Inaugurado en 1841, el magnífico edificio que alberga hoy el Museo de Bellas Artes de Sevilla, es un ilustre representante de la arquitectura manierista andaluza. Fue levantado sobre los terrenos del primer convento de la Merced, cuya historia arranca en el siglo XIII tras la conquista de Sevilla por Fernando III. Remodelado en el siglo XVII por Juan Oviedo de la Bandera, estuvo siempre habitado por la orden de los mercedarios, hasta que en 1835 fueron expulsados por la desamortización de Mendizábal.

Considerada como la segunda pinacoteca de España, se creó como “Museo de Pinturas” en 1835, nutriéndose en sus comienzos de las obras expropiadas a la iglesia por la desamortización de Mendizábal. A partir de aquí arranca su andadura como museo, nada fácil por cierto. En 1849 la Real Academia de Bellas Artes registra un inventario con 2050 piezas, en 1993 el inventario recoge sólo 300; saqueos, robos, incluso ventas realizadas por alguno de sus directores, dan este resultado a pesar del cual como decimos es un museo imprescindible para entender la pintura y la escultura andaluzas.

Si en la planta baja encontramos sólo obras de contenido religioso por el origen de sus comienzos, en la planta alta la temática se amplía gracias a donaciones de particulares, adquisiciones de la Administración y otras aportaciones, que a lo largo del siglo XX han enriquecido la variedad de la exposición permanente. Se echa en falta de manera clamorosa la presencia de Velázquez, sólo hay dos cuadros, uno de ellos cedido por el Museo del Prado. El maestro de maestros es el gran ausente.

Esta ha sido una selección difícil en la que ha primado el intento de subrayar todas las tendencias que alberga el museo.

LLANTO SOBRE CRISTO MUERTO - PEDRO MILLÁN
Pedro Millán – Llanto sobre Cristo muerto – 1490. Barro cocido y policromado. Fuente

Llanto sobre Cristo muerto, de Pedro Millán.

Escena centrada en el cuerpo inerte de Cristo, que José de Arimatea y Juan Nicodemo dejan caer sobre el sepulcro ayudándose de una sábana. Estos personajes cierran la composición rodeando a María y las Santas Mujeres.

Extraordinara la fuerza expresiva de rostros y cuerpos. El vibrante movimiento de la composición, guía la mirada del espectador hasta llevarlo al cuerpo desmayado de María, que se rompe ante el cadáver de serena expresión de su hijo. Pasaje del Evangelio cuya traducción a barro consigue trasmitir todo el dramatismo del momento. Millán dejó su firma en 1490 entre las flores de cardo en el frontal del sepulcro, donde aparecen también algunos símbolos iconográficos de la pasión.

San Jerónimo
San Jerónimo. Fuente

San Jerónimo penitente, de Pietro Torrigiano.

Escuela italiana del Renacimiento. Encargo del desaparecido Monasterio de San Jerónimo de Buenavista.

Obra maestra de este autor florentino que llegó a Sevilla en 1522. Marcaría la escultura sevillana, definiendo la iconografía de este santo. Enorme influencia a lo largo del barroco andaluz.

Con gran conocimiento de la anatomía, el autor representa al santo en un momento de la flagelación con la mirada perdida ante la cruz, donde parece buscar inspiración para soportar el sufrimiento. Cada centímetro de la piel expresada con un realismo absoluto, ayuda a trasladar al espectador el dramático trance.

Torrigiano fué compañero y rival de Miguel Ángel en la Academia del Jardín de los Médici. Cuenta Cellini, asiduo también de aquella célebre Academia, que en una discusión Pietro rompió la nariz de Miguel Ángel de un puñetazo.

Mucho se ha escrito sobre el difícil carácter del magnífico escultor, cuyo final al parecer estuvo provocado por una huelga de hambre en el Castillo de San Jorge de Triana, donde estaba encarcelado.

Siglos después, el genial aragonés Francisco de Goya, rendiría admiración profunda a esta escultura. No pasaba por Sevilla sin hacerle una visita.

