La construcción de arcos de triunfo o de grandes puertas monumentales fue una práctica habitual durante el reinado de Augusto. En lo que llevamos de serie ya hemos visitado dos: el Arco de Fano y el Arco Etrusco de Perugia. La diferencia de este último, que Augusto fortaleció con una nueva torre defensiva, y el Arco de Augusto en Rimini no puede ser mayor: si aquél era un mole maciza e infranqueable, con una abertura mínima, este es grácil y elegante, y tiene una anchura tan grande que de hecho resultaba indefendible: era, literalmente, una puerta que no se podía cerrar.

Como siempre, la explicación está en la Historia.

El Octaviano que había tomado la ciudad de Perugia en el año 41 a.C. era un joven recién llegado al poder que aún debía hacerse con las riendas de Roma, y al que le aguardaba una importante confrontación con su gran rival Marco Antonio.

En cambio, el Augusto en cuyo honor el Senado de Roma erigió este arco de Rimini, en el año 27 a.C., era ya dueño y señor de Roma, que sólo formalmente seguía siendo una República. De facto era ya un Estado gobernado por un solo hombre.

El gran giro se produjo durante aquella década que va del año 30 al 20 a.C. Se fraguó entonces un nuevo entramado político del que nació la Roma de los emperadores, que habría de durar cinco siglos más. Su principal hacedor fue Augusto, que todo lo hizo con extrema cautela y con el impagable apoyo de grandes manifestaciones propagandísticas. Precisamente el Arco de Augusto en Rimini es, amén de la más antigua, una de las más brillantes.

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Vista frontal del Arco de Augusto. Foto de Aisano.

De Perugia a Rimini, de Octaviano a César Augusto

Octaviano había ostentado durante la guerra civil contra Marco Antonio poderes extraordinarios, pero por eso mismo temporales. Lo que hizo durante aquellos primeros años de su gobierno fue tejer una tupida red institucional que le aseguró para siempre los poderes político, religioso y militar. Se valió para ello de su su ascendencia política, de su enorme riqueza y del control casi absoluto que ejercía sobre el ejército, pero sobre todo de una astucia de la que ya venía dando pruebas.

Él mismo definió su gobierno de aquellos años “potitus rerum omnium per consensum universorum”, es decir, surgido del consenso general. En realidad, y muy hábilmente, Octaviano estaba construyendo una dictadura, y supo adornarla con todos los títulos excepto el de dictador.

En el año 27 a.C. recibió del Senado romano el título de cónsul, a renovar anualmente, el imperio proconsular sobre las provincias imperiales y los poderes propios del tribuno de la plebe, entre los que destacaba el poder de veto sobre las decisiones del propio Senado. Las provincia de Roma se dividieron en dos: imperiales y senatoriales. Augusto se hizo con el control de las primeras, las fronterizas, las que requerían la presencia continua del ejército (lo que le daba de facto el control del mismo), mientras el Senado administraba las segundas, más pacíficas, estables y romanizadas.

Recibió además el título de Princeps, o primer ciudadano, que le arrojaba el derecho de declarar la guerra y conducir la política exterior de Roma, y el de Augusto, “digno de veneración y honor”. Este era el más simbólico, pues consagraba para su figura una sacralidad basada en el consenso universal entre el Senado y el Pueblo de Roma (SPQR). Nunca nadie en la historia de la ciudad, ni siquiera los antiguos reyes, había ostentado tanto poder. Y con gran audacia y cuidado, Augusto lo adquirió de forma legal y permanente, y todo sin ostentar nunca los títulos –tóxicos– de Domine (señor) o Dictador.

Paul Zanker ha estudiado muy bien este proceso, a través de la renovación monumental de la ciudad de Roma (que visitaremos próximamente, en la última parada de este viaje) en su obra Augusto y el poder de las imágenes, más que recomendable lectura para profundizar en este tema.

