La Primavera de Botticelli es uno de los grandes iconos del Renacimiento italiano. En la Galleria degli Uffizi de Florencia comparte sala con El Nacimiento de Venus, cuadro complementario pero no hermano, cuadro, también, de comprensión más sencilla.

Dijo C.S. Lewis que lo primero que exige toda obra de arte es una entrega, que “nos instalamos ante un cuadro para que éste nos haga algo, no para hacer nosotros algo con él”. Para ello, conviene saber qué es lo que tenemos delante, qué lenguaje se hablaba en su época, incluso en aquellos casos, como éste que nos ocupa, en que el misterio se esconde en su propia forma expresiva.

Antes de seguir, un consejo: si vas a visitar la Galería de los Uffizi y no eres un experto en historia del arte, déjate guiar por uno. Contrata una buena visita guiada y disfruta el doble de tu experiencia.

Botticelli pintó una obra extremadamente sofisticada, destinada al disfrute de los sentidos pero, sobre todo, al goce intelectual. Su destinatario era Lorenzo di Pierfrancesco de Medici, primo de Lorenzo el Magnífico. En su concepción participaron las grandes mentes de de Angelo Poliziano y Marsilio Ficino, los neoplatónicos de Florencia.

La Primavera no es, por lo tanto, un cuadro sencillo. Las escenas que representa son ambiguas y difíciles de interpretar. Su público objetivo era humanista, culto, iniciado en los misterios de las religiones antiguas pero conocedor también de las complejidades de la teología cristiana. Quienes lo iban a apreciar eran amantes de la filosofía, la poesía y la música. Estaban convencidos de vivir en una época de florecimiento comparable a la de la Antigüedad grecorromana, y con ella se medían

La Primavera, es sin embargo un cuadro que cualquiera puede disfrutar. De hecho,la mayoría de los visitantes de los Uffizi lo citan entre sus favoritos. Es un cuadro bonito. Sus cualidades narrativas se prestan a la interpretación y a la fantasía. Pero etiquetarlo con la simpleza de “una alegoría de la primavera” es quedarse a medias. Y describirlo como “una representación del neoplatonismo de la época”, siendo correcto, dice poco de su contenido y su mensaje.

Lo que queremos es disfrutar del cuadro desde su entendimiento. Saber cuál es cada escena y qué quiere decir su autor, pues creemos que siempre disfruta más aquél que sabe lo que está viendo. Así que recurrimos a los expertos. En concreto, a Edgar Wind, en cuya obra Los misterios paganos del Renacimiento se encuentra el análisis más preclaro y completo de La Primavera de Botticelli. Quien disfrute artículo sin ninguna duda amará este libro, que recomendamos encarecidamente como manual para adentrarse en el maravilloso mundo del arte y el pensamiento renacentistas.

Cómo mirar La Primavera de Botticelli

Botticelli organizó la escena de tal modo que la primera pista se nos revela como evidente: el cuadro ha de mirarse de derecha a izquierda. Esto no significa que tenga un principio y un final, como veremos más delante, sino que, para entender su mensaje, debemos seguir ese orden.

Las pistas son claras: vemos un bosque cerrado y oscuro presidido por una figura central, Venus. Tras algunos árboles y por encima de sus copas vemos luz; es decir, este jardín o bosque no es un universo cerrado; hay mundo más allá. Lo tupido de los troncos sólo se rompe en un extremo del cuadro: aquél por el que irrumpe enérgico la figura azul que enseguida identificaremos como Céfiro, el viento que anuncia la llegada de la primavera.

Todos los personajes se inclinan hacia el otro extremo: Flora, el personaje más cercano al espectador, camina hacia la izquierda. En lo alto, Cupido aparece y apunta su flecha en esa misma dirección. Venus misma parece decirnos: continuad por aquí. Del grupo de las Tres Gracias, triangular, encerrado en sí mismo, escapamos por la mirada de una de ellas, que se dirige hacia la izquierda. Y en ese extremo del cuadro aparece una última figura que también se dirige hacia ese lado.

