Ayer, en la Villa, pensé en los millares de vidas silenciosas, furtivas como las de los animales, irreflexivas como las de las plantas: que han vivido entre Adriano y nosotros: Bohemios del tiempo de Piranesi, saqueadores de ruinas, mendigos, cabreros, aldeanos refugiados entre escombros. Al borde de un olivar, en una senda antigua y con escombros, G… y yo nos encontramos ante el lecho de cañas de un campesino, ante el bulto de las ropas colocado entre dos bloques de cemento romano, ante las cenizas de su fuego recién apagado. Sensación de humilde intimidad bastante similar a la que se siente en el Louvre, después del cierre, a la hora en que los catres de tijera de los guardas aparecen entre las estatuas.

Marguerite Yourcenar

Mediaba el siglo XVI cuando el cardenal Ippolito II d’Este emprendía la construcción de una villa esplendorosa en la ciudad de Tivoli, a escasos treinta kilómetros de Roma. Para llevarla a cabo escogió al arquitecto Pierro Ligorio, que, mientras trazaba planos y hacía medidas, organizó una campaña de excavaciones en una cercana villa romana, abandonada y en ruinas. Desde el siglo anterior se la identificaba como el lugar de residencia del emperador Adriano, pero pocos la habían visitado y nadie se hacía idea precisa de su contenido. Lo que Ligorio encontró en aquella planicie tobácea fueron unos restos de un tamaño y distinción sorprendentes: había allí no sólo mármoles, estatuas y mosaicos, sino edificios nunca vistos, imaginativas fuentes y ninfeos que acabaron sirviendo de inspiración para la fantástica, creativa y acuática Villa d’Este.

Lo malo fue que las excavaciones de Ligorio desencadenaron un proceso de rapiña que se extendió durante más de tres siglos, dejando la Villa sin decoración, casi totalmente desprovista de materiales y recubrimientos. El visitante tiene que hacer un uso más intensivo de la imaginación, pero la Villa sigue siendo un lugar fascinante, llena de ruinas que aún impresionan, y un fantástico viaje en el tiempo para conocer a una de las personalidades más cultas, refinadas e interesantes de la Antigüedad. Marguerite Yourcenar la define así en sus Memorias de Adriano:

La Villa era la tumba de los viajes, el último campamento del nómada, el equivalente en mármol de las tiendas y los pabellones de los príncipes asiáticos […] Cada piedra era la extraña concreción de una voluntad, de un recuerdo, a veces de un desafío. Cada edificio era el plano de un sueño.

Adriano fue el primer emperador en fijar su residencia habitual fuera de Roma (residencia habitual quizá sea un oxímoron cuando hablamos del emperador más viajero). La Roma de aquel tiempo, especialmente después de los colosales proyectos de Nerón, Domiciano y Trajano en el Palatino y en el espacio que ahora ocupan los Foros Imperiales, ofrecía ya poco espacio para los grandes proyectos, y la propia afición de Adriano a la arquitectura no tenía en el Palatino, lugar de pasado sagrado, el mejor lugar para rendirse a sus caprichos.

Así que buscó un espacio alejado de Roma, pero ni mucho menos aislado. La Villa Adriana ocupa un lugar donde ya había una antigua residencia republicana, en la Vía Tuburtina que unía Roma con Tívoli, y estaba comunicada con la capital, además, por vía fluvial. En las cercanías había numerosas canteras de las que se podía extraer travertino, caliza de cal, puzolana y toba, una ventaja significativa para un aficionado arquitecto como Adriano. Además, la zona era lugar de paso de los cuatro principales acueductos que abastecían la ciudad de Roma. Había agua, había piedra y había tranquilidad.

He vuelto a visitar la Villa una vez más, con sus pabellones para la intimidad y el reposo, sus vestigios de un lujo sin fasto, lo menos imperial posible, de rico aficionado que se esfuerza por unir las delicias del arte a los placeres campestres

Marguerite Yourcenar

La Villa de Adriano ocupaba un espacio de 120 hectáreas; hoy sólo se conocen y visitan 40. Era, más que un palacio, una ciudad en miniatura, equipada con un sistema de pasadizos subterráneos para el servicio, una lujosa residencia imperial, lujosos hospitalia para huéspedes, edificios de ocio, pabellones para la reflexión y el retiro, bibliotecas, tres espacios termales y incluso un observatorio astronómico.

A muchos de estos lugares se les dieron nombres que hacen referencia a espacios conocidos de la Antigüedad, lo que, unido a la conocida afición del emperador por los viajes y la arquitectura, ha terminado por fijar el error común de que todos los edificios de la Villa son reproducciones, exactas o adaptadas, de lugares mencionados en las fuentes antiguas. No es así. La Villa tiene múltiples influencias y algunos lugares de clara inspiración, como el canal que unía las ciudades de Canopo y Alejandría, o la Stoa Poikile de Atenas, pero ni los arquitectos de la Villa hicieron de copistas ni la intención de Adriano era reproducir en la Villa sus lugares favoritos. No, al menos, sin adaptarlos a sus gustos y necesidades.

