El románico en la Provenza aparece en el imaginario popular envuelto en lavanda, pero si decimos que la Provenza es de color malva, la estamos reduciendo a poco más de un mes de calendario, sus famosos campos de lavanda justifican esa afirmación, pero en esta privilegiada zona del sur de Francia la atmósfera es tan limpia, que la gama infinita de colores que regala la naturaleza, brilla como si éstos fueran piedras preciosas, hasta el punto de atrapar a tantos genios de la pintura desde finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

Ellos son los “culpables” de que al pasear sus caminos los visitantes tengan la sensación de haberse caído en un cuadro; en un café o un campo pintado por Van Gogh, o entre las montañas de Cézanne, o las arboledas y los ríos de Gauguin, entre los intricados puntos de luz de Paul Signac, o los vibrantes paisajes de Pisarro.

Disfrutar en la Provenza de los placeres del cuerpo y del alma, es lo que hicieron artistas, escritores, o cineastas, es lo que hizo Picasso, que se enamoró de Aviñón y presentó en el Palacio de los Papas, su última exposición en vida, y dejó preparada para el mismo lugar, la primera después de fallecer.

Hoy nos vamos a asomar al románico de la Provenza, vamos a ver sólo ocho ejemplos, pero preparense a enamorarse de cualquiera de sus rincones, o en cualquiera de ellos, con la misma pasión del malagueño, verán que motivos sobran.

Provenza significa provincia, y el nombre le viene por ser la primera provincia romana fuera de Italia. Los restos de Roma aparecen por doquier y su influencia se palpa en los edificios románicos.

La Antigüedad Clásica de Roma se hace evidente en las construcciones del románico provenzal. Templos de gran simplicidad, de plantas basilicales, en los que destacan las portadas como arcos de triunfo, la utilización de columnas de orden clásico y la proliferación de frisos, y un despliegue de escultura que bien merece un “chapeau”.

Y nos acercaremos a la majestad de la arquitectura del Císter, que tiene en la Provenza quizá uno de los edificios más bellos de la regla de San Bernardo, la Abadía de Le Thoronet.

San Trofimo de Arles
San Trófimo de Arlés. Éric Rolland Bellagamba

San Trófimo de Arlés

Construida como catedral a finales de siglo XI o principios del XII, en el emplazamiento de una basílica del siglo V, pasó a ser una parroquia cuando el obispado se trasladó a Aix-en-Provence, en el siglo XIX.

Es el comienzo del Camino de Santiago desde la Provenza.

La influencia de Roma en esta iglesia es evidente: planta basilical, tres naves, la central más alta que las laterales, un transepto, y entonces un ábside que fue sustituido en el siglo XV por un coro.

En los magníficos capiteles y pilares del claustro, el despliegue de esculturas es uno de los mejores ejemplos del arte románico.

Pero sin duda es su portada occidental, con estructura de un arco de triunfo, el signo distintivo del románico de ésta zona.

Su programa iconográfico, inspirado en el Apocalipsis, es un derroche de maestría en escultura románica.

Claustro San Paul de Mausole, en Saint Remy de Provence
Claustro del Monasterio Saint Paul de Mausole Holly Hayes

Claustro Monasterio San Pablo de Mausole. St. Remy.

Una leyenda habla de un milagro relacionado con la fundación de este monasterio en el lejano siglo IV. Tiene como protagonista una vara seca de guiar bueyes que floreció como señal para que se levantara un oratorio. Hacia el año 1080 sobre aquel oratorio se fundó el monasterio románico de San Pablo. Lleva el topónimo de Mausole, probablemente por la proximidad del mausoleo romano de Glanum.

En el siglo XVI fue ocupado por franciscanos que se dedicaron a atender a enfermos mentales, y en ese mismo empeño sigue en la actualidad. El hospital es famoso haber acogido entre sus muros al pintor Vincent van Gogh, desde mayo de 1889 a mayo de 1890.

La iglesia actual se levantó entre los siglos XI y XII, aunque la fachada es del siglo XVIII. El edificio tiene tres naves con crucero y tres ábsides. Las naves laterales han sido muy modificadas, pero el claustro de época románica levantado en varias etapas durante el siglo XII, se conserva en muy buen estado y tiene una espléndida colección de capiteles.

Portada clasicista de Saint Gilles du Gard.
Portada de Saint Gilles du Gard. EmDee

San Gilles de Gardés

La historia de esta iglesia fundada por el eremita San Gil, está llena de leyendas, jalonada de incendios, de parones en la construcción, y de deliberados derrumbes. Comenzó su auge en el siglo XI, cuando se unió a Cluny y comenzó la afluencia de peregrinos para honrar las reliquias de San Gil, que después de la Revolución fueron trasladadas a la Basílica de San Sernin de Toulouse.

De la iglesia románica, restaurada, quedan la cripta, algunos restos del ábside y su extraordinaria fachada con fuerte influencia romana, que se abre con tres arcos de triunfo, separados por columnas romanas acarreadas de antiguos edificios.

La iconografía que narra la magnífica escultura, va desde la Adoración de los Magos en el tímpano y la Entrada en Jerusalén en el dintel, en el portal de la izquierda, al Cristo en Majestad en el tímpano del portal central, y la Crucifixión en el tímpano de la derecha. Entre las puertas hay varias escenas relativas a la Pasión.

