materiales que parecían antiguos.

Afortunadamente, a finales de siglo comenzaron otras restauraciones que, con criterios mucho más sólidos, utilizaron materiales y técnicas antiguas y distinguieron las intervenciones.

Capítulo 3. La arquitectura del Partenón, un templo renovador, imaginativo y moderno.

Hasta aquí la historia del Partenón. Hay que conocerla para entender por qué lo que tenemos delante se nos presenta de esta manera y no de otra. Y con un edificio tan antiguo y tan relevante, la historia es larga. Veamos ahora qué tiene el Partenón que ofrecernos, y en qué debemos fijarnos para aprovechar la visita.

El Partenón es un templo dórico, aunque con algunas particularidades. El Partenón es un templo octástilo, es decir, tiene ocho columnas en sus dos fachadas, que miden 31 metros de anchura. En sus laterales, de 69,50 metros, se disponen diecisiete columnas. Y el Partenón es un templo períptero, es decir, tenía una columnata exterior que rodeaba todo su perímetro.

La cella la tiene (o la tuvo) dividida en dos partes desiguales. Un muro transversal la convertía en un especie de doble templo, con dos grandes estancias. La celebre Parthénos de Fidias ocupaba la mayor de ellos. Flanqueaba la estatua una columnata dórica sobre la cual corría un arquitrabe que soportaba una segunda hilera de columnas que sostenía la techumbre. La altura era necesaria, pues la Parthénos medía unos pantagruélicos trece metros de altura.

El otro recinto de la cella servía para guardar el tesoro, una función muy habitual en este tipo de edificios, y no solo en Grecia. Aquí guardó Pericles el tesoro de la Liga de Delos, tan polémico.

Los arreglos visuales, una sinfonía de curvas e inclinaciones

Parece mentira, pero el Partenón tiene pocas líneas rectas.

Los arquitectos utilizaban muchas veces pequeñas desviaciones para evitar la sensación de excesiva rigidez. La más conocida afectaba a las columnas, que en lugar de ser completamente rectas, se ensanchaban muy ligeramente en su zona central. A este fenómeno se lo conoce como éntasis.

En el Partenón, este tipo de arreglos se llevaron al extremo. El más importante es el que afecta a un viejo problema de los templos dóricos, resuelto aquí de forma audaz y elegantísima.

El canon dórico tenía una norma inquebrantable: el eje de las columnas debía coincidir con el de los triglifos, cuyo centro quedaba así perfectamente alineado y transmitía una sensación de orden y pureza. Pero el espectador avispado se dará cuenta enseguida de un problema: los triglifos son más estrechos que las columnas.

Partenón

Era imposible cumplir la norma en todos los casos, pues los triglifos exteriores, los de la esquina de cada fachada, no podrían llegar al extremo. Como el último de los triglifos debía finalizar justo en el extremo de la fachada, quedaba no solamente desalineado con su respectiva columna, sino que impedía también que todas las metopas midieran lo mismo.

¿Cuál fue la solución tradicional? Agrandar el tamaño de las últimas metopas. ¿Qué se hizo en el Partenón? Saltarse la norma.

Las metopas del Partenón van reduciendo su tamaño gradualmente desde el centro hasta los extremos. Las centrales son las más anchas, y las laterales las más estrechas. Como cada una mide un poco más, ninguna de ellas está perfectamente alineada con la columna que tiene debajo. Pero como la desviación es tan pequeña, se hace imperceptible a simple vista. Sólo sacando el metro puede uno darse cuenta del engaño. Y a los griegos de la época clásica les importaba más el ojo que el metro.

Así es todo en el Partenón. No lo parece, pero, además:

  • Las columnas exteriores son un poco más voluminosas que las demás, pues de otra forma parecerían más delgadas.
  • Todas las columnas del peristilo tienen una ligera inclinación hacia dentro, hacia la cella, para corregir el efecto óptico que nos llevaría a pensar que se nos vienen encima.
  • El entablamento, en contraste, está echado ligeramente hacia adelante.
  • El espacio entre las columnas se va estrechando conforme nos acercamos a los extremos. Pero a su propio ritmo, no al mismo que las metopas.
  • El estilóbato, los tres escalones que soportaban el templo, está a su vez abombado: es más alto en el centro que en los extremos.

