En el post anterior comenzamos el paseo por la bella Lisboa de los mil colores, en la zona de Belém y subimos a una de sus siete colinas para conocer el Castillo de San Jorge. Ahora nos vamos a perder por sus plazas y sus calles. Mientras seguimos escuchando a Pessoa desde su Libro del Desasosiego:

Amo estas plazuelas solitarias, intercaladas entre calles de poco tránsito, y sin más tránsito, ellas mismas, que las calles. Son claros inútiles, cosas que esperan, entre tumultos distantes. Son de aldea en la ciudad. Paso por ellas, subo a cualquiera de las calles que confluyen en ellas, después bajo de nuevo esa calle, para regresar a ellas.

Alfama, el barrio más antiguo de Lisboa

Las calles de Alfama se van desgranando desde el Castillo hacia el Tajo, ladera abajo. En la época árabe esta era toda la ciudad. Alfama conserva el urbanismo orgánico de las viejas medinas musulmanas, sus laberínticas y empinadas calles, sus escaleras que suben y bajan. Habitado desde tiempos visigodos, los romanos dejaron sus huellas en las ruinas del Teatro Romano (siglo I a.C.) situadas en la rua da Saudade y en el interior de la catedral.

Monaterio San Vicente de Fora
Monaterio San Vicente de Fora. Fuente

Recorrer su blanco caserío es agotador, pero siempre se puede utilizar uno de sus viejos tranvías y hay además en el camino muchos motivos para tomarse un respiro; viejas tabernas, talleres de artesanos, sencillas casas de paredes desconchadas, ropas tendidas al viento en plena calle, algunas iglesias de fachadas blancas, y fados, este es el barrio lisboeta donde más fácil es encontrarse con el fado.

Además de este caserío humilde, en Alfama encontramos monumentos como el Monasterio de San Vicente de Fora, donde está el Panteón de la familia Braganza, y la Iglesia de Santa Engracia, utilizada como Panteón Nacional por decisión del dictador Salazar, y la vieja Catedral, la románica Se.

Iglesia de Santa Engracia - Panteón Nacional
Iglesia de Santa Engracia – Panteón Nacional. Fuente
Catedral de Lisboa
Catedral de Lisboa. Fuente

Las casas de fados proliferan en la Alfama, son restaurantes o bares donde se cena acompañado por un espectáculo de fados. Están entre otras La Casa de Linhares, el Cristal Fados (Travessa da Queimada, 9) y muchas más. Una muy buena pero subida de presupuesto es El Clube de Fado, muy cerca de la Catedral y ya casi en la Baixa. En Septiembre el Festival Caixa Alfama saca a las calles del barrio durante dos días a estupendos fadistas, es cuestión de programarse. Y si se quiere saber más de la historia de esta música melancólica, en el barrio se encuentra el Museo del Fado.

A quien le guste curiosear por los mercadillos, muy cerca de Santa Engracia los martes y sábados hay una especie de rastro, la Feira da Ladra, un mercadillo donde se puede encontrarse un poco de todo.

Fiera da Ladra
Fiera da Ladra. Fuente

O Chiado, la Lisboa literaria

En agosto de 1988 un incendio asoló este emblemático barrio recuperado sin falsificaciones por el arquitecto Alvaro Siza Vieira. Si toda Lisboa respira los pasos de Pessoa, en el Chiado el poeta espera al visitante en cualquier calle; lo encontramos sentado en la terraza del café A Brasileira en la Rúa do Almeida Garret, con la mirada ausente ensimismado en su desasosiego:

Desde la terraza del café miro trémulamente hacia la vida. Poco veo de ella -el bullicio- en esta concentración suya en esta plazuela nítida y mía.

Homenaje a Fernando Pessoa en el café La Brasileira
Homenaje a Fernando Pessoa en el café La Brasileira. Fuente

En la Rúa Coelho da Rocha, 16, podemos visitar su Casa, y adentrarnos un poco más en su mundo. Un mundo que comenzó en el número 4 del Largo de Sao Carlos donde nació, frente al Teatro Nacional Sao Carlos. Es un barrio cosmopólita e intelectual, lleno de cafés, librerías históricas como la Livraria Bertrand, fundada por dos franceses en 1732, dicen que la más antigua del mundo, iglesias, museos como el de Arte Contemporáneo, tranvías; por aquí pasa el célebre y turístico 28, plazas presididas por artistas como la de Luis de Camões, anticuarios, calles pintorescas de adoquines que rezuman histora envuelta en fachadas de colores. En la Iglesia de los Mártires, en pleno corazón del Chiado, fue bautizado Pessoa pasando a formar parte para siempre, de este barrio decadente y bohemio, inolvidable siempre, pura Lisboa.

Elevador de Santa Justa
Elevador de Santa Justa. Fuente

La Plaza del Carmen o Largo do Carmo, está conectada con la Baixa por el Elevador de Santa Justa, una preciosa torre de hierro relacionada con el arquitecto francés Eiffel. En esta plaza queda un testigo en ruinas del mejor gótico de Lisboa, El Convento del Carmen destruido por el terromoto de 1755, que alberga un pequeño museo arqueológico de lo que fue en su tiempo. En primavera las jacarandas tiñen el aire de color malva, es un rincón para no perdeérselo.

