En el año 1471 el papa Sixto IV devolvió al pueblo romano cuatro bronces antiguos: la loba capitolina (que luego resultó no ser tan antigua), la cabeza colosal de Constantino, la Gitana y el Espinario. Fue un gesto político e ideológico; fue también el reflejo de una nueva sensibilidad hacia las obras de la antigüedad, que hasta entonces se habían considerado poco más que buena cantera de materiales; y fue también el inicio de la afluencia hacia el Capitolio de todo tipo de esculturas antiguas, que son la base de la colección, hoy magnífica, de los Museos Capitolinos.

Mucho es lo que hay que ver en una de las visitas obligadas de cualquier viaje a Roma, pero por si el tiempo apremia o para el que prefiera seleccionar, aquí van, en honor a las siete colinas, siete obras del museo, siete joyas que ninguna visita debería dejar atrás.

El Gálata moribundo

Gálata Moribundo
Gálata Moribundo

Es una de las obras más famosas del museo y una de las más reproducidas, merced a su enorme popularidad entre los viajeros del Grand Tour, y a su expresivo y emocionante pathos. Situada en el centro de una sala que lleva su nombre (Sala del Gladiador, pues en principio se pensó erronamente que el caído era un gladiador) representa a una víctima de la guerra emprendida en el siglo III a.C. por los Atálidas de Pérgamo contra los Gálatas (así llamaban aquéllos a las tribus célticas –los galos de los romanos– asentadas en el interior de la actual Turquía). El guerrero, que se muestra con la herida bien visible y próximo a morir, está rodeado de gran solemnidad y representado al estilo de los héroes clásico, esto es, desnudo. La obra sirve así como recordatorio de la victoria, pero también como homenaje a la valía de los vencidos, que fueron dignos enemigos.

Apareció en el siglo XVII, en la Villa Ludovisi, junto con el Gálata suicida que puede verse hoy en el Palacio Altemps, y fue adquirida por el museo en el siglo XVIII. Aunque los historiadores no se han puesto de acuerdo sobre su datación, la interpretación más aceptada es la siguiente: que el original griego data del siglo III a.C., que fue un encargo de Átalo I de Pérgamo como conmemoración de la citada victoria de los suyos contra los gálatas turcos, y que la copia expuesta en el museo es una obra romana del siglo I a.C., encargada por Julio César para conmemorar en el ámbito privado otra victoria –la suya– contra los galos, y realizada (esto acreditaría tanto la estima del dictador al original como la confusión de los historiadores) en mármol oriental por un taller de Pérgamo.

El Marforio

Una de las primeras obras con que topa el visitante al comienzo de su visita al Palacio Nuevo, en el patio interior, es el Marforio, la figura del dios-río (¿Neptuno?, ¿Océano?, ¿Tiber?) que adornó originamente una fuente romana de época flavia (siglo I d.C.), y que toma su nombre del dios Marte, por su situación original en el Foro de Augusto junto al templo de Marte Ultor.

Marforio
Marforio

La fuente estuvo durante siglos al pie del Capitolio, y en el Seicento se convirtió en una de las más famosas estatuas parlantes, utilizadas de forma clandestina para expresar mensajes irónicos o contestarios y a ridiculizar a los gobernantes, los papas. A estas estatuas se fijaban varias placas: una lanzaba una pregunta sobre asuntos políticos o sociales y otra respondía irónicamente; estos mensajes se conocían como pasquinos entre ellos se hizo muy famoso aquel que rezaba “Quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini” (lo que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini), en referencia al empleo en las obras del Vaticano y del Castel Sant’Angelo, por parte del papa Barberini, de varios trozos de bronce que adornaban desde tiempos antiguos el pórtico del Panteón. Hay varias fuentes parlantes en Roma que conforman una curiosa ruta y una excusa tan buena como cualquier otra para ir en busca de tesoros antiguos.

El Marforio es una estatua colosal, hecha enteramente de mármol, que en su localización actual se encuentra flanqueada por otras dos espectaculares estatuas conocidas como los Sátiros della Valle: valiosas esculturas de época imperial que representan al dios Pan (el dios griego de la naturaleza y la vida campestre) y que desempeñaron originalmente labores de sostén, como atlantes, en el Teatro de Pompeyo.

La estatua ecuestre de Marco Aurelio

Modelo de todos los retratos ecuestres posteriores, representa al emperador-filósofo en edad ya avanzada, tras una vida entera dedicada a la guerra. Y aunque originalmente formaba parte de un monumento dedicado a sus triunfos, aparece Marco Aurelio con gesto tranquilo, clemente y pacificador.

Estatua ecuestre de Marco Aurelio
Estatua ecuestre de Marco Aurelio

Su historia es bien conocida por ser la única figura ecuestre de la Antigüedad que sobrevivió a la Edad Media. Tendría que haber acabado en algún horno de fundición, para utilizarse en la acuñuación de monedas o para formar parte de una nueva estatua, pero alguien cometió el error de ver aquí no al pagano Marco Aurelio, sino al admirado Constantino, el emperador que legalizó el cristianismo en el Imperio y que se convirtió él mismo a la nueva religión. La estatua se salvó, se mantuvo a buen recaudo en el Palacio de Letrán, y en 1557, ya bien identificada en una época que glorificaba la Antigüedad, fue colocada en el centro del Campidoglio, que en aquel tiempo estaba siendo renovado por Miguel Ángel.