No hay en el Partenón elementos pasivos que "simplemente" soporten el peso, junten o apoyen. Todo está vivo, todo juega un papel activo que participa en la contemplación de la obra.

El Partenón es eso, una obra hecha para contemplarse. Es, más que un edificio, una escultura gigante. Y tiene sentido, pues si un edificio normalmente se construye desde su interior, que ha de cumplir una función, el templo griego tiene un interior vedado al público. La mayoría de la gente sólo podía contemplarlo por fuera y ese exterior debía estar a la altura de un dios, pues era su casa.

Lo que alcanza el Partenón es una maravillosa relación de equilibrios y contrastes entre sus partes. Supera por fin la vieja rigidez de los templos arcaicos. Es grácil, pero no débil. Es fuerte, pero no robusto. Está hecho pensando exclusivamente en los ojos que habían de contemplarlo, en las imperfecciones de la mirada humana. Igual que sus esculturas representaron a los dioses de una forma más humana que nunca, las normas se adaptaron también a los espectadores.

Dijo Francisco Andrados que el Partenón fue incluso demasiado moderno. Que los griegos de su tiempo no encontraban en él la espiritualidad propia de los edificios religiosos. Que la diferencia entre el Partenón y un templo arcaico podía ser la misma que entre una iglesia románica y una renacentista. Que el Partenón de Fidias, como las iglesias de Brunelleschi, era más humano que divino.

Pero aún no hemos hablado de las esculturas.

Capítulo 4. Las maltratadas, destrozadas, robadas y maravillosas esculturas del Partenón.

La decoración escultórica del templo comprende tres partes:

  1. el friso que ciñe los muros de la cella, que un templo dórico no debería existir pero que en el Partenón sí existe.
  2. las metopas, que ya sabemos que son los espacios libres que quedan entre los triglifos
  3. los frontones, los espacios triangulares que coronan ambas fachadas

Fidias fue el encargado de su realización, pero obviamente él no pudo hacerlo todo. Debió tener un número importante de ayudantes, no sólo por la cantidad de trabajo sino por las diferencias estilísticas que se aprecian entre unas y otras.

Las metopas

Metopa 26
Metopa 26

En cada una de las fachadas menores había catorce metopas. En los laterales, treinta y dos. Noventa y dos metopas en total, todas y cada decoradas con altorrelieves que representaban luchas míticas:

  • La Gigantomaquia en la fachada oriental.
  • La Amazonomaquia en la fachada occidental.
  • La Iliupersis, o Guerra de Troya, en la septentrional.
  • La Centauromaquia en la meridional.

Hoy día, como es tristemente obvio después de haber visto las historia del Partenón, las metopas no se conservan in situ. Para verlas hay que ir al Museo de la Acrópolis, al Louvre y al Museo Británico.

El friso de las panateneas

El principal alejamiento del Partenón con respecto a los templos dóricos clásicos es la existencia de un friso sobre toda columnata interior. El Partenón, como templo períptero, tenía un doble columnata alrededor de todo su perímetro. Sobre la exterior se situaban los triglifos y las metopas de los que ya hemos hablado. Sobre la interior se desplegaba un friso, una superficie decorada, sin interrupciones, que era un rasgo propio de los templos jónicos.

Friso de las panateneas

El tema del friso era uno solo: la procesión de las panateneas. Cada año, y de forma especialmente significativa cada cuatro años, las doncellas tejían y bordaban un precioso peplo destinado a la diosa protectora de la ciudad, y lo llevaban en procesión hacia el templo que la custodiaba, el Partenón.

El friso es maravilloso en su calidad técnica y en su concepción, pues aquí, entre doncellas y dioses, aparecen y son reconocibles personajes de Atenas de la época, sobre todo ancianos. Humano es el Partenón hasta en los últimos detalles.