Plaza do Carmo
Plaza do Carmo. Fuente

Por La Baxia hacia Tajo

Desde el Elevador de Santa Justa, cuya terraza es uno de los miradores lisboetas más espectaculares, se puede llegar a la Baixa Pombalina, aquí se concentra como ya vimos el corazón financiero y comercial de Lisboa.

La belleza de sus calles sembradas de mosaicos en blanco y negro, fachadas de azulejos, edificios del siglo XIX, numerosos jardines, distribuyen el flujo de la vida como las arterias de ese hermoso cuerpo llamado Lisboa. El trazado en cuadrícula de la remodelación de Pombal, mantuvo los nombres de las antiguas calles Rua da Prata, Rua Aurea, Rua dos Sapateiros, etc. Un lujo al alcance de la sensibilidad, como La Avenida de la Libertad, un amplio bulevar lleno de árboles, fuentes, y terrazas sombreadas que hasta 1821 era un paseo abierto únicamente a la alta sociedad. Hoy conduce a la parte más moderna de la ciudad donde se encuentra el Museo Calouste Gulbenkian que alberga la más que interesante colección de este industrial de origen armenio, de verdad para no perdérselo.

De vuelta hacia el centro encontraremos la Plaza de los Restauradores, cuyo obelisco central conmemora la liberación de Portugal de la dominación espanola. Muy cerca está la Plaza del Rossio llamada oficialmente Praça Dom Pedro IV, primer emperador de Brasil. En esta plaza está el famoso Café Nicola, otro punto de encuentro de los intelectuales lisboetas, muy cerca la Plaza de Figueira, antiguo mercado de la ciudad en cuyo centro se levanta la estatua ecuestre de Juan I, desde esta plaza llegamos a la peatonal Rua Augusta, animada y elegante calle, llena de cafés y tiendas, entre las que encontrar muchas de las grandes marcas internacionales.

Plaza de Pedro IV. Rossio
Plaza de Pedro IV. Rossio . Fuente

A escasos tres minutos de Rua Augusta está la Calle de los Doradores, Rua dos Douradores último hogar y oficina de Pessoa desde donde intentaba descifrar enigmas:

Y, si la oficina de la Calle de los Doradores representa para mí la Vida , este segundo piso mío, donde vivo, en la misma Calle de los Doradores, representa para mí el Arte. Sí, el Arte, que vive en la misma calle que la Vida, aunque en un sitio diferente, el Arte que alivia de la Vida sin aliviar de vivir, que es tan monótono como la misma Vida, pero sólo en un sitio diferente. Sí, esta Calle de los Doradores comprende para mi todo el sentido de las cosas, la solución de todos los enigmas, salvo el de que existan los enigmas, que es lo que no puede tener solución.

Arco Triunfal Rua Augusta
Arco Triunfal Rua Augusta . Fuente

Y desde la Rúa Augusta a través del impresionante Arco Triunfal llegamos a la Plaza del Comercio, aquí bajo los arcos del ala nordeste, se encuentra el Café Martinho da Arcada, frecuentado por personajes ilustres de la vida portuguesa como Bocage, Cesário Verde o Almada Negreiros, pero cuya atracción más fuerte es de nuevo Pessoa. A pesar de frecuentar todas las tabernas de Lisboa, fue aquí donde encontró realmente “abrigo”. Sabemos por su dueño que su plato favorito eran los huevos revueltos con queso y que solía pedir que le guardaran la mesa de al lado para su amor Ofelia Queiroz, discretos que eran entonces. La última foto que tomaron del poeta cuelga sobre la mesa que le estaba reservada.

Cafe Martinho da Arcada
Cafe Martinho da Arcada. Fuente

Salimos de nuevo a la plaza más grande de Europa, La Plaza del Comercio, que ocupa el espacio del Antiguo Palacio Real, destruido por el terremoto, para despedirnos de esta ciudad caminando hacia el Muelle de las Columnas, ensimismados en el plácido abrazo entre el Tajo y el Atlántico, la puerta de la aventura abierta al mundo con su luz cegadora.

Al otro lado del Tajo está Caçilhas, pueblecito célebre por sus restaurantes y marisquerías populares que invita a un paseo, pero cuesta abandonar Lisboa y nos vienen a la memoria las palabras de Pessoa frente a Caçilhas:

Muchas veces me ha sucedido querer atravesar el río, estos diez minutos del Terreiro do Paço a Caçilhas. Y casi siempre he tenido como timidez de tanta gente, de mí mismo y de mi propósito. Una u otra vez he ido, siempre oprimido, siempre poniendo solamente el pie en tierra cuando estoy de vuelta. Cuando se siente de más, el Tajo es el Atlántico sin número, y Caçilhas, otro continente, otro universo.

Hay mucho más, esta es una ciudad para caminar y encontrarse con sus gentes, (Nápoles por suizos habitada, un verso de otro poeta de Lisboa: Alexandre O´Neill), una ciudad en la que buscarse siempre.