El campanile de San Marcos es uno de los edificios más queridos por los venecianos. El turista suele encontrar más icónicos la Basílica, el puente de Rialto y el Palacio Ducal, pero, en Venecia, al elegante campanario lo llaman "el patrón de casa".

Como todo edificio antiguo, tiene una historia variada y complicada. No fue siempre un campanario y ni siquiera se construyó para serlo. Hace poco más de un siglo se cayó por su propio peso, y su reconstrucción abrió un debate que a todos nos resultará muy moderno. Algunos propusieron cambiarlo de sitio; otros, darle un aire más moderno; hubo quien planteó la posibilidad de no reconstruirlo.

Al final ganó la opción más popular en este tipo de casos: levantarlo tal y como era, y así lo tenemos hoy. Una torre que tiene más de un milenio de historia.

El campanile es uno de los edificios que "hay que ver" en Venecia, y apreciar las vistas desde sus alturas es muy recomendable. Pero si quieres disfrutar de verdad de Venecia, no dejes de leer nuestra guía para ir más allá de lo que ve todo el mundo.

Sobre la construcción del campanile

La torre que hoy eleva las campanas de San Marcos no se construyó para albergar un campanario. En el siglo X, cuando se pusieron sus primeras piedras, iba a ser una torre vigía, el más alto baluarte defensivo de un Palacio Ducal por entonces fuertemente amurallado. Y es que, aunque siempre se ha dicho que Venecia no necesita muros de piedra porque tiene por muralla el mar, en una época de inseguridad generalizada, en la que los húngaros y otros pueblos del centro y el este de Europa realizaban frecuentes razzias, la ciudad necesitaba defenderse con algo más que metáforas.

Y, como si los enemigos extranjeros fueran pocos, la política interna de la ciudad era entonces un juego de tronos tan frecuente como despiadado. Las grandes familias encendían las iras del pueblo y lanzaban a las turbas unas contra otras. Durante más de dos siglos la ciudad avanzó a marchas forzadas, entre lealtades divididas al Sacro Imperio y al Imperio bizantino. Y del mismo modo fue creciendo la torre del futuro campanile. Ora se le añadían unos metros, ora se abandonaba en medio de incendios y altercados, ora llegaba un nuevo Dux que volvía a retomar su construcción…

El Palacio Ducal en el s.XII

En época, probablemente, del Dux Tribuno Medio, entre el 979 y el 991, la torre fue coronada por primera vez con lo que los italianos llaman una cella campanaria, un espacio para las campanas. En aquel tiempo debía ser un campanario mucho más modesto, parecido al que hoy corona la torre de San Giacomo dell’Orio, en la misma Venecia, o como el de Santa Maria Assunta en la preciosa isla de Torcello.

Merece la pena destacar aquí cómo se construyen edificios altos y sólidos en una ciudad que, como dicho John Ruskin, espejea sobre el agua.

En su estado natural de perenne humedad, el suelo veneciano no es precisamente acto para la arquitectura. Los cimientos de cualquier edificio requieren un espacio sólido y liso donde asentarse y el de Venecia es siempre acuoso e inestable. Para solucionarlo, los constructores empiezan excavando tan profundamente como pueden y plantando en el suelo una nutrida colmena de palos de madera. Estos palos solían tener forma de pica para que los encargados de clavarlos, a mano, en el suelo lo tuvieran algo más fácil. Estos operarios, auténticos hacedores de la ciudad, se llamaban battipali y, como los gondolieri, trabajaban en medio de cánticos que aún son patrimonio de la ciudad.

Con los palos a poca distancia unos de otros, sus intersticios rellenos con cualquier cosa que estuviera a mano (piedras, trozos de madera, incluso conchas) y su altura nivelada, ya se podía iniciar la construcción de unos verdaderos cimientos de piedra.

Battipali

Si a alguien le parece inestable esta forma de construcción no está solo. Como recoge Peter Ackroyd en su Venice: Pure City, muchos poetas y artistas han subrayado el carácter imposible de esta ciudad que desafía a la lógica.

Si te estás planteando un viaje a Venecia o simplemente quieres saber más sobre la ciudad y su historia, revisa nuestro artículo dedicado a los mejores libros sobre Venecia.

