Las ruinas romanas son el reflejo de una arquitectura que añadió, al parvo repertorio de la griega, el arco de medio punto, la bóveda de cañón,la cúpula y un buen surtido de nuevos materiales. En sus primeros tiempos empleó la madera y piedras de mala calidad , como el pufo y el peperino. El mármol no apareció regularmente hasta finales del siglo II aC, pero lo que lo cambió todo fue el opus caementicium.

Inventado en el siglo III aC, era una suerte de hormigón compuesto por una amalgama de cal, arena, tufo y puzzolana. Barato, fácil de obtener y de aplicar, adaptable y sólido, ayudó, junto al ladrillo, al rápido desarrollo de la arquitectura abovedada, le imprimió un sello especial y original y posibilitó la aparición de nuevas formas arquitectónicas.

Esa fue la gran innovación romana, las nuevas formas. Pero era nervio que carecía de piel. La arquitectura romana, por decirlo con el experto Blanco Freijeiro, "fue romana en cuerpo y alma, pero griega en su vestidura". Cuando tuvo que revestir sus impresionantes edificios para dotarlos de belleza y enmarcarlos en el escenario de la ciudad, recurrió a los mejores maestros, los griegos. Tenían sus obras tan al alcance que era imposible no hacerlo. Y a su repertorio de columnas y capiteles, frisos y cornisas se añadió una innovación: las grandes sucesiones de arquerías mezcladas con las columnas de órdenes griegos, como las que decoran el exterior del Coliseo.

Recogemos aquí diez ejemplos notables de aquella arquitectura, diez edificios en su mayor parte de distinta tipología, para no repetirnos, y en lo posible en distintos países y regiones (aunque la ciudad de Roma y sus cercanías aparezca repetida: era imposible evitarlo), en suma, diez ruinas romanas que merecen un viaje.

Villa Adriana
Villa Adriana de Tívoli. Foto.

La Villa Adriana de Tívoli

Adriano fue el primer emperador en erigir su residencia fuera de la ciudad de Roma, en cuyo centro no cabía un edificio más tras las monumentales construcciones de su predecesor, Trajano.

La Villa de Adriano está en un lugar idílico, bien surtido y comunicado, y contiene un conjunto de maravillas arquitectónicas inspiradas en los viajes del emperador, en su afición por la arquitectura y en su visión plural de las muchas culturas que conformaban el gigantesco imperio que le tocó comandar.

En la cercana ciudad de Tívoli puede visitarse también un precioso templo circular dedicado a Vesta, así como los fantásticos jardines manieristas del cardenal d’Este.

Termas de Bath

Las Termas de Bath

Aunque fueran mucho menos grandiosas que las de Diocleciano o Caracalla en Roma, las termas de Bath, que fue creada como un complejo termal, se siguieron utilizando durante mucho más tiempo -por estar justo sobre un manantial natural- y fueron luego reutilizadas y reconstruidas.

En la actualidad son uno de los monumentos más visitados de Inglaterra y, gracias a la presencia del agua y a su moderna reconstrucción, un verdadero espectáculo incomparable.

Bath es una ciudad Patrimonio de la Humanidad y su visita merece mucho la pena no sólo por sus ruinas romanas. La ciudad rezuma cultura y rebosa teatros y museos. Disfruta además de la belleza paisajística del Somerset y de la cercanía de Bristol (una de nuestras diez escapadas por Europa favoritas para el verano) o Glastonbury.

Patio en Pompeya
Patio en Pompeya. Foto.

La ciudad de Pompeya

Sepultada por el Vesubio en el año 79 a.C., Pompeya se ha conservado como un paraíso arqueológico, a pesar de los muchos expolios de los que fue víctima tras su descubrimiento y del poco cuidado con que las autoridades se han tomado su conservación.

Se conservan allí calles enteras con pavimentos intactos, casas con sus habitaciones que no han cambiado desde que fueron utilizadas por sus primeros ocupantes, tabernas, prostíbulos, edificios públicos, todo ello en un estado de conservación incomparable y verdaderamente sorprendente.

En sus cercanías está la también sepultada Herculano y la caótica y bellísima Nápoles, cuyo Museo Arqueológico es uno de los más granados de Europa.

Teatro Romano de Orange

El Teatro de Orange

"La muralla más bella de mi reino", dijo Luis XIV del muro que cerraba la escena del Teatro Romano de Orange, y que ya por entonces contaba 1600 años de antigüedad. Cuatro siglos después sigue en perfecto estado de conservación.

El de Orange -ciudad que conserva espectaculares ruinas, como el Arco de Triunfo de Augusto– es un teatro sobrecogedor, que transmite como pocos -quizá sólo el de Bosra le puedan hacer sombra- la sensación de estar en un teatro romano.

Y el aficionado a la arqueología encontrará por toda la Provenza maravillas abundante, como el Anfiteatro de Nimes o el Pont du Gard, amén de otras muchas maravillas posteriores.

Palacio de Diocleciano
Palacio de Diocleciano. Foto.

El Palacio de Diocleciano de Split

Diocleciano abdicó en el año 305 de nuestra era, después de haber puesto patas arriba un imperio ingobernable y de haber sancionado una división que ya llevaba tiempo siendo una realidad: la de Oriente y Occidente. Doce años antes, había ordenado la construcción de un enorme palacio-fortaleza en Spalatum (la actual Split), en la misma costa dálmata que lo vio nacer.

