Hay museos que nacen de la voluntad política o del proyecto cultural de un soberano. Pero hay otros que nacen de la pasión por el arte y por la belleza de una familia. La Galería Borghese pertenece al segundo grupo.

Los Borghese fueron una familia principesca, de papas y cardenales, llena de personalidades eminentes de la administración y de la política. Su miembro más ilustre fue Camilo Borguese, el papa Paulo V, pero el más dado al coleccionismo artístico fue su sobrino, Scipione Borghese. En el romano monte Pincio construyó una villa lujosísima y la llenó de obras antiguas y modernas, de todos los tesoros del arte que le fue posible adquirir o comisionar.

La colección es verdaderamente selecta y contiene algunas de las obras más conocidas del mundo. Es, hoy en día, un museo pequeño y cómodo, que se visita bien en un par de horas. Y es además bastante completo, aunque destaque sobremanera en las épocas renacentista y barroca. Es la Galería Borguese un lugar donde se aprecia y se disfruta la historia del arte, una verdadera sinfonía de talentos, un prodigio admirable de variaciones y de tendencias.

Sirvan los siguientes diez ejemplos para ilustrar lo dicho y para despertar las ganas de visitarla. Scipione juntó obras –y no obras menores– de Bernini, Caravaggio, Tiziano, Rafael, Parmigianino, Correggio, Antonello de Messina o Antonio Canova. Una colección selecta y privilegiada.

Dánae, Correggio. Galeria Borghese.

Dánae, de Correggio.

La Dánae de Correggio es un cuadro erótico conmovedor. Dice el profesor Antonio Paulacci que "no se puede estar más enamorado de la belleza femenina de lo que estaba Correggio al pintar esta obra".

La escena fue parte del encargo que hizo Federico II Gonzaga para Carlos V; cuadros que habían de ilustrar varias metamorfosis eróticas ovidianas y que finalmente quedaron en Mantua, en el Palacio del Té, para más adelante peregrinar a varios afortunados museos de Europa.

Esta Dánae acabó engalanando Galería Borghese. En ella, un pequeño ángel alado desnuda a la protagonista para que reciba la lluvia dorada de Júpiter. El suave diseño, la luminosidad de las carnaciones, la vaporosidad de las telas son típicas de Correggio y conforman una de las escenas mitológicas más atractivas del Renacimiento. Muchos artistas encontrarán aquí inspiración en el futuro.

Madonna de los palafreneros, Caravaggio. Galería Borghese.

Madonna con el niño y Santa Ana, de Caravaggio.

La Madonna de los palafreneros le fue encargada a Caravaggio por los caballerizos vaticanos, para decorar un altar en la nueva Basílica de San Pedro. Pero de allí colgó poco más de un mes.

El cuadro representa una escena de sencillo mensaje: la Virgen y el niño aplastan una serpiente, símbolo del pecado, que se arrastra por el suelo. Junto a ellos, pero ligeramente apartada y sin tomar parte en la acción, aparece la figura solemne de Santa Ana.

No está del todo claro el motivo por el cual la obra fue tan pronto apartada del Vaticano. Se han mencionado, como posibles causas, la desnudez del niño y el pronunciado escote de la Virgen, que bien pudieron escandalizar a los cardenales. También la separación de Santa Ana, símbolo de la Gracia. Que ésta no tomara parte en la acción era teológicamente inaceptable en plena Contrarreforma.

Ambas razones tienen sentido. Y no es difícil imaginar a un conspirador silencioso, caminando concentrado entre los pasillos del Vaticano y susurrando a los oídos del Papa lo inapropiado de la obra para tal escenario. Diciéndole que un cuadro tan majestuoso, con esas figuras solemnes, casi heróicas, con esos maravillosos claroscuros, estaría mejor en un lugar más privado. No sería difícil, pues el Papa era entonces Paulo V, y su cardenal predilecto era Scipione Borguese, que por medio de su tío adquirió numerosas obras de arte para su Villa del monte Pincio, recién construida.

Lo cierto es que la Madonna dei Palafreneri terminó colgando de los muros de la Galería Borghese, y que el cardenal Scipione la consiguió a un precio irrisorio. Junto a ella, adquirió también otros cinco caravaggios, y valga decir, para destacar el valor de la colección, que en ningún otro museo del mundo, no en el Louvre, no el Museo Británico, no en los Uffizi, pueden verse tantos.

Amor sacro y profano, Tiziano. Galería Borghese.

El amor sacro y el amor profano, de Tiziano.

Es esta una obra maestra de Tiziano cuyo título suele llevar a equivoco. Porque, por amor sacro y amor profano, el ojo moderno tiende a pensar que la mujer de la izquierda, vestida y casta, representa el amor sagrado, y que la de la derecha, desnuda y sosteniendo un vaso llameante, ha de ser el amor profano, y que el pintor está aplaudiendo uno y censurando el otro.