Parece obvio, pues, que el pintor diseñó una narración que sigue este orden. El sentido narrativo de los cuadros era muy común en el Renacimiento. Los cuadros cuentan historias, y a veces cuentan historias complejas, con varios capítulos.

El grupo Céfiro, Cloris y Flora

El primer grupo de figuras es por tanto el de Céfiro, Cloris y Flora. Son tres, o mejor, dos más uno, pues los dos primeros están representado una metamorfosis ovidiana. Lo explicamos enseguida.

Céfiro, Cloris y Flora
De izquierda a derecha: Flora, Cloris y Céfiro.

Ovidio fue uno de los poetas más destacados del mundo clásico. Vivió en época de Augusto (que lo terminó deportando por irreverente) y escribió una obra que ha pasado a la historia como el mejor resumen de la antigua mitología grecorromana. Se llama Metamorfosis, y reúne centenares de estos cambios, con los cuales va contando toda la historia de los dioses y los héroes griegos y romanos. En el Renacimiento, y especialmente en el círculo de los humanistas florentinos, había auténtica devoción por Ovidio.

En La Primavera vemos a Céfiro, el viento del Oeste, irrumpir súbitamente en la escena en persecución de Cloris, una muchacha desnuda que huye pero que, en último momento, a él se vuelve. Ambos entran en contacto y del aliento de Cloris surgen flores. Ha nacido Flora, el tercer personaje.

Error común: identificar a Flora con Primavera. Flora anuncia la llegada de la primavera con su vestido lleno de flores. Ha nacido de la pasión de Céfiro por Cloris. Ovidio lo narra en otra de sus obras, los Fastos. Céfiro, tras tomar por la fuerza a Cloris, arrepentido, la transforma en Flora y le regala un hermoso jardín, donde reinará eternamente la primavera.

Gozo de una primavera eterna… / mi esposo cubrió de flores este jardín y me dijo: / Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores

El grupo de las Tres Gracias

La zona izquierda del cuadro tiene como protagonista una representación sofisticada, refinadísima –y hasta podríamos decir pedante– de las Tres Gracias.

Las Tres Gracias
De izquierda a derecha: Voluptas, Castitas y Pulchritudo.

Hijas de Zeus y nietas de Océano, las Gracias son las diosas de la alegría, del hechizo y de la belleza. Aparecen en escenarios que tienen que ver con el placer, como los banquetes y los espectáculos de danza. Son jóvenes y bellas, pero también sabias y elocuentes. En la mitología romana, que es la que inspira la representación de Botticelli, se llaman Castitas, Pulchritudo y Voluptas, y simbolizan a la Virgen, la Esposa y la Amante.

En La Primavera, la figura central es Castitas. A ella se dirige el flechazo de Cupido. Castitas no lleva adorno alguno. Sus cabellos van recogidos y su rostro es pensativo y melancólico. Un aspecto muy distinto muestra su hermana Voluptas, que aparece a su izquierda. Su pasión decidida se refleja en el animado movimiento de sus pliegues y en sus ondulantes cabellos sueltos. La tercera, situada a la derecha, es Pulchritudo, la más serena y orgullosa, la que dirige el grupo y anima la danza.

La presencia de Las Gracias se explicará bien al final, pero está relacionada con los temas principales del cuadro: el placer, el amor y el aprendizaje. Las manos de Voluptas y Pulchritudo, las dos hermanas más expertas, se juntan dibujando una corona sobre la cabeza de Castitas, que está siendo iniciada en la danza. Si sus dos hermanas simbolizan dos arquetipos opuestos (recordemos: la esposa y la amante), Botticelli pone algo de cada uno en una Castitas indecisa: su hombro izquierdo se nos muestra desnudo, en el lado de Voluptas; a su derecha está su pelo recogido y su mano bien sujeta por la serena Pulchritudo.

La misma lucha parecen librar los dioses del amor. Cupido lanza su flecha con pasión, pero una moderada Venus parece atemperar el efecto, y mantiene la danza, como dice Edgar Wind, "dentro de los límites de un melodioso comedimiento".