Calvario Lucas Cranach
Calvario Lucas Cranach. Fuente

Calvario, de Lucas Cranach “El Viejo”.

Autor considerado como ilustrador de la Reforma Protestante Alemana. Adquirida por la antigua Dirección General de Bellas Artes en 1971 forma parte de la colección permanente del Museo sevillano.

Cranach pintó varias versiones de este cuadro, tres de las cuales están localizadas en: National Gallery of Art de Washington de 1536, otra del mismo año que ésta de Sevilla 1538, en Yale University Art Gallery, y una tercera en Staat liche Museen de Berlín (Gemäldegalerie).

Meticuloso y extraordinario dibujante. En su obra prima la línea sobre el color.

La composición está centrada en los hechos ocurridos en el Calvario en el momento de la muerte de Cristo. Hechos que provocan la conversión del centurión, escrita en la tabla con la frase: “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Fue testigo de los fenómenos que la naturaleza desata ante la muerte de Jesús, momentos después de que éste pronuncie la frase: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”, escrita también en la tabla.

El anacronismo de la vestimenta del centurión, se entiende como una doble representación del personaje al ser visto también como el donante de la obra. De la conversión son testigos los dos ladrones, cuyas cruces están dispuestas de manera que sirven para organizar la perspectiva del cuadro, al fondo del cual aparece la ciudad de Jerusalen.

Cranach reproduce el texto bíblico del momento de la expiración, oscureciendo un cielo de mediodia en el que aparecen las tinieblas y un fuerte viento mueve el paño de pureza de Jesús.

Un rasgo de este pintor lo encontramos en la “caricaturesca” expresión de Gestas, el mal ladrón, a quien representa pelirrojo -rasgo demoníaco en la iconografía desde la Edad Media- y con un aspecto físico poco favorecedor. Esta ironía del alemán es rastreable en toda su obra, en personajes que no le eran muy afines, como el retrato del emperador Carlos V, que podemos ver en el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid.

SAN GREGORIO MAGNO
SAN GREGORIO MAGNO. Fuente

San Gregorio Magno, de Zurbarán.

Junto a Velázquez y Alonso Cano forma el periodo de plenitud de la Pintura Barroca Sevillana del siglo XVII.

Extremeño de origen, llega a Sevilla en 1614. En el taller de Pedro Díaz de Villanueva conoce al granadino Alonso Cano. Frecuenta también a Pedro Pacheco y sus alumnos, entre los cuales está Velázquez.

Este cuadro forma parte de la serie “Los Padres de la Iglesia”, encargo para la iglesia de La Magdalena de Sevilla, perteneciente al desaparecido convento de San Pablo el Real.

Tras el cisma protestante y el Concilio de Trento, era habitual la representación de los padres de la iglesia católica. El anacronismo en la vestimenta de San Gregorio (vivió en el siglo VII), se explica por una norma que entendía más fácil acercar al pueblo estas grandes figuras históricas, vestidas como lo hacía un papa de la época.

Los pinceles de Zurbarán nos dejan un lienzo de gran naturalismo y sobriedad. Tocado con una tiara papal, notamos el peso de la extraordinaria capa pluvial entre cuyos suntuosos bordados encontramos a San Pedro, el primer papa de la Iglesia Católica.

A pesar de todo ese boato, utilizado como decimos para fijar la imagen de un papa católico, Zurbarán consigue trasladar al espectador la dignidad del personaje a través de un rostro que aparece absorto en la lectura de algun texto sagrado. Uniendo de esta forma la imagen imponente del cargo más alto de la iglesia, a la espiritualidad, uno de los valores presentes en la vida cotidiana del ambiente monástico de la época.

San Gregorio es conocido como “el Magno”, por los grandes hechos que protagonizó, pues a él se le debe el establecimiento de la mayor parte de la liturgia católica, o nuestro calendario actual. También se le atribuye la recopilación de los cánticos utilizados en esa liturgia, de ahí que los conozcamos como Canto Gregoriano.

