Nuestro recorrido por la Galia, nos ha llevado ya a La Turbie, donde visitamos el espectacular, pero lamentablemente semi-derruido, Trofeo de los Alpes, y a Nimes, donde nos regocijamos contemplando la majestuosa Maison Carrée.

Hoy llegamos a Orange, otra ciudad fundada como asentamiento de veteranos de los ejércitos de Augusto, otra ciudad que se vio, en los años anteriores y posteriores al cambio de era, engalanada con monumentos construidos para pregonar la Pax Romana y extender la romanización.

En Orange se han conservado (¡y de qué manera!) dos vestigios de aquel impulso constructivo. Uno es el Teatro Antiguo (que quizá sea el teatro romano mejor conservado del mundo), al que nos acercamos en esta lista. El otro es el Arco del Triunfo, que no es tanto un arco de triunfo, pues no conmemora una victoria concreta, sino un arco conmemorativo de las victorias contra galos y germanos y de la paz alcanzada bajo el glorioso gobierno de Augusto.

Se trata de un ejemplo formidable de esta tipología constructiva. Por su tamaño, por su coherencia, por su excelente y muy bien conservada decoración. La UNESCO lo define como “uno de los más bellos ejemplos subsistentes de los monumentos romanos provinciales de este tipo erigidos en la época de Augusto”.

Es además el vestigio más antiguo del típico arco romano, que tan bien ilustran los posteriores arcos de Septimio Severo y de Contantino.

Se ha conservado, en general, muy bien. Durante la Edad Media fue adosado a la muralla de la ciudad y se utilizó como fortaleza defensiva (afortunadamente no sufrió asedios, como el de Fano). A mediados del XIX el arquitecto Augustin Caristie lo separó del lienzo defensivo, lo limpió y restauró. De esa época es este daguerrotipo de Noël Paymal Lerebours.

Ha habido un largo debate entre especialistas sobre si el arco corresponde verdaderamente a la época de Augusto o a la de Tiberio, su sucesor. Es difícil decir si durante el reinado del segundo el arco se amplió, se terminó o se construyó por completo. Sí es evidente que buena parte de los relieves que lo decoran hacen referencia a las victorias de Tiberio contra las tribus germanas del valle del Rin.

Las alusiones a Augusto no son menores. Algunas son obvias y nada sorprendentes, pues la definitiva conquista y romanización de la Galia Transalpina fue obra suya. Otras son algo más confusas y contradictorias (también más interesantes). Por ejemplo, ¿qué hacen tantos navíos, anclas, tridentes y criaturas marinas en un arco conmemorativo de una victoria militar que se consiguió por tierra?

Arco de Orange. Relieve naval.

Aquí entramos en el fascinante mundo de la propaganda augustea, y recurrimos al autor de cabecera en este asunto, Paul Zanker, que estudia precisamente este tema en su libro Augusto y el poder de las imágenes.

Arco de Orange

La propaganda imperial en los relieves del Arco de Orange

La batalla de Accio, para el que no sea ducho en historia romana, es la que enfrentó a Octaviano (el futuro Augusto, antes de adoptar tal nombre) con Marco Antonio por la supremacía del imperio. Ambos reclamaban el legado de Julio César, el primer hombre que había intentado acumular en una sóla mano todo el poder, y que tan cerca estuvo de conseguirlo.

En un primer momento, Octaviano y Antonio se dividieron el gobierno: el primero gobernó Occidente desde Roma, el segudo Oriente desde Alejandría (y junto a Cleopatra). Pero era su destino colisionar, pues, más allá de una corta etapa de interregnos, heredero de César sólo podía haber uno. Después de algunos amagos (como la guerra de Perugia), el choque en una gigantesca batalla naval en el año 31 a.C. en las cercanías de Accio. El vencedor fue Octaviano.