Cupido
Cupido, con ganas de marcha
Venus
Venus, manteniendo el orden

No hay duda de a dónde se dirige la mirada de Castitas. Hacia ese misterioso joven que, en el extremo izquierdo del cuadro, parece ajeno a lo que sucede a sus espaldas.

La figura aislada de Mercurio

Este joven es Mercurio, el Hermes de los griegos, y su papel es crucial para cerrar la narrativa y entender el mensaje de La Primavera.

Mercurio
Mercurio, “jugado” con unas nubes

El papel más conocido de Mercurio es el de mensajero de los dioses, pero sus funciones y poderes iban mucho más lejos. Mercurio es el psicopompos, el "guía de las almas", que conduce al Más Allá. Mercurio es el más astuto y el más veloz de los dioses. Mercurio es el que, con su vara, como dice Virgilio, "conduce los vientos y traspasa las nubes tempestuosas". Ahora miremos atentamente al cuadro y veremos que Mercurio hace esto exactamente, traspasar unas nubes. Miremos de nuevo al otro extremo del cuadro y recordemos qué personaje irrumpe con fuerza por aquella zona.

Mercurio era también el guía de las Gracias, y aunque aquí aparezca la espalda del grupo, éstas le siguen a través de Castitas. Para los humanistas, por último, Mercurio era el dios ingenioso e indagador, el revelador del conocimiento secreto o, por decirlo con precisión, del conocimiento "hermético", al que presta su nombre.

Para Marsilio Ficino, cuya filosofía impregna y educa el cuadro de Botticelli, Mercurio "hace que la mente regrese a las cosas celestiales mediante la fuerza de la razón". He aquí el asunto del cuadro. Mercurio, con su vara, está despejando unas nubes y simbolizando la fuerza iluminadora de la contemplación intelectual.

El lenguaje de los misterios y el significado de La Primavera

En el neoplatonismo de estos leídos, cultísimos, sofisticados y encantadores pedantes del círculo de Ficino, la Verdad nunca debía mostrarse a plena luz, pues su luz cegadora haría inútil la empresa. "Velos enigmáticos y encubrimiento poético debe ocultar las cosas divinas", dirá otro neoplatónico empedernido como Pico della Mirandola. Así, el Mercurio de Botticelli es el interpres secretorum, el que abre un hilo de luz para contemplar las verdades sin que esa luz divina ciegue al contemplador.

Mercurio, el dios indagador que juguetea con las nubes en un extremo del cuadro, envía por el otro a Céfiro impetuoso, que reinicia el círculo con la fuerza de la pasión.

Detengámonos un momento a leer a Marsilio Ficino y lo entenderemos todo de un plumazo:

"… esta belleza divina ha engendrado en todas las cosas el amor, es decir, el deseo de ella misma. Ya que si Dios rapta para sí el mundo y el mundo es raptado por Él, hay un continuo atraerse entre Dios y el mundo; que comienza en Dios y pasa al mundo, y finalmente en Dios termina, y que, como un círculo, de allí de donde partió allí retorna. Así que un solo y mismo círculo de Dios al mundo y del mundo a Dios es designado con tres nombres. En cuanto comienza en Dios y atrae hacia sí, belleza; en cuanto, pasando al mundo, lo rapta, amor; en cuanto que retorna al autor y une a él su propia belleza, placer. Por tanto, el amor comienza en la belleza y termina en el placer. Y esto lo entendieron Jeroteo y Dionisio Areopagita en aquel himno excelente en el que los teólogos cantaron así: El amor es un círculo bueno que gira eternamente de bien a bien."

Razón y Pasión. Placer y Belleza. El Amor Profano y el Amor Divino. Los neoplatónicos no entendían una cosa sin la otra y esa es la razón de las divinidades del amor, Venus y Cupido, cuiden de este jardín de la eterna primavera. Y de que todo comience y termine en Mercurio, el dios indagador que dirige esta hermosa y cíclica procesión de los placeres. "El amor es un círculo bueno que gira eternamente de bien a bien". Y que se reinicia cada primavera. Disfrutemos.

La Primavera de Botticelli