En el cuadro no hay, en realidad, ninguna censura. Las dos figuras se complementan. Y representan, más bien, el amor humano, o terrenal, y el amor celestial o divino. Este último lo simboliza la figura de la derecha, desnuda como han de aparecer las diosas, y en cuya mano porta una llama que es símbolo de la felicidad eterna. La mujer de la izquierda, tradicionalmente identificada como una novia por su casto cinturón, sería el amor terrenal, o profano, si seguimos el nombre de la obra. Nombre que no fue el que le dio Tiziano.

El pintor no hace más que plasmar, con su enorme talento y una acertadísima visión poética, la visión neoplatónica de la belleza. La belleza terrenal es un reflejo de la celestial, y su admiración es un preludio de su consecución ultraterrena.

David, Bernini. Galería Borghese.

David, de Bernini

Por encargo del cardenal Scipione Borghese modeló Bernini la última gran representación del David. En los dos siglos anteriores, la misma figura había sido abordada por sendos genios de la escultura: Donatello y Miguel Ángel. Los tres organizan un diálogo exquisito y un ejemplo canónico de la evolución del arte italiano. Además, completan entre ellos la narración de la escena, pues si Miguel Ángel la situó antes del enfrentamiento y Donatello después, Bernini lo hace en plena acción.

El David de Bernini es uno de los grandes atractivos de la Galería Borghese, y lo sería en cualquier museo del mundo. En esta obra, el escultor napolitano supera finalmente el esquema compositivo propio de la etapa anterior, la línea serpentinata o en forma de S, y elabora un esquema aún más dramático, en espiral. El resultado se acerca más a las columnas salomónicas del Baldaquino que al clásico contraposto de la Venus de Milo.

Este David ya no es el héroe clásico de Miguel Ángel, ni el sofisticado, elegante y seguro vencedor de Donatello. Roma fue saqueda. La Iglesia se partió en dos. Estamos en pleno Barroco y David es consciente de la dificultad del empeño y de la posibilidad del fracaso. El futuro rey de Israel ha de poner toda su destreza, empeño y concentración al servicio de una acción tan heróica como desesperada.

Toda la obra es un compendio de movimiento y tensión. Las líneas que van ascendiendo en espiral, las sombras y claroscuros que éstas generan. Curiosamente la intención de Bernini no era aquí, al contrario que en Apolo y Dafne, y a pesar de que hoy se muestre en el medio de una sala, invitar al espectador a caminar en torno a la obra. Bernini quería que su David se mostrase frente a una pared, y que el espectador se concentrara en el punto de vista central, el idóneo para captar la maravilla y la sorpresa, el movimento, la expresión de un personaje audaz y fuerte.

Retrato de un hombre. A. Messina. Galería Borghese..

Retrato de un hombre, de Antonello de Messina.

Si Karl Kraus tenía razón, y "en un buen retrato uno debe reconocer inmediatamente al artista", entonces Antonello de Messina debe ser uno de los mejores retratistas que han existido nunca.

La tradición dice que fue él, nacido en Sicilia, quien introdujo en Italia la pintura al óleo, tras un viaje a las norteñas tierras de Flandes. Y que mezcló el preciosismo detallista de aquella pintura con lo mejor de su país natal: los logros espaciales de Piero della Francesca, el uso de la perspectiva de Andrea Mantegna, el uso del color de los pintores venecianos.

Este Retrato de un hombre de la Galería Borghese tiene su fecha en 1474 y es una de sus mejores obras. El retratado es desconocido, pero debía formar parte del patriciado veneciano, donde los retratos de Antonello fueron enormemente apreciados.

El empleo de la luz, que él siempre sitúa en la izquierda, y la plasmación de la personalidad son dos de sus grandes hazañas como pintor. Pero quizá lo más reconocible sea un cierto aire de misterio, una cualidad indefinible que los hace a su vez reconocibles y elusivos.

Paolina Bonaparte, Canova. Galería Borghese.

Paolina Bonaparte como Venere Vincitrice, de Canova.

Son de sobra conocidos los delirios de grandeza de Napoleón. En 1804, el pequeño sardo, ansioso por incluir su nombre entre las más egregias raigambres europeas. Se había hecho coronar emperador en Notre-Dame, había comisionado a Antonio Canova una estatua en la que se le representara como Marte, y había casado a su hermana, Paolina, con un romano de apellido histórico y altisonante, Camilo Borguese.

Para celebrar la unión, Camilo encargó, también a Canova, una escultura de su mujer. Y el genial escultor, no queriendo quedar corto en elogios, la pintó como una Venus Vencedora, siguiendo el esquema compositivo de la Dánae de Correggio y de la Venus durmiente de Giorgione.