Desde el ático, un bajorrelieve conmemora las victorias de la XII Legión.
Desde el ático, un bajorrelieve conmemora las victorias de la XII Legión.
Detalle del ático.
Detalle del ático.

Es normal que una batalla de tal magnitud se convierta justo después en el tema favorito de poetas, escultores y arquitectos, especialmente cuando todos esos poetas, escultures y arquitectos están a sueldo de aquél que ganó la batalla. Pero para un Augusto que quería erigirse en príncipe de todos los romanos, que debía anfianzar su poder y ganarse a sus antiguos enemigos, el tratamiento de la batalla representaba un serio problema: no es lo mismo conmemorar una victoria ante un pueblo extranjero que ante tus propios hermanos. ¿Las víctimas de Accio no habían sido acaso, también, romanos? ¿No había sido Antonio una gran personalidad, seguida y admirada por buena parte de los ciudadanos de Roma? ¿No eran sus hijos sobrinos de Augusto? ¿No habían sido Octavio y Antonio dos caras de la misma manera?

La respuesta a todas las preguntas es sí, y ante tal problema, la decisión, brillante, fue representar Accio de forma casi abstracta, sin mostrar a los verdaderos enemigos. En el Templo de César y en la Curia de Roma se instalaron los primeros ejemplos, que luego se extenderían a las provincnias. Las referencias a Accio eran confusas: partes de navíos, delfines, anclas, tridentes, fantásticos monstruos marinas y símbolos de los dioses.

Referencias propagandísticas a la batalla de Accio en el Arco del Triunfo de Orange.
Referencias propagandísticas a la batalla de Accio.
Y justo debajo, la lucha por tierra.
Y justo debajo, la lucha por tierra.

¿Es sólo un recordatorio de que Roma domina las mares, realidad, por cierto, muy anterior a Accio, o hay algo más?

Es muy significativo que el propio Augusto, con motivo de la inauguración de su Foro en Roma, celebrara una naumaquia (juego de estilo gladiatorio, pero sobre un manto de agua) en conmemoración de la batalla de Salamina, en la que los ejércitos atenienses vencieron la terrible amenaza de los persas. La lucha de los atenienses contra los persas, bien conocida ya entonces, era –en Occidente– la lucha de la razón contra la barbarie, de la mesura y la filosofía contra el lujo y la tiranía oriental.

La historia se contó así: Antonio, gran general romano, líder carismático, había caído, durante su larga estancia en Egipto, y por embrujo de Cleopatra, en brazos del pérfido lujo oriental. Había olvidado sus raíces. Se había hecho representar como un rey helenístico y asociado con la figura hedonista del dios Dionisos. Mientras, Augusto había permanecido fiel a la antigua moralitas, se había encomendado a Apolo, y finalmente, en la batalla de Accio, había salvado a Roma de convertirse en una provincia oriental gobernada desde Alejandría.

Lo único cierto de tal relato es la asociación de Antonio con Dionisos, que resultó sumamente torpe por su parte. Sin embargo la propaganda funcionó a las mil maravillas, y permitió convertir Accio en un hito de la edad de oro de Augusto y evitar, al mismo tiempo, los problemas de conmemorar una guerra civil.

El éxito del programa lo atestigua precisamente el Arco de Orange, donde de otra manera hubiera sido extraño incluir escenas referentes al dominio del mar. Y el mensaje queda aquí subrayado doblemente, pues el resto de los bajorrelieves muestran a soldados romanos, a pie y a caballo, doblegando a los bárbaros galos y germanos y trayendo la paz a las nuevas provincias de la Galia.

Os dejamos una recomendación para el descanso en esta preciosa ciudad del interior de la Provenza, el Hotel Arene, una muy buena elección por su céntrica ubicación, su cocina casera mediterránea y unas instalaciones de diez.

Lateral del Arco del Triunfo de Orange
Detalle del lateral
Arco del Triunfo de Orange

Todas las fotografías reproducidas con permiso de Mary Ann Sullivan.

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