La visita a Itálica es una de las mejores excursiones que se pueden hacer desde Sevilla (en este artículo y en este otro damos varias ideas más): está muy cerca de la capital, puede hacerse en media mañana y complementarse con el espléndido Monasterio de San Isidoro del Campo. Es un Conjunto Arqueológico amplio, paseable, con algunas ruinas y mosaicos notables, con bonitas vistas del Valle del Guadalquivir y con una joya que impresiona a todos, duchos o no en arqueología e historia antigua: el cuarto anfiteatro más grande del Imperio Romano.

El visitante llega, pasa la zona de taquillas (la entrada es gratis para ciudadanos de la UE), echa una ojeada a los folletos y al plano de la ciudad antigua, y, a los pocos metros, se topa de frente con la ruina monumental del gigantesco coliseo. Lo hace antes de entrar propiamente en la ciudad, pues el Anfiteatro está, como era habitual, extramuros.

Vista panorámica del Anfiteatro
Vista panorámica del Anfiteatro. Fuente

El Anfiteatro de Itálica y el agua: un problema y una bendición

Que el Anfiteatro esté más allá de la muralla es normal, pero el emplazamiento del de Itálica sigue siendo llamativo. Hoy, conforme uno se aproxima al edificio, se topa con algo parecido a una fachada, correspondiente a la antigua Porta Libitinensis, por la que salían las víctimas del combate. Por ella salían en la Antigüedad los gladiadores derrotados y las víctimas de los sangrientos espectáculos que se desarrollaban en la arena.

Pero, rápidamente, a los lados, los muros del edificio se elevan, y caemos en la cuenta de que el edificio no estaba emplazado en terreno llano, al modo del Coliseo de Roma, o los anfiteatros de Pompeya, de Tarragona, de Mérida. El de Itálica está justo en la intersección longitudinal de dos colinas que sirven de soporte a sus gradas, en la parte más ancha del óvalo.

Los griegos levantaban así todos sus teatros, pues era incapaces de hacerlo de otra manera. En Roma, en cambio, el dominio del hormigón (opus caementicium) permitió a los arquitectos mucha más libertad (ejemplo claro es el propio Coliseo de Roma), pero no había razón para desaprovechar la orografía cuando ésta presentaba una buena oportunidad. Y así ocurría en Itálica. El segundo y el tercer anillo del graderío ya sí debieron elevarse sobre arcadas, y los dos extremos del óvalo sí necesitaron una cimentación completa.

Hay una consecuencia del emplazamiento que pasa desapercibida al visitante, por estar hoy solventada. Y es que este terreno que hoy pisa es –mejor dicho: era– una vaguada natural. Por aquí pasaba hasta hace no demasiado tiempo un arroyo que iba a desembocar al Guadalquivir, y en época de lluvias las riadas llegaban a ser notables. Los ingenieros debieron diseñar un elaborado sistema de canalizaciones y cloacas, que recogían el agua y la llevaban bajo tierra por medio de amplias tuberías.

Como es natural, las cloacas requerían constante mantenimiento, reparación y limpieza. De otra forma quedaban colapsadas e inútiles. Cuando, a partir de los siglos IV y V, el Imperio decae y la ciudad pierde población, las necesidades de seguridad van concentrando a la población en torno a su núcleo originario (que corresponde justo a la moderna localidad de Santiponce). Este fue un proceso generalizado en todo el Mediterráneo: la vida urbana fue palideciendo y además el cristianismo se esforzó en abolir los juegos paganos. Por doquier los antiguos anfiteatros dejaron de usarse con regularidad y dejaron de mantenerse y limpiarse. En Itálica, particularmente, este proceso provocó una ruina muy rápida y en cierto modo indolora: la red de cloacas que mantenía el edificio a salvo de riadas dejó de funcionar. El edificio se fue quedando, poco a poco y suavemente, sepultado bajo el barro y los arrastres de las aguas. Visibles quedaron sólo las partes superiores del graderío, como atestiguan los dibujos y pinturas que se han conservado desde el Renacimiento.

Dibujo del anfiteatro de Wyngaerde
Dibujo del anfiteatro de Wyngaerde
Dibujo del anfiteatro de Demetrio de los Ríos
Dibujo del anfiteatro de Demetrio de los Ríos
Grabado del anfiteatro de Matute y Gaviria
Grabado del anfiteatro de Matute y Gaviria

Por esta razón, el edificio contiene hoy en día restos bien conservados del espacio de la arena, la fossa bestiaria, el podio y el primer graderío. Se puede pasear por las galerías del primer piso y quedan vestigios de los soportes de los niveles superiores. Es decir, se ha conservado bastante bien toda la parte que quedó pronto enterrada.

La Arena, ¿cómo eran los juegos por dentro?

Desde la arena tenemos hoy una idea tímida de lo que fue el antiguo Anfiteatro italicense, pues faltan dos anillos casi completos. En cualquier caso, podemos recrearlo con lo que hay, con lo que sabemos y con lo que podemos imaginar.