Su postura altiva, su pose distinguida, la manzana que sostiene y que sin duda hace referencia al Juicio de Paris, todo contribuye a ensalzar la cultura y la belleza de una mujer conocida por su escasa formación, por sus escarceos amorosos y por su profunda lealtad a su hermano. Se dice que la modelo posó verdaderamente desnuda en el estudio de Canova. Y el resultado, por mucho que tuviera de adulador, fue verdaderamente sobresaliente.

Traslado de Cristo, Rafael. Galería Borghese.

Traslado de Cristo, de Rafael.

Los más habituales encargos de Rafael fueron vírgenes y retratos, en los que el maestro de Urbino no tuvo que hacer frente a una gran complejidad compositiva. Por eso esta obra es especial. Aquí, Rafael integra en un cuadro de grandes dimensiones una gran cantidad de personajes. Se inspira sin duda en similares escenas anteriores, como esta de su maestro Perugino. Mira y aprende. Y, como es habitual en él, mejora lo visto.

Vasari admiró especialmente esta pintura por la intensidad del dolor de los personajes, por su esfuerzo y su gracia y por la belleza de sus detalles. Decía que había sido hecha con tanta frescura que "se diría que la acaban de pintar".

Es el genial uso del color y la magnífica composición lo que le dan esa vivacidad. Hay que fijarse en el contraste genial entre el cuerpo de Cristo muerto y en el de la Virgen, que en el lado opuesto de la composición también yace y ha de ser ayudada por otro grupo de personajes.

Pintada en Florencia en 1507, será una de las obra que le abran las puertas de Roma, y una prefiguración de sus obras maestras del Vaticano.

Muchacho con cesta de frutas, Caravaggio. Galería Borghese.

Muchacho con una cesta de frutas, de Caravaggio.

Un joven Caravaggio, recién llegado a la competitiva Roma, que recibe el sencillo encargo de pintar "flores y frutas", gracias a su merecida fama como pintor de naturalezas muertas.

Lo que hace es pintar a este joven, de aspecto andrógino y mirada sensual, con una camisa blanca que deja al descubierto parte de su torso, y que porta un canasto repleto de las solicitadas frutas y flores.

Aquí están ya los rasgos más característicos de la pintura caravaggiesca: el tenebrismo, la artificialidad de la luz, utilizada para subrayar los contrastes, la fabulosa calidad de los detalles, la carnosidad y la expresividad de los rostros, el simbolismo. Todo ello inspirará a no pocos autores.

Apolo y Dafne, de Bernini. Galería Borghese.

Apolo y Dafne, de Bernini.

Scipione Borguese encargó esta obra a Bernini y hoy, en la Galería Borghese, se muestra en el punto exacto para el que fue proyectada. Bernini representó, con enorme dinamismo, el momento exacto en que los miembros de Dafne empiezan a transformarse en hojas de laurel. Y tan entrelazadas como las figuras de los protagonistas quedaron la representación naturalista y la espiritualidad del mito.

Apolo y Dafne inspiraron uno de los más hermosos sonetos de Garcilaso, y la magia de Bernini los convirtió en dos personajes teatrales que se mueven libremente entre la luz del escenario. Situándose tras Apolo, el espectador apenas verá al objeto de su presa. Moviéndose lateralmente estará mirando una escena compuesta en diagonal y llena de pasión y movimiento. Girar alrededor de la obra se hace necesario para apreciarla.

Dafne, tocada por Cupido con una fecha de plata, debía rechazar a Apolo, a quien el amore alato, ennegrecido por la ira, había atravesado con una flecha de oro. El amor imposible se resuelve en tragedia. Dafne terminará arborizada; convertida en las preciadas coronas de Laurel que Apolo entregará desde entonces a los campeones.

Maravilla contemplar la contraposición de las figuras. Alelado Apolo, incapaz de aceptar lo que ve. Horrorizada Dafne ante la inmimente captura, ciega aún a su transformación.

Maravilla también contemplar la imposible suavidad, la morbidez del frío mármol, la pasmosa técnica de un Bernini omnipotente.

Dama con unicornio, Rafael. Galería Borghese.

Dama con unicornio, de Rafael.

Curiosa historia la de este cuadro. Lo pintó Rafael en el año 1505 o 1506. Representa a una dama desconocida, que algunos han querido identificar como la hermana del pintor. Aparece junto al célebre símbolo de la castidad, el unicornio, que la mitología afirmaba que sólo podían domar las vírgenes. En el siglo XVII, por razones desconocidas, el animal fue retirado y la retratada fue transformada en Santa Catalina, añadiéndole la rueda con que siempre iba acompañada, símbolo de su martirio.

Ya en el siglo XX, una completa restauración devolvió el cuadro a su estado original, y su autoría, antes atribuída a Perugino, le fue devuelta a Rafael.

Del retrato llama poderosamente la atención la mirada protagonista que persigue al espectador. Y la posición de la retratada, vuelta muy ligeramente hacia la izquierda. Ambos rasgos son una referencia nada velada a la Gioconda de Leonardo, pintada pocos años antes.