La ciudad de Mantua, capital de la provincia homónima, descansa, en plena llanura padana, junto a tres lagos que fueron originalmente creados con fines defensivos, pero que hoy la envuelven en un remanso de paz que rima bien con la belleza tranquila que desprende la ciudad. Una capital de provincia, una ciudad pequeña de ilustre pasado, que tuvo gobernadores ricos y mecenas de las artes, que pasada su edad dorada dejó de crecer pero mantuvo casi todas sus maravillas. Aldous Huxley la llamó “la ciudad más romántica del mundo”, y los que gustan de la tranquilidad y del viajar lento tienen en Mantua un lugar del que enamorarse.

Mantua –Mantova, en italiano– tiene una muy antigua relación con la cultura. Fue la cuna de Virgilio, el gran poeta romano, y de Baltasar Castiglione, el gran poeta del Renacimiento. Su nombre, elegante y distinguido, resuena tanto en La Divina Comedia de Dante como en varias obras de Shakespeare (Sueño de una noche de verano, Romeo y Julieta).

Fue gobernada por la dinastía de los Gonzaga durante los siglos que abarcan el Renacimiento y el Barroco, y en aquel tiempo fue uno de las grandes centros de la cultura y de las artes. Hoy conserva buena parte del trazado urbano y tres auténticas joyas de la arquitectura. ¿Qué ver en Mantua? Sobre todo: el Palazzo Ducale, residencia de la familia gobernante; el Palazzo del Té, verdadera fantasía manierista; y la basílica de Sant’Andrea de Leon Battista Alberti, cuya fachada es una de las mayores joyas del Renacimiento italiano.

Por si fuera poco, Mantua disfruta de una posición envidiable, entre Lombardía, el Véneto y la Emilia-Romagna, que la hace idónea como campamento base para adentrarse a descubrir estas regiones. A tiro de piedra tiene el Lago de Garda, de donde proviene el río Mincio que la baña; y las ciudades de Módena, Bolonia, Parma, Ferrara, Verona o Vicenza. A menos de un par de horas, Milán y Venecia.

La Basílica de San Andrés

En el siglo XV, miles de peregrinos acudían a Mantua, a la Basílica de San Andrés, para venerar la famosa reliquia que albergaba: unas gotas de la sangre de Cristo, derramadas durante la crucifixión. La basílica actual se construyó en respuesta al éxito de dicha reliquia: los peregrinos eran tantos que dejaron pequeña la iglesia anterior, y sus donaciones costearon su renovación monumental.

San Andres. Exterior.
San Andres. Interior.

Leon Battista Alberti, el gran arquitecto y teórico del Renacimiento, diseñó un enorme, pero armónico templo de una sola nave, de interior amplio y diáfano, cuyo principal foco de atención está en el enorme arco de la fachada principal. Concebida como un gran arco triunfal –de un solo vano, como el que levantó Tito en el Foro Romano– que actúa como pórtico o nártex, con intradós casetonado y flanqueado por monumentales columnas corintias. El resto de vanos y pilastras subrayan un rígido sistema de proporciones (“la belleza”, esta era la máxima albertiana, “radica en la armonía de todas las cosas”) que se extiende incluso a los elementos del entorno urbano en el que se inserta la fachada.

En el interior, además del relicario antes citado, se encuentra el sepulcro del gran pintor de los Gonzaga, Andrea Mantegna, que bien puede ser otro motivo por el que peregrinar a San Andrés.

El Palacio Ducal

La residencia de los Gonzaga es un edificio enorme, construido a pasos lentos entre los siglos XIV y XVII, que contiene más de quinientas habitaciones y quince patios, algunos de los cuales de tamaño colosal. Para su decoración y ornato los Gonzaga no repararon en gastos, pero lamentablemente, desde el siglo XVII en adelante, muchas de estas obras partieron hacia cortes más pudientes: Carlos I de Inglaterra adquirió una buena cantidad de obras en 1628; el Saco de Mantua, poco después, se llevó muchos más; Napoleón terminó de mutilar las colecciones.

Palacio Ducal de Mantua
Palacio Ducal de Mantua. Fuente
Palacio Ducal de Mantua
Palacio Ducal de Mantua. Fuente
Palazzo Ducale
Palazzo Ducale. Fuente

Con todo, aún se pueden ver, además de la grandeza arquitectónica del edificio, obras de Tintoretto, Sustermans y Rubens; una grandiosa colección de estatutaria clásica, reunida en tiempos de Maria Teresa de Austria, y los abundantes y excelentes frescos que adornan las estancias.

Cámara de los Esposos
Cámara de los Esposos. Fuente

Entre las más destacadas está la Sala del Zodiaco, el Salón de los Espejos, la Sala del Río, el Apartamento del Paraíso, el Apartamento de Troya, con frescos de Giulio Romano, o la reproducción, a escala, de la Scala Santa de Roma. La más famosa y celebrada la es la Cámara Nupcial, decorada con frescos de Andrea Mantegna.

El Palacio del Té

Construido por Federico II Gonzaga, oficialmente para disponer de una villa campestre donde descansar, extraoficialmente para escaparse con su amante, Isabella Boschetto, este palacio puramente manierista –clásico, pero no repetitivo, original, ligeramente juguetón–, no tiene nada que ver con la bebida del té: el nombre parece ser una abreviatura de tejeto, el nombre de una antigua isla que formaba parte de las obras hidráulicas para la defensa de la ciudad.

Palacio del Té
Palacio del Té. Fuente
Palacio del Té
Palacio del Té. Fuente
Palacio del Té
Palacio del Té. Fuente
Sala de Cupido y Psique
Sala de Cupido y Psique. Fuente
Sala de los Gigantes
Sala de los Gigantes. Fuente

Construido en torno a un gran cortile, uno de cuyos lados es semicircular, a modo de exedra, el Palazzo es un bellísimo retiro campestre rodeado de jardines, decorado con motivos palladianos, y tiene en su interior numeroso frescos de Giulio Romano, el discípulo de Rafael que huyó de Roma tras el Saco de Carlos V y encontró aquí trabajo como arquitecto y como pintor.

Los frescos son de tema mitológico y alcanzan verdadera grandeza en la Sala de los Gigantes, donde una escena que representa el tema de la caída del os gigantes se revela como un temprano ejemplo del ilusionismo que se hará popular en los techos y las cúpulas del Barroco.