Sto. Tomás de Villanueva dando limosna. Murillo. 1668
Sto. Tomás de Villanueva dando limosna. Murillo. 1668. Fuente

Santo Tomás de Villanueva dando limosna, de Bartolomé Estéban Murillo.

Murillo, junto a Valdés Leal, son los principales nombres de este periodo final del esplendor de la pintura barroca sevillana.

Encargo del Convento de Capuchinos de Sevilla, retrata una actividad tristemente cotidiana en la Sevilla del siglo XVII, donde las diferencias sociales provocaban estampas como la representada en este lienzo.

Murillo pintó varias versiones con este santo como protagonista, de las cuales ésta es la única que se conserva en España. Según recoge Palomino (el Vasari español), en su obra “El Parnaso español, pintoresco y laureado; Índices y Tablas”, Murillo consideraba este lienzo como su mejor obra.

Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, confesor de Carlos I, fue canonizado en 1658, unos cien años después de su muerte. Santo limonesro, siempre estuvo cerca de los necesitados.

Obra naturalista, con una conseguida atmósfera gracias al color y a la luz, en una clara mirada a la escuela de Venecia.

Murillo nos invita a entrar en un interior en el que ha logrado una extraordinaria sensación de profundidad, gracias a un dominio absoluto en la alternancia de planos de luces y sombras.

Una de esas luces se recrea en un libro que el teólogo abandona para atender a los pobres que demandan su ayuda.

Siguiendo la diagonal que atraviesa el lienzo, la luz nos marca el camino hacia la mano del Santo, a la que a penas llega el tullido, logrando un escorzo magistral.

Del resto de los personajes hay a la izquierda del cuadro, recibiendo a penas la luz de la diagonal que cruza desde el edifico exterior, un grupo formado por una madre y su hijo que por si sólo consigue atrapar la complicidad del espectador.

Sato Domingo de Guzmán - Juan Martínez Montañés
Sato Domingo de Guzmán – Juan Martínez Montañés. Fuente

Santo Domingo de Guzmán, de Juan Martínez Montañés.

Encargo para el retablo de la capilla del convento de Porta Coeli de Sevilla.La policromía es obra de Francisco Pacheco.

Enlace entre el manierismo y el barroco, Martínez Montañés, es considerado el gran maestro de la imaginería sevillana. Nacido en Alcalá la Real (Jaén), dió sus primeros pasos en Granada, pero terminó su formación en Sevilla, donde crea la mayor parte de su obra.

Conocido como “El Dios de la madera” o “El lisipo andaluz”, el trabajo de su gubia lo podemos rastrear en retablos y crucificados a uno y otro lado del Atlántico. Famosas son sus bellísimas Inmaculadas y los numerosos ejemplos de su interpretación del Niño Jesús, que crearía escuela.

Entre los crucificados de Montañés, sobresale Cristo de los Cálices de la Catedral de Sevilla. Talla de exquisita delicadeza y profunda espiritualidad.

Este Santo Domingo de Guzmán, otra obra maestra del alcalareño, dirige en su iconografía, una mirada al San Jerónimo de Torrigiano, también en esta lista. A diferencia de aquel, hay en esta escultura una idealización propia del Renacimiento, a pesar de que hablamos ya de 1605.

Con su forma natural de mostrar la tensión del momento, (en el retablo para el que fue esculpido, se azotaba con una cadena), el escultor nos presenta a un hombre joven, hermoso y de fuerte musculatura, atributos poco probables en el fundador de los dominicos, cuyo apego al sacrificio y la renuncia al mundo estaría más cercano a un físico menos idealizado.

La conversación entre la mirada y la cruz es un prodigio de misticismo.

Fue maestro del cordobés Juan de Mesa, quien elevaría la imaginería sevillana al punto más dramático del barroco.

Las cigarreras. Gonzalo de Bilbao.
Las cigarreras. Gonzalo de Bilbao.