Hoy en el Campidoglio lo que puede verse es una copia: el original se encuentra un poco más abajo, en las salas del Palacio de los Conservadores, sobre el pedestal que le adjuntó Buonarroti.

El retrato de la Vieja Ebria

Otro ejemplo de escultura helenística, pero este muy distinto al Gálata Moribundo. Si aquel era sereno, liso y clásico en su formalismo, el retrato de la vieja ebria es puro barroquismo y revela el interés de aquella época por representar todos los aspectos de la vida cotidiana, interés que resultó en las primeras representaciones de la decadencia física y de las gentes más humildes.

Retrato de la Vieja Ebria
Retrato de la Vieja Ebria

Esta vieja ebria, copia romana de un original helenístico, refleja bien el realismo preciosista de aquel arte: merece la pena fijarse en la calidad del drapeado, en la representación realisa de las venas y en la rugosidad de la piel de ese cuerpo esquelético que sujeta una garrafa de vino en éxtasis delirante.

Cuentan que las primeras obras de Bernini se confundieron varias veces con obras helenísticas y que el genial escultor se lo tomó como el mejor cumplido posible. No es difícil entender por qué.

El Mosaico de las palomas

En la sala que lleva su nombre destaca el Mosaico de las Palomas, un recuadro figurativo colocado en el medio de un pavimento musivario, que representa a un grupo de cuatro palomas en el borde de un vaso de bronce del que bebe una de ellas, mientras las otras tres miran a los lados.

Mosaico de las palomas
Mosaico de las palomas

Es un mosaico de época adrianea, del siglo II, que fue hallado en el siglo XVIII en la cercana Villa Adriana de Tívolí, el efímero hogar del emperador italicense, y se ha identificado como copia de una creación anterior, helenística, que el artista de Pérgamo Sosos había creado en el siglo II a.C. Es un buen ejemplo del nivel de pericia y detallismo que alcazó en Roma el arte musivario, y de cómo la combinación de teselas de mármol y vidrio, la mayoría de tamaño diminuto, pueden crear sorprendentes efectos pictóricos.

El tema de las palomas se hizo después muy popular, retomado por el arte paleocristiano como símbolo del alma que se aproxima a la fuente de la salvación.

El retrato de Bruto Capitolino

En un museo repleto de formidables retratos antiguos es difícil destacar uno en concreto, pero si con uno hubiera que quedarse sería con este.

Bruto Capitolino
Bruto Capitolino

Retrato de bronce, de los años centrales de la república –el siglo III a.C. parece la datación más precisa, lo que lo convierte en una joya histórica por la escasez de vestigios tan tempranos de arte romano–, el Bruto Capitolino es un prodigio expresivo que refleja con fuerza la gravitas romana: dignidad, deber, seriedad, pero también profundidad de la personalidad, carácter e inteligencia. Es reflejo de una época convulsa en la que se estaba formando la Roma conquistadora, una Roma permeable a las influencias foráneas (el influjo helenístico es aquí evidente) pero muy preocupada de adaptarlas a sus propios valores y tradiciones.

Es necesario acercarse y admirar el virtuisismo de los cabellos y de la barba y las arrugas de la piel y los ojos, hechos de marfil y pasta de vidrio. A excepción del busto, que es moderno, todo en el retrato ha sobrevidido sin daño desde la antigüedad.

Los faustos consulares y triunfales

Desde los inicios de la República y hasta época augustea fue tarea de los cónsules anotar anualmente los hechos más relevantes producidos durante su gobierno, que generalmente duraba un año. Entre los hechos más importantes estaban siempre los triunfos con que eran homenajeados los generales que volvían a Roma victoriosos.

La loba capitolina en primer término, y al fondo uno de los fastos que completan la sala, los capitolinos
La loba capitolina en primer término, y al fondo uno de los fastos que completan la sala, los capitolinos

Ambas listas, la de los cónsules y la de los triunfos, fueron fijadas en el año 19 a.C. a un arco erigido en honor a Augusto, y posteriormente pasaron a ser conservadas en los Museos, donde aún hoy pueden verse junto a otros referentes de la historia romana, como la loba capitalina.

Aunque no destaquen por su valor artístico, su importancia para los historiadores, y para cualquier aficionado a la historia romana, es colosal, pues la información aquí contenida tiene un valor incalculable para el estudio de la república romana. Merece al menos un vistazo, cuando no un minucioso repaso.

Terminamos aquí, dejando fuera maravillas como la estatua de Hércules colosal, las salas con los bustos de los filósofos y de los poetas, el Fauno Rojo, el Espinario, el Mosaico del tigre y el carnero, y obras más modernas como la medusa de Bernini o los dos lienzos de Caravaggio que se conservan en la Pinacoteca. Y muchas más.

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