Abadia San Guilhem le desert
Abadía San Gilhem le Désert Biache Benoit

San Guilhem le Désert

De la larga y convulsa historia de esta abadía quedan restos de una cripta perrománica bajo el presbiterio. En la Biblioteca Nacional de Francia se conserva el Sacramentaire de Gellone, un libro litúrgico de la época carolingia, que es un documento muy valioso por su iconografía prerrománica.

De la época románica, hacia el siglo XI, se conserva el buque completo de la iglesia que cubre la nave central con una bóveda de cañón, y la cierra con un amplio ábside, arropado por los absidiolos que cierran las naves laterales. En el exterior contrarrestan las fuerzas unos llamativos contrafuertes, y en todo el edificio aparecen los arquillos lombardos, que atestiguan la presencia de trabajadores de la cercana Lombardía italiana.

El claustro, construido en dos alturas de la que se conserva in situ la baja, tiene una espléndida colección de capiteles. La planta alta se perdió y los restos se desmontaron y se vendieron en 1905, hoy se puede ver reconstruido en el museo The Cloisters de Nueva York.

Abadía de Senanque
Abadía de Senanque. El Císter en la Provenza Guillaume 1995.

Abadía de Senanque

A unos cuatro kilómetros de Gordes (uno de los pueblos más bellos de Francia) se encuentra la abadía de Senanque. Construcción del siglo XII que refleja la norma austera de los cirtercienses.

Emplazada en un lugar imposible, del que sorprende que siga siendo un refugio de paz, a pesar de ser la “postal” de la lavanda en la Provenza.

Ya la visitamos con detenimiento hace unos meses, aquí os dejamos las claves para visitarla.

Merece la pena, si la visita coincide entre finales de junio y principios de agosto, los malvas se colarán en vuestras cámaras y sus aromas os acompañarán en forma de jabón, miel o dulces del color de sus campos; son los pequeños milagros que todavía hoy, desde hace muchos siglos, los monjes hacen posibles, al transformar en placeres las bellas y aromáticas florecillas.

Claustro de la Abadía de Montmajour. Anónimo.
Claustro de la Abadía de Montmajour Anónimo.

Abadía de Montmajour

A pocos kilómetros de Arlés se encuentra el recuerdo de lo que fue una abadía benedictina del siglo XI, situada entonces entre marismas que convertian el monasterio en una isla.

No se tienen noticias documentales de ella hasta el siglo X, pero los ecos de las leyendas acercan su existencia al siglo V. La afluencia de devotos atraídos por la Vera Cruz que se guardaba en la abadía influyó en su prosperidad durante algunos siglos. En el siglo XVII pasó a depender de la congregación de Saint-Maur, que logró reconducir una penosa situación tanto material como espiritual, a la que la habían llevado diversos acontencimientos.

En plena reconstrucción por culpa de un incendio llegó la Revolución, y los religiosos fueron expulsados, el edificio se subastó y pasó a manos particulares convirtiéndose en una cantera que hizo perder los elementos arquitectónicos más valiosos. A pesar de todo se consiguió detener la destrucción y el grueso de las edificaciones medievales se conservó.

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Claustro de la catedral de San Salvador en Aix en Provence. PRA.

Saint Sauveur en Aix en Provence

La catedral de Aix en Provence, construida al parecer sobre la basílica romana que formaba parte del foro, hoy en el barrio que lleva su nombre y que es el casco antiguo de la ciudad, es una templo ecléctico en el que conviven sobre todo dos lenguajes: el románico y el gótico, al que se fueron añadiendo renacimiento y barroco, por su dilatada historia constructiva. El templo era frecuentado por Cézanne al final de su vida, pues se encuentra en el camino que el pintor hacía para dirigirse a su estudio de Lauves.

Uno de los testimonios románicos que quedan prácticamente intactos es el claustro, levantado en el año 1190. Tiene una particularidad, las galerías están cubiertas con una estructura de madera, lo que facilitó que las columnas que las sustentan sean más ligeras y elegantes.

Los capiteles de las columnas gemelas de las arcadas, están decoradas jugando con elementos vegetales y figurativos, y en los pilares de los ángulos la decoración los cubre con paneles tallados con los símbolos de los evangelistas.

Claustro de la Abadia de Le Thoronet
Claustro de la abadía de Le Thoronet. El Císter en la Provenza SchiDD.

Abadía de Le Thoronet

Esta abadía es una de las conocidas como “las tres hermanas provenzales”, junto con Senanque y Silvacane. El sobrenombre les viene dado por ser las tres cistercienses y tener prácticamente la misma edad. Pero Le Thoronet destaca entre las tres por ser la expresión más depurada de la arquitectura cisterciense. Le Corbusier dijo de su arquitectura que es de “una plenitud absoluta”.

Todo el edificio es un espejo de la sobriedad bernarda que alcanza su culmen en la cabecera, su ábside tanto al exterior como en el interior es de una grandiosa sencillez.

Todo en el claustro es belleza al servicio de lo funcional, este es el espacio organizador de la vida comunal. Sus sólidos arcos acogen arcadas gemelas y se abren con un óculo superior que deja entrar más luz a las galerías que están construidas a dos alturas. Sencilla y austera arquitectura que sigue inspirando casi mil años después.