Este friso ya no está en el Partenón, cuyos muros interiores se han perdido. Y si estuviera, no lo veríamos a la altura y al detalle al que puede contemplarse en el Museo Británico. Sí, fue una de las muchas piezas de escultura que se llevó con Lord Elgin.

Los frontones

También están el British los dos frontones, o lo que quedaba de ellos en 1800.

Las escenas de los frontones tenían como protagonista a Atenea. En el oriental se representaban su nacimiento. En el occidental, su enfrentamiento con Poseidón para lograr el dominio de la región ática.

Frontón occidental del Partenón

Empecemos por el nacimiento de Palas Atenea, representado en la fachada oriental del edificio. Citamos aquí al que sigue siendo el libro de referencia en los asuntos del arte griego, el manual de Antonio Blanco Freijeiro, que disfrutará enormemente cualquier interesado en esta materia:

En medio del frontón oriental encontrábase Zeus, sentado en su trono, y frente a él Atenea, recién nacida de la cabeza de su padre como la encarnación de una idea. Lejos de recordar a la vivaracha muñequita de las representaciones tradicionales, Palas Atenea viene al mundo con la figura de una fuerte doncella, que es coronada por Niké. Hefesto y Hermes, que han asistido a Zeus en su extraño alumbramiento, hacen ademán de huir, asombrados por el prodigio. Dos grupos de dioses olímpicos presenciaban aquel estupendo suceso: comenzando por la izquierda, Hera y su sirvienta, Iris, en pie; Démeter y Koré, sentadas, y Dionisos, tendido —la única estatua de los frontones que todavía conserva la cabeza en su sitio—, embelesado en la contemplación del carro de Helios, que en aquel momento surgía del mar.

Ver todo esto de cerca, en el Museo Británico, es un experiencia de las que ponen los vellos de punta. Seguramente sería aún mejor verlo en el Museo de la Acrópolis, que tienen habilitada una sala, hoy vacía, para albergarlos algún día. Una sala desde la que se ve el propio Partenón.

Pero sigamos.

A mano derecha del espectador, en la otra ala, había tres figuras femeninas envueltas en finísimos vestidos, las tres llamadas tradicionalmente Parcas; una de ellas tiénese hoy como representación de Ártemis, y la otra, reclinada en su regazo, como efigie de Afrodita, que se entretiene, de modo equivalente al Dionisos del extremo opuesto, contemplando la inmersión del carro de Selene en las ondas del océano. La cabeza del caballo de Selene, última escultura del frontón, es obra de una perfección tal, que Goethe la señala como ejemplo insigne de superación de la naturaleza por el arte.

Interrumpimos para hablar un momento de los frisos, un elemento muy particular. Estaba ya ahí cuando se levantaron los primeros templos, y los arquitectos siguen recurriendo a él en la actualidad cuando quieren transmitir solemnidad y elegancia. Pero el friso es problemático, o mejor dicho, lo es su decoración. Es un elemento que obliga al escultor a adecuarse a diferentes alturas, que se van haciendo imposiblemente pequeñas cuando se acercan a los extremos.

La figura de Zeus no ocupaba exactamente el centro del frontón, sino que estaba un poco desviada hacia la izquierda, porque los atenienses, a diferencia de los demás griegos, no eran amigos de colocar una figura en el centro geométrico de los frontones. Los atónitos cirujanos Hefestos y Hermes se apartan de Zeus con vivos ademanes, que las demás figuras repiten, atenuando gradualmente su fuerza, hasta llegar a las de los extremos, que por su carácter estelar, cósmico, acogen con indiferencia el nacimiento de una diosa destinada a guiar a los mortales. Así, pues, en este frontón se observa un movimiento que irradia del centro y se debilita en los extremos, un decrescendo.

En los templos más antiguos, la mayoría de las veces se representaban monstruos, animales y figuras mitológicas. Un ejemplo es la célebre Gorgona del Templo de Artemisa de Corfú. Las figuras más grandes ocupaban el centro del friso, y en sus laterales se representaban, simplemente, figuras secundarias que adoptaban un tamaño menor, de acuerdo a su menor relevancia en la escena.