Y sin embargo ahí siguen estas torres, estos palacios y estas iglesias. Después de todo tipo de avatares, de ver cómo ciudades e imperios se levantaban y caían, ahí están aún, sobre palos de madera.

No. El campanile no se cayó por culpa de sus cimientos. Que son los mismos que los de toda Venecia.

Una torre que ha sido mucho más que un campanario

Hay pocas noticias de nuestra torre hasta que, en el año 1329, un tal Montagnana completó una restauración que le dio mayor altura y un aspecto más parecido al actual, con una cúspide piramidal que entonces era de madera dorada.

Nos acercamos ya a la edad dorada veneciana y de aquel tiempo datan muchas leyendas de marinos y pescadores, como la que explica los vivos colores de la isla de Burano. Quizá sea una exageración, pero dicen los cronistas de la época que aquella pirámide de oro refulgía tanto al sol que era como tener un faro diurno que, desde muchas millas de distancia, anunciaba a los marineros el camino a casa.

Lo que no podía saber el tal Montagnana es que esa torre, tan alta y aislada y para colmo recubierta de madera, iba a convertirse en un pararrayos natural. Desde entonces fue rara la década en la que uno no le alcanzaba, raro el siglo en el que no debían acometerse unas cuantas restauraciones. No importaba. Como veremos, cada vez que se caía se reconstruía más ambiciosa y monumental.

La historia del campanile tiene otros episodios curiosos. Durante unos años, cuando la guerra con Génova estuvo en su apogeo, las autoridades mandaron bajar las campanas y las sustituyeron por cuatro grandes cañones. Luego las volvieron a poner en su sitio, pero no sin que antes se incendiara accidentalmente el campanario en las celebraciones de la victoria.

En 1786 subió al campanario el que ha sido uno de sus visitantes más ilustres, Goethe, que dejó escritas unas líneas sobre la experiencia.

Hoy, admirando su planta, me hecho una mejor idea de la profundidad de Venecia. Después de haberla estudiado, subí al campanile de San Marcos, desde el cual se aprecia un espectáculo único. Era cerca del mediodía y el sol brillaba luminoso, tanto que no necesité los prismáticos para distinguir lo cercano y lo lejano. La marea cubría la laguna, y cuando me volví a mirar la zona que llaman el Lido vi por primera vez el mar y sobre él algunas velas (Goethe, Viaje a Italia).

El campanile vio después llegar a los franceses, que instalaron en su cúspide una antena telegráfica, y a los austríacos, y luego vio la segunda dominación de los franceses y la segunda dominación de los austriacos. Un sábado de finales de octubre, en 1866, las campanas hicieron sitio a una pléyade de banderas tricolores. Se había proclamado la unificación y el Reino de Italia.

La estructura del campanile, o en qué debes fijarte cuando lo mires

En Italia, es bastante común que los campanarios de las iglesias se construyan separados de éstas, y la razón tiene que ver muchas veces con lo que ya hemos explicado aquí: que, cuando se construyeron, no iban a ser campanarios sino torres de vigilancia. En cualquier caso, a esta forma de edificación se la llama exenta y la encontramos también en el campanile de Florencia y en muchos otros ejemplos, tanto del Románico como del Gótico. Así es el de Venecia, que está más cerca del Palacio Ducal que de la Basílica de San Marcos.

La torre está compuesta de tres partes. La principal y más alta es un prisma de doce metros de lado y cincuenta de altura. La versión actual está hecha de hormigón y revestida de ladrillo rojo, típico de la región del Véneto. Antiguamente este ladrillo era el único material, lo que causó el desastre del que luego hablaremos.

El campanario propiamente dicho se encuentra a cincuenta metros de altura y está hecho de piedra blanca de Istria. En total consonancia con el resto de la plaza, sus elegantes arquerías y balaustradas entablan un diálogo continuo con los edificios que lo circundan.

Justo encima, un nuevo tramo del mismo ladrillo rojo contiene en cada lado uno los símbolos de la ciudad: el león de San Marcos, repetido en dos lados, y la imagen de la justicia.

San Marcos está omnipresente en Venecia, tanto en la toponimia de la ciudad como, literalmente, en la forma de su símbolo, el león. Si quieres saber por qué, te recomendamos la lectura de este artículo.