El Arco de Augusto en Rimini como manifestación propagandista de la Pax Romana

Ese mismo año 27 a.C., el Senado y el Pueblo de Roma decidieron, en aquel clima impuesto de consenso universal, erigir en la ciudad de Rimini un monumental arco de triunfo en honor del nuevo Princeps, y en conmemoración de la nueva época de paz. No hay que olvidar que todo esto se produjo después de más de medio siglo de continuas guerras civiles: Mario y Sila, César y Pompeyo, Augusto y Marco Antonio no habían dado tregua a la sociedad romana y ese clima de hastío y agotamiento tuvo su parte de culpa en la pacífica e impoluta ascensión del primer emperador. La gente ansiaba paz, y Augusto, una vez aniquilados sus enemigos y destruidas las ciudades que los habían apoyado (como Pula, como Perugia), les dio la paz más espléndida.

La torre que corona el arco es un añadido medieval.
Foto de Alessandro Costa

El Arco de Rimini es una fantástica ilustración de aquella época, y lo es desde que ponemos la vista en él, pues una rápida comparación con otros arcos contemporáneos arroja una conclusión evidente: el arco es muy ancho. Demasiado ancho.

Hoy lo vemos aislado, pero no fue construido de tal modo. A sus lados corría la muralla de la ciudad, que no fue derribada hasta los años 30 del siglo XX. El Arco que hoy vemos era la puerta de entrada a Rimini para los viajeros que venían desde Roma por la Via Flaminia, así como el final de dicha vía.

Pero ¿una puerta tan ancha no es más difícil de defender? Lo es sin ninguna duda. Una abertura así en una muralla defensiva habría sido un despropósito militar, de modo que si se construyó de esa manera fue porque su función iba ser otra, la de una puerta abierta. En caso de guerra habría sido un punto débil, pero ¿qué guerra podía haber estando Roma gobernada por una figura digna de honor, por un primer ciudadano que gobernaba por consenso general? Dueña ya de todo el Mediterráneo y dejadas atrás las disputas civiles, en una palabra, llegada la Pax Romana, ¿para qué hacía falta cerrar las ciudades?

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Detalle de medallón. Foto de Sailko.

El arco es elegante, limpio y austero, y sólo deja espacio para la representación de figuras importantes: los dioses, por un lado, y –por encima– el César. Junto a los cuatro capiteles corintios –contando los dos lados del arco– se incluyeron sendos clípeos (o medallones) con figuras de cuatro importantes deidades: mirando a Roma Júpiter y Apolo; a Rimini Neptuno y la diosa Roma. Sobre todos ellos, el propio Augusto quedó inmortalizado en una escultura ecuestre o quizá sobre una cuadriga (la escultura original se sustituyó en la Edad Media por la torre almenada que vemos actualmente).

El Arco de Augusto en Rimini es una joya, como hemos visto, tanto desde el punto de vista artístico como desde el histórico. Es el más antiguo arco de triunfo conservado y el primero que se erigió en honor del nuevo emperador princeps. No es el más esplendoroso de los monumentos augusteos, pero sí uno de los que, de forma más brillante –por sencilla–, propagaron la idea de la nueva Pax Romana.

Un extra: el Puente de Augusto y Tiberio

Bastantes años después, en el mismo año de su muerte, Augusto fue testigo de la otra otra gran construcción que conserva Rimini de su pasado Romano, el llamado Puente de Augusto y Tiberio. Su nombre se debe a que lo empezó un emperador (Augusto en el año 14 d.C., justo hace dos mil años) pero lo terminó el siguiente (Tiberio, en el año 20).

La torre que corona el arco es un añadido medieval.
Foto de Alessandro Costa

Es un puente bellísimo, construido con la misma piedra de Istria que se utilizó para el Arco, a base de arcadas que se van haciendo más pequeñas conforme se alejan del centro. En el año 2014 ha cumplido la nada despreciable cifra de dos mil años: nada pudo con él, ni siquiera las bombas de la Segunda Guerra Mundial que derribaron todos los demás puentes que cruzaban el río Marecchia.

La torre que corona el arco es un añadido medieval.
Foto de Alessandro Costa

Muchos siglos después, Rimini tuvo el honor de ser también la primera ciudad en recuperar el arco de triunfo como motivo principal para las fachadas de edificios religiosos. Lo comprobará quien visite el fabuloso Templo Malatestiano, obra de un Leon Battista Alberti que tuvo muy a mano buenos ejemplos donde inspirarse.