Pero esta era un solución imperfecta. El arte griego iba tendiendo al naturalismo y estos trucos eran un incordio. Con el tiempo, se empezaron a utilizar monstruos marinos o animales alargados, como serpientes, en las zonas donde el friso reducía su altura. Hasta que la eclosión de una religión cada vez más antropocéntrica obligó a utilizar las soluciones que vemos aquí. Cuando prácticamente son figuras humanas las que ocupan la totalidad de la escena, se representan de pie en las zonas centrales y se van sentando y tumbando hacia los lados. Si hace falta un caballo, se muestra solo su cabeza. La necesidad agudiza el ingenio.

Sigamos con el frontón occidental, donde se desarrollaba la lucha entre Atenea y Poseidón por el dominio del Ática. Damos paso, de nuevo, al maestro Freijeiro:

En un magnífico alarde de fuerza elemental, el señor de los mares hería la tierra con su enorme tridente y hacía surtir de la brecha un manantial de agua salada; al mismo tiempo, Atenea clavaba su lanza en el suelo y su golpe producía el olivo que le dio la victoria. A espaldas de los dioses litigantes, los corceles de sus carros, gobernado el uno por Niké y el otro por Anfítrite, se levantaban de manos hasta tocar con sus cabezas la sima del frontón. Como jueces asisten al duelo Hermes e Iris, «ojos y oídos de Zeus», y los héroes locales: la familia de Kekrops y la de Erecteo. Finalmente, en los ángulos se encontraban dos figuras tendidas, una femenina y otra varonil, que sin razón alguna se llaman por costumbre «divinidades fluviales». Las gigantescas figuras de este frontón se mueven con inusitada violencia. Los dos grandes rivales están «fuera de sí» espiritualmente y fuera de su centro de gravedad materialmente. Las demás figuras, incluso los caballos, parecen conmovidas por la formidable lucha que se desarrolla en el centro y que rompe el frontón en dos mitades hostiles. Es muy probable que ambas composiciones se forjasen en la mente de Fidias, aun cuando luego el mismo artista confiase su ejecución a sus mejores discípulos.

En el interior del Partenón, como ya hemos comentado, había dos salas. Una guardaba al tesoro. La otra, la principal, albergaba una gigantesca estatua de la diosa a la que estaba dedicada al templo. La protectora de Atenas, Palas Atenea. Esta estatua era obra de fidias y estaba hecha toda ella de oro y de marfil, por lo que se conoce como crisoelefantina. Hoy, tristemente, no se conserva.

Capítulo 5. Unos apuntes finales.

Para ver el Partenón hay que ir Atenas, claro. Y allí no sólo hay que ver la ruina del Partenón, sino también el moderno Museo de la Acrópolis. Las autoridades griegas esperan que en un futuro próximo se pueden mostrar allí los mármoles de Elgin, cuya campaña de recuperación sigue en marcha.

Y para verlo bien lo mejor es contratar una visita guiada que, a ser posible, incluya el Partenón en una ruta más amplia.

También hay que ir a París, al Louvre, donde se conservan una serie de metopas y esculturas. Y por supuesto hay que ir también a Londres, donde hoy por hoy y quién sabe durante cuánto tiempo están los mármoles de Elgin. El Museo Británico no tiene, de momento, intención de devolverlos.

Para aprender más sobre el apasionante edificio, y sobre su época, unas recomendaciones bibliográficas:

El de Antonio Blanco Freijeiro sigue siendo el mejor manual sobre arte griego disponible en español. Y no sólo era un experto en la materia y un apasionado, sino un excelente escritor. Su lectura es una gozada.

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El de Luciano Canfora es el libro que mejor describe la época en la que se construyó el Partenón. Por su amplia visión, su tratamiento desmitificador y su profunda mirada crítica, la la lectura de El mundo de Atenas es una idea excelente para comprender en toda su complejidad la Atenas de Pericles.

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