Y como guinda, arriba del todo, una enorme cúspide piramidal corona con elegancia el edificio y soporta la figura dorada del arcángel Gabriel, que hace de veleta o, como se dice en italiano, segnavento.

Las cinco campanas históricas

Las campanas que hoy resuenan entre los arcos del campanario tienen sólo un par de siglos. En su día, la sustitución de las viejas campanas causó verdadera pena entre los venecianos, porque aquellos trozos de metal eran historia viva de la ciudad y un verdadero símbolo de la Serenissima.

Eran cuatro y cada una tenía un nombre, y una función.

La tutora, la más importante, se llamaba la Marangona. Debía a su nombre a los carpinteros que trabajaban en el Arsenale, las grandes atarazanas de Venecia. Dice mucho de la ciudad que la campana mayor del principal campanario reciba ese nombre: la madera de los barcos era el soporte de la ciudad, la flota marítima su principal defensa. La Marangona marcaba el inicio y el final de la jornada de trabajo en el puerto y, justo con la Trottiera, avisaba de las reuniones del Consejo Mayor con una serie de cincuenta repiques.

La Trottiera se encargaba casi siempre de anunciar las reuniones de los consejos en el Palacio Ducal. Era la campana institucional y también la más exigente: cuando dejaba de sonar se cerraban las puertas del Palacio y no se dejaba entrar nadie. Muchos nobles, por necesidad y para remarcar su privilegiada posición, venían a caballo, así que la respuesta a la llamada fuera un infinito trote de los caballos. De ahí el nombre, claro; la Trottiera.

También estaba la Nona o Mezzana, que se llamaba así porque sonaba cerca del mediodía. Su sonido indicaba que se acababa el tiempo para enviar cartas desde la Posta de Rialto. Y también estaba la Mezzaterza, que sonaba para anunciar las reunione del Senado.

La última campana, la quinta, era especial. Servía para anunciar las ejecuciones capitales, que se llevaban a cabo en la misma plaza de San Marcos. Sonaba tres veces y para cada una de ellas tenía un nombre distinto. Era la Renguera en honor de la "renga", el discurso que se hacía en defensa del imputado. Era la campana Del Maleficio cuando era condenado, y era la Preghiera, de pregare, rezar, cuando el rezo era lo único que le quedaba a éste antes de ejecutarse la condena.

La preciosa loggetta del Sansovino

La alternancia del ladrillo y el mármol es la seña de identidad del campanile, que en su base tiene un extraño, único y precioso adorno que lo hace aún más especial. Se llama la loggetta del Sansovino: se trata de una pequeña logia, de ahí su nombre, edificada por uno de los mejores arquitectos del Renacimiento, Jacobo Sansovino, autor también de la Biblioteca Marciana.

Loggetta. Foto de MCAD Library.

Hoy día sirve de entrada al campanile, pero este extraño añadido sirvió en su día para dar asiento a los procuradores de la República en las ocasiones en las que el Consejo Mayor, el principal órgano de gobierno, se reunía en el Palacio Ducal. La política veneciana de la Edad Media y de la Edad Moderna era un complejo juego de tronos basado en la sospecha y la eterna vigilancia de unos órganos y otros. El Dux era el representante de la ciudad en el exterior y el comandante en jefe en tiempos de guerra, pero tenía, más allá de estas, pocas prerrogativas. Quien gobernaba era el Consejo Mayor, vigilado de cerca por los procuradores, el Senado, los magistrados y una nutrida serie de consejos menores. Parece complicado y lo era, pero duró varios siglos casi sin alteración, y le valió a la ciudad el título de que ostentó con mayor orgullo, La República Más Serena, la Serenissima.

La loggetta de Sansovino tiene la estructura de un arco de triunfo romano y, en su friso superior, pueden verse una serie de bajorrelieves que ilustran el dominio de la República en tierra firme y en el mar. En su día no fue ninguna exageración: Venecia llegó a ser la reina de Italia y la gran potencia marítima europea.

Más abajo, entre sus nichos e intercolumnios, se conserva un precioso ejemplo de la concordatio renacentista, como en la Primavera, se alternan imágenes de los dioses grecolatinos (Apolo, Minerva, Mercurio) con la iconografía cristiana de la Madonna y el bambino (la Virgen y el Niño).

