Están al norte del Norte, las islas Solovkí. En el Mar Blanco, entre las penínsulas de Kola y Onega. Están tan al norte que en invierno sólo se pueden alcanzar en avión. Son extremas no sólo en el sentido climático: durante siglos han sido testigo de increíbles historias de heroísmo, superación, sufrimiento y crueldad.

Y son bellísimas.

Al cabo de unas horas de navegación, surgen las catedrales blancas sobre el mar, coronan el horizonte, se elevan, como impulsadas por los campanarios-globos aerostáticos, se reflejan en la vidriosa palidez del agua, bajo un banco de nubes inmóviles; después se perfila la línea de las murallas del kremlin, la fortaleza, entre las rechonchas torres, coronadas con madera plateada, el oscuro contorno del bosque alargado en derredor: ¿tendrá ánimo para abandonarse a la contemplación de aquel espectáculo, tan bello?

El meteorólogo

Es un fragmento extraído de El meteorólogo, la novela escrita en 2016 por el francés Olivier Rolin, y publicada en España por Libros del Asteroide.

El meteorólogo cuenta la historia de Alekséi Feodósievich Vangengheim, que fue jefe del Servicio Meteorológico de la URSS pero terminó encerrado en un campo de prisioneros (un gulag) y ejecutado en 1937. Eran los tiempos de Stalin, del Terror Rojo. El gulag en cuestión estaba en las islas Solovkí, y era conocido como SLON: Solovetsky Láger’ Osóbogo Naznachenia.

"En aquel lugar hoy tan apacible hubo escenas infernales", dice Rolin. Hablemos de este libro antes de adentrarnos en el maravilloso paisaje y la terrible historia de las Solovkí.

El meteorólogo de Olivier Rolin

La muerte de Vangengheim, cuya historia narra Rolin con elegancia y ritmo, ocurrió en el año 1937. Tres años antes, había sido acusado de traición, sin pruebas, y encarcelado. Dos años después, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la URSS decidirá cerrar el campo por su peligrosa cercanía con la frontera finlandesa. Entre una fecha y la otra murieron miles de personas.

El campo de las Solovkí fue en realidad un adelantado a su tiempo.

Era un buen sitio para encerrar gente: alejado de grandes ciudades, rodeado de aguas gélidas y con un monasterio-ciudadela que ya había sido utilizado como prisión por el régimen zarista. El gulag nació oficialmente en 1930 pero en estas islas del Norte Lenin lo había empezado a ensayar en 1924. El "Campo Solovkí para Propósitos Especiales" (en ruso: Solovetsky Láger’ Osóbogo Naznachenia, SLON) fue su nombre. Propósitos especiales. Bonito eufemismo.

A veces, en el fondo de una distancia inmensa, la chimenea de una locomotora recuerda que, en la profundidad de ese tiempo aparentemente solidificado, está produciéndose algo nuevo, que tal vez sea el progreso y tal vez también una amenaza.

El meteorólogo

Alekséi Feodósievich Vangengheim murió ocho años después de que Maxim Gorky recorriera el archipiélago en uno de estos –tantos– viajes patrocinados por las instituciones soviéticas. Su objetivo era dar cuenta del incesante progreso educativo del país, que tenía en el campo de las Solovkí el ejemplo perfecto. Este debía ser el ejemplo a seguir, "la madre del GULAG", como lo llamó Alexander Soleheztskn.

Vangengheim, afortunado, pudo disponer allí de una biblioteca; leía, daba conferencias, educaba a los presos más jóvenes. Un lugar para el trabajo y la reeducación de los enemigos del pueblo.

A eso se debe la singularidad de las Solovkí y explica también que la propaganda soviética del decenio de 1920 las ponga como ejemplo traído por los pelos. Gorki, por ejemplo, hizo una gira por las Solovkí en 1929 (¡entre dos estancias en la costa de Amalfi!); como a Herriot en Ucrania, solo le enseñaron espectáculos edificantes y volvió encantado y lo hizo saber, claro está, ya que es lo que se esperaba de él.

