Ramiro I fue el octavo rey asturiano desde Don Pelayo. Tuvo un reinado intenso y breve (842-850) que dio lugar a hechos históricos de largas consecuencias, como la instauración del sistema hereditario de la corona, que hasta entonces se hacía por elección del Consejo Real. Entre medias salió airoso de rebeliones palaciegas, asedios musulmanes e invasiones vikingas.

Ramiro había llegado a la corona con sucesor incluido, con dos hijos de su primera mujer y en plenos preparativos de una nueva boda. Se ganó su sobrenombre –La Vara de la Justicia– haciendo desaparecer a los bandidos de Asturias: sacaba los ojos a los ladrones que capturaba y enviaba a la hoguera a adivinos y magos (la historia nos dice sin embargo que ladrones, adivinos y magos son especies inextingibles, sólo hay que ver las noticias del siglo XXI).

En sus ocho años de reinado tuvo tiempo de construir un conjunto palaciego en la atalaya del monte Naranco; conjunto que ha llegado a nuestros días y que le valió otra especie de sobrenombre, pues bautizó un estilo artístico –estilo ramirense– aunque dicho bautizo fuera muy posterior. En este palacio, hoy conocido como Santa María del Naranco, murió Ramiro en el año 850.

Sta. Mª del Naranco.
Sta. Mª del Naranco.. Fuente

Cuatro siglos después, el arzobispo y creativo historiador Jiménez de Rada lo involucró en una batalla inexistente: la batalla de Clavijo, en la que venció a los musulmanes en un enfrentamiento impresionante y crucial para los cristianos, y donde se apareció por primera vez Santiago “matamoros”.

Con todas estas credenciales vitales, nos vamos a pasear por el entorno donde este rey se refugiaba para descansar, cazar y disfrutar de la relativa tranquilidad que había conseguido para su reino a base de hogueras, espadas y rezos; bueno le concederemos también sabiduría política, sin ésta le hubiera sido imposible manejar aquellos tiempos. Digamos también que el edificio sirvió de telón de fondo para una estudiada propaganda política.

 Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente

El estilo ramirense, considerado el cénit del prerrománico asturiano, localizado en Santa María del Naranco y su entorno, se fragua poco menos de doscientos años antes del cambio de siglo, cuando desde Cluny comenzará a irradiarse la gramática del Románico.

El Monte Naranco

Hay un tamiz por el que inevitablemente pasa la historia de la capital asturiana, es la vista de la ciudad desde el Naranco, aquí donde Ramiro I levantó un conjunto palaciego para demostrar su poder y dotar de prestigio a la corona, quedan dos líneas brillantes de aquel tiempo; Santa María; representación de la vida cortesana, y San Miguel; el ascetismo religioso.

Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente
Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente

Santa María del Naranco es un magnífico edificio, una excepción del estilo propio de esta tierra en aquel tiempo. Hasta la llegada del románico no veremos algunos de los elementos que presenta ya este edificio, como su cubierta con bóveda de medio cañón reforzada con unos arcos fajones, cuya correspondencia en el exterior son contrafuertes para contrarrestar sus empujes.

Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente
Sta. Mª del Naranco.
Sta. Mª del Naranco.. Fuente

Sus aparentes tres plantas desde el exterior, son dos en realidad. La planta baja, a la que se accede desde los vanos que hay en los extremos, tiene dos espacios; uno es la entrada y otro en el que había una pequeña piscina ritual. Hay además otros dos espacios en los extremos, cuya finalidad se desconoce pero sus anchos muros sirven de sostén a los balcones superiores. La bóveda de cañón mantenida con arcos fajones, recoge el peso de la planta alta, con la que no está conectada desde el interior.

Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente

Y la planta alta cuyo acceso es una doble escalinata en el exterior y de la que hemos visto la magnífica bóveda. Los muros de este rectángulo están articulados con arquerías ciegas, que son arcos de medio punto peraltados, otro rasgo distintivo del arte ramirense.

Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente

Las balconadas o belvederes de los extremos, le dan al edificio un aire de antiguedad clásica que le presta empaque a una buscada retórica de propaganda Real. Desde aquí Ramiro, no sólo disfrutaba de unas vistas magníficas, sino que se presentaba ante el pueblo desde una opulenta posición de poder.

Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente

El “Ordo Visigothorum” cuenta que cuando el rey marchaba a la guerra con sus ejércitos, aquí se celebrara un ritual cortesano de exaltación a las campañas militares con marcado carácter religioso, siendo esta una de las funciones de Santa María, además de la supuesta función de recreo y refugio de caza.

Era este un ceremonial para el que se utilizaba la piscina del piso inferior, en el que el obispo oficiaba un rito de purificación y bendición del rey, entregándole un lábaro con la cruz asturiana que debía servirle de protección a él y a su ejército en la inminente batalla. Tras la bendición de los ejércitos, el rey salía a uno de los balcones para ser aclamado por el pueblo.

Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente
Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente

Al efecto de opulencia contribuye la decoración escultórica del edificio. Columnas sogueadas, coronadas por capiteles cuyas hojas de acanto rememoran de lejos el acanto romano.

Cada uno de los arcos fajones termina con una moldura, detalle que veremos casi dos siglos después en el románico, prolongándose mediante estas pequeñas bandas rectangulares decoradas con relieves de figuras humanas envueltas en el característico sogueado. Bajo éstas bandas, aparecen medallones con trabajos escultóricos en las enjutas de los arcos, rodeados con dobles sogueados, y una maraña de tallos y figuras de animales.

Santa María del Naranco
Santa María del Naranco. Fuente

Son relieves muy planos, esquemáticos y geométricos, y su iconografía y estilo unos relacionan con el mundo anglosajón y celta, y otros con el ámbito oriental (persa y bizantino), por la relación de la corona con el imperio de Carlomagno.

Sta. Mª del Naranco.
Sta. Mª del Naranco.. Fuente

Los capiteles interiores insisten el sogueado que a base de triángulos enmarcan esquemáticas figuras humanas.

No sabemos quien fue el arquitecto, cuya huella está también presente en San Miguel, pero desde luego sabía lo que hacía cuando diseñó esta preciosa joya que ha resistido los envites del tiempo.

San Miguel de Lillo

A algo más de cien metros de Santa María aguanta a duras penas, San Miguel de Lillo, presumiblemente la capilla palatina del conjunto, hasta que en el siglo XII se derrumbó una parte del mismo, conservándose actualmente sólo una tercera parte del edificio.

De los cinco tramos construidos, sólo se conservan dos, y tampoco se conservan los tres ábsides cuadrados que conformaban su cabecera, un arroyo cercano arrasó sus cimientos, pero nos quedó testimonio suficiente para admirar a sus autores. Ramiro I ordenó su construcción en el mismo año que Santa María, el 842, fecha de su proclamación como rey astur.

San Miguel es otra joya del arte ramirense, por sus dimensiones, no sólo en planta si no en alzado y por el despliegue iconográfico de la decoración. Sin duda ambos edificios llevan la misma firma.

San Miguel de Lillo
San Miguel de Lillo. Fuente

Celosías labradas en piedra abren el interior a la luz para darle voz a una decoración en la que había pinturas al fresco, relieves y esculturas realizados por el mismo taller de Santa María.

Celosía de San Miguel
Celosía de San Miguel. Fuente
Ménsula San Miguel de Lillo
Ménsula San Miguel de Lillo. Fuente
Interior de San Miguel
Interior de San Miguel. Fuente

Tenía un macizo occidental como los West Werk carolingios, con un piso alto que hacía las veces de tribuna regia, para que el monarca pudiera asistir a la celebración de las misas.

Las dimensiones del alzado de sus tres naves, son únicas en su tiempo. Apoyadas sus bóvedas en fuertes columnas, cuyas basas están decoradas con las representaciones zoomórficas de los evangelistas

No pudo San Miguel, como ya hemos comentado, a pesar de su estudiado juego de fuerzas interiores y exteriores, con el empuje del agua cercana que se llevó por delante la parte más rica del templo, en cuanto a la ornamentación se refiere.

San Miguel de Lillo
San Miguel de Lillo. Fuente

Pero entre otros testigos nos quedan las jambas de su puerta. Dos monolitos de piedra con un interesante relieve historiado. Reproducción de un díptico de marfil tardorromano del año 506, en el que el cónsul Areobindus aparece inaugurando unos juegos romanos. Imágenes de un imperio abriendo las puertas de un lugar sagrado al nuevo rey. Sólo estas jambas dan idea de la altura intelectual de su diseñador.

Jamba puerta principal
Jamba puerta principal. Fuente

Y nos queda el asombro de esta fachada, que mirada de lejos adquiere rasgos casi humanos, para seguir escuchando los ecos de quienes pasean a su alrededor buscando respuestas que guardan sus viejas piedras, como secretos incontables.

Cuando llegue el invierno, sóla entre la nieve puede que vuelva a escuchar a los viejos soldados, los rezos de reyes, criados, enamoradas, celestinas, príncipes y mendigos. Un desfile que sigue con los siglos envuelto ahora en la curiosidad de los viajeros que llegamos hasta aquí.

Nieve sobre San Miguel
Nieve sobre San Miguel. Fuente

En las laderas del monte Naranco, a tres km. de Oviedo, está el Centro de Interpretación del Prerrománico Asturiano. Aqui encontraréis toda la información sobre este eslabón asturiano entre el mundo visigodo y el románico, que va de los siglos VIII al X, y que tiene su punto álgido en este verde rincon del Naranco.