Sobre la caída y la reconstrucción

El debate que ha surgido este año tras el trágico incendio de Notre-Dame ha puesto en la luz pública argumentos a favor y en contra de diferentes tipos de restauración. Pero esto no es nada nuevo. Cuando, hace poco más de un siglo, cayó el campanile veneciano, surgieron las mismas voces, a favor y en contra de restaurar el edificio tal y como era.

Al contrario de lo que a veces se piensa, no fue un terremoto lo que hundió el campanile, sino los propios defectos de su construcción. Fue probablemente el excesivo peso de su prisma central, el gran rectángulo de ladrillo, el que terminó cediendo. No hay fotografías del momento, pero sí ilustraciones que, según el testimonio de testigos, dibujan una enorme brecha a lo largo de la pared sur de la torre, que se derrumbó por completo y dejó en la plaza una gran pirámide de escombros.

Un debate sorprendentemente moderno ocupó los meses posteriores. Con la Primera Guerra Mundial en ciernes y el nacionalismo a flor de piel, muchos recurrieron a los argumentos identitarios y reclamaron una restauración inmediata, una nueva torre situada en el mismo sitio y con el mismo aspecto que la antigua. La frase "com’era dov’era" (como era, donde estaba) fue todo un éxito y consiguió informar el proyecto final de restauración, que, con cambios estéticos menores (el viejo ladrillo bizantino se sustituyó por un ladrillo local, más rojo) reedificó un campanile de estilo renacentista.

Sin embargo, hubo voces discrepantes. Como en el caso reciente de la catedral de Notre-Dame, algunos se aventuraron a diseñar propuestas exóticas que sólo buscaban llamar la atención. Otros en cambio alentaron, con argumentos racionales, un cuestionamiento más radical. Otto Wagner se preguntó si la plaza verdaderamente necesitaba un campanario. Y de ser así, si este debía estar en el mismo sitio o mejor en el otro extremo de la plaza, dejando así abierto un corredor para admirar la esquina de la piazzetta. Varios arquitectos proyectaron nuevos campaniles en estilos modernos o eclécticos, y el propio Wagner se cuestionó por qué en una ciudad que contaba con edificios románicos, góticos, bizantinos, renacentistas, barrocos y neoclásicos no podía construirse a la manera contemporánea. "Los arquitectos del Gótico", dijo, "nunca habrían reconstruido una iglesia en estilo Románico".

Racionalmente impecable, Wagner pero no tuvo en cuenta que los constructores del Gótico no eran nacionalistas y tampoco atribuían a los edificios elementos identitarios o patrimoniales. Hoy Venecia sigue igual –o eso creemos, porque los restauradores con frecuencia cambian, aligeran o incluso corrigen– que hace quinientos años. La ideología del "com’era dov’era" ha desestimado interesantes proyectos de Le Corbusier o Frank Lloyd Wright, y sólo en épocas muy recientes ha permitido alteraciones estéticas de la ciudad, como en el polémico puente de Calatrava.

Algunos consejos para visitarlo

El campanile mide 98 metros pero tiene ascensor, por lo que subir a admirar las vistas es fácil. Sin embargo, a día de hoy no es posible reservar entradas, y las colas suelen ser importantes. Nuestro consejo aquí es madrugar y ser de los primeros: no sólo habrá menos colas, sino que, con una luz menos intensa, las vistas serán más bonitas y las fotos inolvidables.

Vistas desde el campanile de San Marcos
Vistas desde el campanile de San Marcos

Si no quieres esperar, hay otra opción. Al otro lado de la laguna está la preciosa iglesia de San Giorgio Maggiore, una de las grandes obras de Andrea Palladio. Allí hay otro campanile de la misma altura, que también tiene ascensor pero que suele atraer a menos turistas. Y las vistas son incluso mejores.

Durante el Carnevale se celebra el llamado volo dell’angelo, un espectáculo que tiene siglos de historia y que, en su forma actual, consiste en el lanzamiento con tirolina, desde lo alto del campanile y hasta el Palacio Ducal, de la vencedora del concurso de belleza carnavalesco del año anterior.

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