Las Cigarreras, de Gonzalo de Bilbao

Autor que recoge el testigo de la Escuela de pintura Sevillana, que le llega desde el retratista romántico Antonio María Esquivel, el historicista Eduardo Cano, o el costumbrista José García Ramos. Fue Gonzalo de Bilbao la figura sobresaliente de esta etapa, que supo explicar como nadie la fusión entre el realismo hispano y el impresionismo que llegaba de Francia.

Ambientado en la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, hoy Universidad, este magnífico cuadro en el que intuimos a Las Hilanderas de Velázquez, es un homenaje a la mujer trabajadora de aquella legendaria fábrica sevillana. Trabajadoras, que inspiraron la ópera Carmen y que estaban lejos del estereotipo de este personaje.

Bellísimo juego de perspectivas entre las que se mueve la cotidianidad de un grupo lleno de colorido y expresividad, reflejando el alegre y familiar ambiente de la fábrica.

LA MUERTE DEL MAESTRO. JOSE VILLEGAS CORDERO
LA MUERTE DEL MAESTRO. JOSE VILLEGAS CORDERO. Fuente

La Muerte del Maestro, de José Villegas Cordero.

Obra que representa el momento en el que es depositado el cadáver del torero Bocanegra en la capilla de la Plaza de la Real Maestranza de Sevilla, herido de muerte por una cogida.

Presenta el autor en este lienzo de gran formato, un tema costumbrista como es el taurino, concebido como un cuadro de historia.

Alejándose de la retórica de los cuadros de historia, Villegas nos presenta una escena donde cada rostro es utilizado para trasmitir el dramático momento

Técnica preciosista de innumerables matices en el colorido, que consigue atrapar al espectador tanto en el detalle cercano como en la impresión que causa visto de lejos, desde la sala de enfrente.

SEVILLA EN FIESTAS
SEVILLA EN FIESTAS. Fuente

Sevilla en Fiestas, de Gustavo Bacarisas.

Procede de la colección del autor.

Gibraltareño, cosmopolita, vivió en Madrid, París, Londres, Buenos Aires, Granada y Sevilla, siendo su obra expuesta durante su vida en multitud de países, como Estados Unidos, Suecia, Francia o Inglaterra.

Destacado pintor cercano a las vanguardias, con un personalísimo estilo influido por el impresionismo y el modernismo. Aunque conocido sobre todo por la pintura, trabajó como escultor, escenógrafo, o diseñador de paneles cerámicos.

Supo mezclar con equilibrio la tradición y la modernidad, lo que le ayudó a cosechar innumerables éxitos.

Nos deja en este óleo de gran formato un momento nocturno de la fiesta sevillana. De poderoso y atrevido cromatismo, enfoca toda la luz en las tres mujeres que marcan el centro de la composición. La riqueza plástica y el contraste de luces le dan a la obra una enorme fuerza expresiva.

ESCENA DE FAMILIA - RAFAEL MARTÍNEZ DÍAZ
ESCENA DE FAMILIA – RAFAEL MARTÍNEZ DÍAZ. Fuente

Escena de familia (Niñas pobres), de Rafael Martínez Díaz.

Académico de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla que en 1983 le concedió la medalla de honor de la corporación.

La escena nos presenta una habitación que recibe la luz de una ventana cubierta por un trozo de tela a modo de cortina. Austeridad, tanto en el mobiliario como en la vestimenta de las protagonistas; cuatro niñas alrededor de una mesa donde aparecen los únicos alimentos de que disponen. Se respira el silencio y lo envuelve todo la tristeza. La mirada que dirigen dos de las niñas al espectador expresa la situación española de la posguerra.

Todo este ambiente apesadumbrado, melancólico y falto de vitalidad, lo consigue el autor con una paleta de colores fríos donde predominan los grises, muy bien manejada. La falta de movimiento conseguida con un intencionado control de la simetría en la composición, le sirve a Martínez Díaz para marcar la penosa ausencia de vitalidad de estas niñas.