El meteorólogo

El gulag de las Solovkí no fue el más grande ni quizá el más eficiente, pero sí fue el que marcó el camino de los demás. Sirvió para racionalizar el mantenimiento y manutención de los presos, ensayar los métodos de ejecución, pulir los métodos de una lenta pero siempre presente burocracia; ensayar las reglas del Terror.

Rolin, que se paseó por numerosos archivos para narrar la historia del meteorólogo Vangengheim, cuenta anécdotas aterradoras sobre las órdenes emitidas desde Moscú. Los presos eran ejecutados por miles pero nunca faltaba una firma, una fecha y un sello. A veces esos papeles se llenaban de errores. Quizá porque algún funcionario temeroso de acabar él mismo un gulag inventaba una causa o el lugar de una defunción. Quizá, simplemente, por desgana o incompetencia.

De Vangengheim figuran en los archivos soviéticos dos documentos oficiales que acreditan su muerte, por razones distintas y en diversos lugares y fechas. No deja de sorprender cómo esa etiqueta de "enemigo del pueblo" pudo convertir a miles de hombres y mujeres en poco menos que cucarachas a ojos de sus propios compatriotas.

Toda esta trágica historia se mantiene viva en las Solovkí, donde se ha abierto un Museo del Gulag. Contiene numerosas fotografías, objetos empleados por los presos e incluso vídeos conservados en los oscuros archivos de los servicios secretos soviéticos. Archivos que, pese a todo, han conseguido que miles de personas puedan localizar a sus antepasados. Archivos que han hecho posible libros como El meteorólogo.

Noches blancas en las islas Solovkí
Noches blancas en las islas Solovkí. Foto.

Cuánto durarán estos museos y la facilidad de acceso a estos archivos, en la Rusia de Putin, es algo que no está claro:

La opinión pública respecto a las represión estalinista ha cambiado radicalmente desde la época de la perestroika. Esto lo confirman también los expertos del laboratorio de investigaciones de los medios de comunicación de la Escuela Superior de Economía. Muchos campesinos recuerdan positivamente el periodo de Stalin. A pesar de que reconocen que las represiones masivas sí tuvieron lugar, aseguran que la ‘mano dura’ del gobierno contribuye a que reine el orden en el país.

Hace tiempo, en otro artículo, hablamos de la Revolución Rusa, de la que se han cumplido ya cien años. Nos centramos entonces en San Petersburgo, la Leningrado soviética, pero las consecuencias de aquella revolución se hicieron sentir en toda Rusia, de Vlavidostok a las Solovkí.

"En aquel lugar hoy tan apacible hubo escenas infernales", dice Rolin con sencillez pero también con precisión quirúrgica. Porque la historia, trágica, de este Alekséi Feodósievich es también la de la fascinación, a veces fatal, por los paisajes infinitos de una Rusia inabarcable.

Me complace pensar que Alekséi Feodósievich sintió nacer en él una curiosidad por los meteoros al contemplar la evolución de las nubes por encima de la llanura infinita. Pintores y escritores han descrito con frecuencia ese paisaje del campo ruso o ucraniano: profundidad vertiginosa del espacio, vastedad en la que todo parece inmóvil, silencio que solo interrumpen gritos de aves, codornices, cuclillos, abubillas, cuervos; campos de trigo o centeno, extensiones de hierbas azules punteadas de amarillas flores de ajenjo, entre las cuales pasa un camino con huellas de carros; bosquecillos de abedules y gráciles álamos, con los bulbos dorados de una iglesia que brilla a lo lejos, los tejados de un pueblo, a veces el destello tenue de un río: es el paisaje de La estepa (que sucede en esos confines ucraniano-rusos), de En el país natal y de muchos relatos de Chéjov, quien escribe entonces, el paisaje de la poesía de Yesenin, de cuadros de Shishkin y de Levitán.

El meteorólogo

Es verdad: el paisaje de Rusia, ya sea la taiga o la estepa, está presente en casi todos sus artistas y escritores, y no como simple decorado. Dijo Chejov que "la medida humana habitual no es aplicable a la taiga. Sólo las aves migratorias saben dónde acaba". Son paisajes que marcan.