La fossa bestiaria
La fossa bestiaria. Fuente

A la arena, orientada en dirección Este-Oeste, entraban los combatientes por la Porta Triumphalis, situada en el Este; y salían los caídos por el otro extremo, por la llamada Porta Libitinensis. En su centro se situaba la fossa bestiaria, espacio excavado que servía de lugar de almacenamiento de los animales que participaban en las cacerías y demás útiles utilizados durante los juegos. Encerrados en jaulas, estos animales eran elevados con gran teatralidad hasta el nivel de la arena, donde los esperaban los bestarii o cazadores. Normalmente, estos espectáculos con animales, los llamados venationes, amenizaban los días de juegos como aperitivo de los grandes espectáculos, los más esperados, que eran, más que estas cacerías, la lucha de los gladiadores.

En cualquier anfiteatro el límite de cada espacio estaba claramente marcado. En Itálica, un ancho muro revestido de mármol funcionaba como muralla y ponía a los espectadores a salvo de los avatares del combate. El graderío se dividía en tres grandes anillos: ima cavea, media cavea y summa cavea; separados entre sí por corredores anulares. Y al igual que en el teatro, las distintas zonas correspondían a los diferentes órdenes sociales. Abajo, en la ima cavea, se sentaban los pertenecientes al orden senatorial y al orden ecuestre, así como las autoridades públicas, cuyos máximos representantes tenían a su disposición una zona especialmente lujosa en la parte central del anillo, con salas estucadas y profusamente decoradas para su acomodo y descanso, muy al estilo de los grandes palcos de los estadios modernos. La media cavea era el lugar de los ciudadanos libres y de los profesionales, y a la summa cavea acudían los esclavos y los ciudadanos más pobres.

El acceso a las gradas era idéntico al de los estadios modernos, a los que estos coliseos sirvieron de modelo: diferentes puertas daban acceso a cada zona del graderío, los espectadores subían por la escalera asignada a su zona y accedían al espacio abierto a través de los vomitorios (llamados ya así: vomitoria). Los notables tenían asignado con exactitud su fila y asiento. El edificio se cerraba con una bonita galería porticada sobre la summa cavea, a cuya espalda se apoyaban los soportes del techo, una amplia lona que resguardaba del sol a los espectadores.

Las tripas del Anfiteatro contaban con una galería de servicio que rodeaba el óvalo por completo y por la que hoy se puede aún pasear, al menos en varios tramos. En esta zona se descubrió, y aún se puede ver, una tabula gladiatoria de época de Marco Aurelio, que resume las leyes de contratación y uso de los gladiadores: elemento de gran ayuda para reconstruir el mundo de los juegos en el Imperio Romano.

Graderío del Anfiteatro
Graderío del Anfiteatro. Fuente
Interior del Anfiteatro
Interior del Anfiteatro. Fuente

Contamos también con una zona dedicada al culto a la diosa de la venganza, Némesis, ilustrado con una placa en la que se muestran unos pies. Este lugar debió ser frecuentado por los gladiadores y por quienes participaran en los espectáculos en la arena, pues es sabido que fueron gentes de especial religiosidad, y de una importante afición a todo tipo de ritos supersticiosos. Referencias a Némesis se encontraron también en la cercana Casa de la Exedra, donde es sabido que hubo una palestra y donde, posiblemente, también se celebraron combates, entrenamientos y espectáculos atléticos.

Placa dedicada a Némesis
Placa dedicada a Némesis. Fuente

Es fácil imaginar que en los días de espectáculos el Anfiteatro siempre se llenaba, pues a los juegos se entraba de forma gratuita. Normalmente todo lo pagaba algún gobernante local, o algún ciudadano enriquecido que aspirase a serlo. Llama la atención saber que la organización de este tipo de espectáculos entraba dentro de las obligaciones de los administradores locales, y que debían afrontarlas con su propio dinero. El concepto de espectáculo era así en la Antigüedad: un regalo que los gobernantes hacían al pueblo para su recreo y diversión. Un pequeño coste, teniendo en cuenta que la administración imperial, desde Roma a la más ínfima de las provincias, fue un gigantesco nido de corrupción, especialmente durante el Bajo Imperio. El pueblo, a cambio, recibía espectáculos gratuitos.

El cine y la literatura nos han dejado una imagen demasiado épica de los combates entre gladiadores. La realidad es que éstos rara vez acababan con la muerte del derrotado. Aunque era una profesión en extremo peligrosa, cuya tasa de mortalidad tuvo que ser elevada, muchos gladiadores sobrevivían a su etapa de actividad y seguían en el mundo de los juegos como entrenadores, empresarios o árbitros de los combates. La muerte del perdedor la decidía el presidente de los juegos, que en Roma, muchas veces, era el propio Emperador, y no era frecuente que un gladiador que hubiera luchado valientemente recibiera tal castigo.