Que los emperadores romanos dedicaran grandes sumas a construirse residencias suntuosas no era nuevo: ahí está la mencionada Villa Adriana, o las impresionantes mansiones que ocupaban en Roma la colina palatina y parte de las circundantes, como la enorme Domus Aurea de Nerón. Diocleciano hizo todo lo posible por estar a la altura.

El palacio estaba íntegramente rodeado de una muralla que alcanzaba los veinte metros de altura, y llegó a albergar a más de 9.000 personas. Era una verdadera ciudad y, de hecho, hoy en día buena parte del centro histórico de Split está construido dentro de sus muros. La amalgama de edificios históricos que se mezclan con estas impresionantes ruinas romanas crean algunos de los espacios más hermosos de Europa.

Acueducto de Segovia

El Acueducto de Segovia

No hay manera de no admirar impresionado los enormes sillares de piedra que, desde hace casi dos mil años, se sujetan unos a otros, sin el pegamento de argamasa alguna, en la plaza del Azoguejo de Segovia. Se han convertido en el símbolo de la ciudad y en una de los obras romanas más admiradas del mundo.

Son dos filas de arquerías que hace poco se han datado en el año 112 dC, y que traían a Segovia agua proveniente de la sierra, a 87 kilómetros de distancia. Corresponde por tanto a los inicios del reinado de Adriano, época de abundantes construcciones y crecimiento interior, después de que Trajano llevara el Imperio a su mayor extensión territorial. Época también de profunda, definitiva y verdadera romanización de las provincias.

Como ha dicho Carlos Fernández Casado, "tenía que impresionar profundamente este imponente despliegue de arcos y pilares que traen a la ciudad el mensaje de la naturaleza". Se les podría suponer casi un poder mágico, y fueron sin duda un poderoso elemento de romanización y legitimación del poder. ¿Qué han hecho los romanos por nosotros? Traer el agua.

Mercados de Trajano
Mercados de Trajano. Foto

El Foro Romano, los Foros Imperiales y los Mercados de Trajano

El centro neurálgico de la capital estaba ocupado por una serie de Foros que se fueron superponiendo unos a otros durante siglos. El Foro Romano corresponde a la época republicana, aunque sus edificios más monumentales fueron construcciones o reparaciones hechas ya por emperadores, siempre en busca de prestigio y aplauso.

Luego vinieron los Foros Imperiales, que fueron ampliaciones monumentales financiadas por diversos emperadores, y finalmente llegó el Foro de Trajano, que incluía un asombroso edificio semicircular, el de los Mercados, que actuaba como un gigantesco centro comercial (los de hoy en día son más feos y estridentes, pero siguen exactamente la misma disposición).

Ocho siglos de historia supuerpuestos en unos pocos cientos de metros. Es una visita obligada para cualquier interesado en la historia y la arqueología, que debe ir acompañada de una buena guía para interpretar los espacios y no perder ningún detalle.

Santuario de la Fortuna Primigenia

El Templo de la Fortuna Primigenia de Palestrina

En la ciudad Praenestre, al sur de Roma, se construyó uno de los edificios más espectaculares del mundo antiguo. Un santuario a la diosa Fortuna levantado en pendiente, cuyo recorrido incluía un juego teatral de pasillos y aberturas, escaleras y plazas, espacios cerrados y abiertos que exploraron todas las posibilidades del hormigón.

En la actualidad, la ya de por sí impresionante ruina se conserva bien, aunque desprovista de sus materiales más finos, y en su cima está aderezada por el palacio que en el Renacimiento construyeron los Farnesio.

Coliseo

El Coliseo

Es el más conocido icono de la ciudad de Roma y del Imperio que lo construyó. Su altura portentosa y la clásica elegancia de su fachada casi hacen olvidar los sangrientos espectáculos que albergaba en su interior. Fue de una de los obras de arquitectura más impresionantes de todas las construidas por los romanos.

Sorprende pensar que hasta fecha tan tardía, pues el Coliseo se construyó durante el reinado de Vespasiano, en el 72 d.C., no tuviera Roma un anfiteatro permanente. Antes, los espectáculos de gladiadores se celebraban en infraestructuras temporales, hechas de madera, que se desmontaban al fin de los espejos.

Con el tiempo, cuando los juegos de gladiadores se fueron abandonando y la ciudad de Roma se fue despoblando, el Coliseo quedó abandonado y fue durante siglos víctima de expolio. A la vista de lo cual, se conserva realmente bien.

Panteón

El Panteón

Ha sido ensalzado con frecuencia, y en épocas muy distintas, como el edificio mejor construido de la antigua Roma. Y como uno de los mejores ejemplos de la historia de la arquitectura. El Panteón fue originalmente dedicado a todos los dioses y construido por Marco Cornelio Agripa, el arquitecto de Adriano, y ha sido admirado por todos los grandes arquitectos del mundo.

Es un edificio inesperado y hasta cierto punto inexplicable, que sorprende a todo el que se acerca a la romana piazza della Rotonda, muy cerca de la Piazza Navona y de San Luis de los Franceses. Pero el elegante clasicismo de su fachada es sólo un preámbulo para el verdadero asombro, que ocurre en el interior. Allí, el visitante encuentro un espacio circular que parece hecho de luz, una cúpula cuyo tamaño sólo fue superado en la época contemporánea, y un espacio que, amén de su nueva decoración, no ha sido restaurado ni retocado desde la época de su construcción, en el siglo II dC.