Hay tragedia y crueldad en el pasado de las Solovkí, pero también una belleza indiscutible.

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La belleza y el atractivo de las islas Solovkí

Por eso, pasado el horror de antaño, las Solovkí se han convertido en un destino turístico muy apreciado, a pesar de su lejanía. En el archipiélago viven apenas un millar de habitantes pero los visitantes anuales se cuentan en cientos de miles. Acuden atraídos por la historia y por la naturaleza. Muchos son peregrinos que acuden al viejo monasterio a hacer retiros espirituales. Es un lugar que se presta a ello.

Los muros del monasterio
Los recios muros del Monasterio de Solovkí

Sin duda, a esta espléndida afluencia ha contribuido el hecho de que las Solovkí fueran declaradas, en 1992, Patrimonio Mundial de la UNESCO:

Poblado desde el quinto milenio antes de nuestra era, el archipiélago conserva vestigios importantes de un asentamiento humano que data de dos milenios después. El sitio posee varias iglesias construidas entre los siglos XVI y XIX, testigos de la presencia de las piadosas comunidades monásticas que se establecieron en las islas desde el siglo XV.

El Monasterio de Solovetsky llegó a tener, en el siglo XVII, más de trescientos monjes y el doble de sirvientes, artesanos y campesinos. Fue el mayor centro de cristianización del norte de Rusia y con el tiempo se convirtió en una igual de importante fortaleza defensiva. Contra ella se estrellaron los Caballeros Portaespadas, los invasores suecos y los ingleses, que después de un agresivo asedio durante la Guerra de Crimea se dieron la vuelta con las manos vacías.

Lo llaman kremlin por su aspecto fortificado (kremlin en ruso significa eso: fortaleza, amurallamiento defensivo de un poblado). Hay en su interior varias iglesias: la de la Anunciación es la más antigua, de finales del siglo XVI, la más utilizada en la actualidad y la más restaurada. Destacan también la Catedral de la Transfiguración, que cuenta con un bellísima iconostasis de seis niveles, y la iglesia de San Nicolás. Esta última es muy posterior, del siglo XIX. Tiene con un campanario más antiguo desde el cual se pueden admirar bellísimas vistas. Y la última es la iglesia de la Asunción, que ha conservado un refectorio adjunto de sorprendentes proporciones.

Misterio, arqueología, un jardín y otra prisión

Hay también en las islas Solovkí, como en Glastonbury y tantos otros lugares, un punto de misticismo que atrae a cada vez más aficionados del misterio. Hay varios laberintos de piedra, entre ellos uno que es el más grande del mundo. Tienen más de tres mil años esas grandes espirales de piedra que nadie sabe quién puso ahí o para qué.

Hay sólo un pueblo, llamado también Solovetsky, junto al monasterio, muy pequeño. Aquí casi todo es naturaleza.

Al este del monasterio se conservan los restos de una prisión abandonada, una prisión construida en 1939 para sustituir al campo, que se cerró ese mismo año. Visitarla hoy es bastante terrorífico. Muy cerca, un pequeño cementerio recuerda a los muchos muertos de esa prisión, hoy felizmente abandonada.

Se puede visitar también un curioso jardín botánico. Al norte, sobre una colina, está la capilla de Alexander Nevsky, construida en 1854. Pequeña y adorable, hay allí un banco desde el que admirar unas preciosas vistas de la isla.

Quizá uno de los lugares más conmovedores de la isla sea la montaña llamada Gora Sekirnaya. Está a unos diez kilómetros al norte del pueblo. Hay está la iglesia llamada de la Ascensión. En su aclamada obra Archipiélago GULAG, cuenta Alexander Solzhenitsyn que esta iglesia se utilizó también como prisión, que en esta montaña muchos presos eran torturados antes de ser arrojados por la escalinata de piedra.

En la base de dicha escalinata se yergue, desde 1992, un monumento dedicado a la memoria de todos los muertos de las Solovkí.

Muchos muertos. Demasiados, en un lugar idílico como este. Deseemos que sean cosa del pasado y, sin olvidarlos, disfrutemos en este paraíso natural y cultural.

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