Mayor era la mortalidad, por ejemplo, entre los conductores de las cuadrigas en el circo, vehículos que alcanzaban hasta los 70 kilómetros por hora y que en las curvas volcaban con gran estrépito. Más fácil era morir, incluso, para los actores del teatro, que eran los profesiones del espectáculo de más baja condición: a éstos era normal verlos acatados por la turba enfurecida tras una mala actuación, o acusados en los tribunales por maridos celosos de que estos infamae personae hubieran seducido con malas artes a sus mujeres. Es llamativo, pero en caso de dedicarse al espectáculo en la antigua Roma era más seguro ser gladiador que auriga o actor.

Los gladiadores eran en su inmensa mayoría esclavos, que entraban en su juventud a formar parte de alguna escuela gladiatoria. Las había públicas, como las escuelas neronianas y julianas de Capua, y privadas. Había grandes compañías que recorrían todo el Imperio participando en las ferias de las ciudades más importantes. Las había también modestas, que actuaban sólo en ciudades pequeñas y recorrían distancias más cortas. Había coliseos monumentales y otros que eran poco más que carpas desmontables.

El ambiente en las gradas se parecía más a un moderno partido de fútbol que a uno de tenis. Había, como hoy, grupos de fans, que animaban a sus favoritos y pedían su perdón cuando eran derrotados. El perdón era una bendición para el gladiador, pero también para el empresario, que en ningún caso podría haberse permitido el lujo de perder un hombre en cada combate. Los gladiadores eran esclavos, sí, pero valiosos, caros y cualificados. Su entrenamiento duraba años y su manutención y cuidado eran cruciales para su buen desempeño en la arena. Los más exitosos o carismáticos se convertían en auténticas estrellas. Hubo incluso miembros de las clases superiores que abundaron su posición acomodada y dedicaron su vida a la incierta y apasionante vida de los combates gladiatorios; toda vez que Roma parecía haberlo conquistado todo y la vida militar se había convertido en una profesión más, la arena se convirtió en el símbolo más poderoso para los buscadores de aventuras y los émulos de Hércules o Aquiles.

El Anfiteatro de Itálica como capricho de Adriano

El Anfiteatro italicense se construyó por impulso del emperador Adriano, natural de Itálica y de afición viajero y arquitecto. No fue lo único que construyó en su ciudad. La llamada Nova Urbs fue verdaderamente y como indica su nombre, una ciudad nueva adosada la vieja Itálica. La dotó de grandes calles, amplias manzanas, lujosas viviendas, imponentes termas y gimnasios, un moderno sistema de cloacas y una nueva muralla (más simbólica que necesaria). La ciudad antigua o Vetus Urbs, que hoy yace bajo el caserío de Santiponce, palidece en comparación, aún con su Teatro de época augustea y sus termas, construidas por Trajano.

El Anfiteatro coronó esta remodelación urbana y debió ser una bendición para los comerciantes locales, pues los fastos allí celebrados solían durar varios días y es fácil suponer que recibían a numerosos visitantes de los municipios cercanos, quizá incluso de Híspalis. Teniendo en cuenta que el Anfiteatro podía albergar a 25.000 espectadores y que Itálica nunca contó con más de 10.000, un lleno en el coliseo suponía triplicar, a veces durante días, la población de la ciudad. Gran negocio para vendedores ambulantes, tabernas, restaurantes, panaderías y otros tipos de locales de descanso y de recreo.

Si la construcción fue rentable o no es difícil saberlo, pero la mera pregunta es extemporánea: en la construcción de edificios antiguos importaba mucho más el prestigio que los planes de viabilidad económica. Lo que sí está claro que Itálica no hubiera sido tan monumentalmente engalanada de no haber contado un Emperador –uno no, dos– nacido en la ciudad. Porque el Anfiteatro fue una construcción completamente desmesurada, seguramente igual que las termas, el gimnasio y otros edificios. Era el cuarto más grande de todo el Imperio, superado sólo por los de Roma, Capua y Puteoli, pero Itálica nunca fue mayor que su vecina Híspalis. No existe otra explicación para tal construcción que no sea el capricho imperial.

Buena prueba de ello es que la Nova Urbs, con su Anfiteatro, fue pronto abandonada. El asentamiento que sobrevivió fue el que hoy conocemos como Santiponce. La ciudad de Adriano quedó como cantera de materiales para las nuevas construcciones de los habitantes de Santiponce y, muy frecuentemente, de Sevilla, que se llevaron piedra, mosaicos, esculturas y columnas. El buen estado del Anfiteatro se debe únicamente que nadie se molestó en excavar para seguir cogiendo piedra: seguramente había más que suficiente en los abundantes edificios cercanos.

Y con todo, el aspecto que tiene hoy es una sombra de lo que en la Antigüedad. Si la imaginación no nos llega, nos podemos servir de este excelente video de Antonio Barragán, que lo reconstruye fielmente en tres dimensiones

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