Antes de seguir, déjanos recomendarte esta excursión a Villa Adriana y Villa d’Este. Si estás en Roma es, de largo, la forma más cómoda de visitar estos dos paraísos: incluye recogida y transporte, guía experto que te enseñará todos los detalles y entradas a los dos recintos. Créenos: visitar por tu cuenta Villa Adriana es, lamentablemente, muy incómodo.

En realidad, como dice Benedetta Adembri, lo que verdaderamente refleja la Villa Adriana es un interesante concepto de universalidad, una visión, la que Adriano tenía del imperio, que consistía en una pluralidad de culturas diversas amalgamadas por el denominador común de la idea de clasicismo, entendida en el más amplio sentido del término. Adriano, romano nacido en la bética, amante de Homero y de la cultura helénica, habría construido un monumento que es el eco tardío de aquel Imperio Universal con el que había soñado Alejandro.

Y en ese gran monumento que es la Villa Adriana permanecen algunos espacios verdaderamente únicos. Como los siguientes.

El Pecile

Es uno de los primeros edificios que se encuentran en la visita y uno de los más llamativos. Algunos han querido asociarlo a la Stoa Poikile, la pinacoteca ateniense que acogía las obras de los más célebres pintores griegos, hoy completamente perdida. El Pecile es en realidad una instalación cuya única función, se cree, era proporcionar al emperador un espacio para el paseo, para una ambulatio de la duración exacta que recomendaban los médicos: dos millas romanas, aproximadamente tres kilómetros. Dicha medida se alcanzaba después de dar al perímetro porticado del Pecile siete vueltas completas.

Pecile
Pecile. Fuente
Muro del Pecile
Muro del Pecile. Fuente
Pecile
Pecile. Fuente
Maqueta del Pecile
Maqueta del Pecile. Fuente

Para su construcción debió nivelarse un terreno que alcanza en su parte occidental quince metros de altura, y el desnivel se aprovechó –maravilla el sentido práctico de los ingenieros romanos– para introducir, bajo el suelo, las llamadas Cien Salitas, una sucesión de habitaciones que servían de almacén y de alojamiento a los miembros del servicio.

El Pecile, cerrado al exterior por un muro de nueve metros de altura, ofrecía al emperador un ambiente de quietud y tranquilidad: el espacio porticado estaba protegido de la lluvia y del calor, mientras el interior lo ocupaba un área verde y una amplia piscina que hacía las veces de espejo de agua.

El Canopo

El Canopo era el canal que enlazaba, en el Delta del Nilo, la ciudad homónima con Alejandría, donde había un templo famoso por las dionisiacas fiestas nocturnas que allí se celebraban. Adriano construyó su propio canal, flanqueado por elegantes pórticos sostenidos por Silenos y Cariáties (que son copias exactas de las célebres del Erecteion), y construyó un elegante pasillo que desemboca en una gran exedra cuya función es misteriosa.

Canopo
Canopo. Fuente
Canopo
Canopo. Fuente
Cada piedra era la extraña concreción de una voluntad, de un recuerdo, a veces de un desafío. Cada edificio era el plano de un sueño.
De las “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar. Foto de Luca.

Probablemente fue lugar de celebraciones nocturnas, de cenas y banquetes veraniegos, pero los interrogantes son amplios. Parece que tuvo un par de impulsos constructivos, y que en el segundo de ellos se añadieron varios elementos para hacer de este espacio un lugar dedicado a Antínoo, el adolescente turco que se convirtió en favorito del emperador y falleció en circunstancias no del todo claras durante un viaje por Egipto.

En el Canopo, el agua caía desde las alturas de la exedra hasta el canal, creando efectos espectaculares entre los que quizá se encontraba la creación de una cortina acuática, una fina lámina de agua que separaba al emperador de sus invitados, lo que habría sido una referencia al culto oriental de los gobernantes. En cualquier caso, es, y será, difícil dar una respuesta clara a todos los interrogantes del Canopo.

El Teatro Marítimo

En este caso, el nombre tampoco tiene nada que ver con la función. Quizá sus primeros descubridores pensaron que este espacio estaba destinado a las representaciones teatrales o danzas sensuales sobre el agua. En realidad era un lugar de retiro para el emperador, una casa dentro de la casa que es la Villa que responde a una necesidad de aislamiento no sólo física sino conceptual, algo no del todo desconocido en las residencias imperiales o de lujo: Dionisio el Viejo en Siracusa disponía de una construcción de este tipo separada por un canal, y el propio Augusto, según Suetonio, quizá dispuso de una parecida en su residencia el Palatino.

Teatro Marítimo
Teatro Marítimo. Fuente
Teatro Marítimo
Teatro Marítimo. Fuente
Teatro Marítimo
Teatro Marítimo. Fuente
Teatro Marítimo
Teatro Marítimo. Fuente

Con su pequeño puente levadizo, el emperador podría entrar en el círculo interior y allí, en un ambiente tranquilo y refrescado por el agua, disponer de todo lo que una villa romana de otium podía ofrecer: atrio, patio, pórtico para pasear, tablinum, cubicola, una pequeña instalación termal e incluso letrinas.

Tour nocturno por Roma

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