La costumbre de organizar grandes exposiciones en las que exhibir los más recientes avances técnicos nació casi de la mano de la Revolución Industrial, y con el paso del tiempo, a lo largo del siglo XIX, esos eventos se fueron convirtiendo en grandes fastos que atraían la atención del mundo entero, de un modo parecido a como lo hacen nuestras modernas Olimpiadas.

En 1844, una exposición de este tipo en París motivó la construcción de un edificio en la avenida de los Campos Elíseos, y en los años siguientes se celebraron otras en Madrid y en Berlín. Pero todas ellas mantenían aún un carácter nacional. Los primeros en celebrar un evento de este tipo de alcance internacional fueron los ingleses. Por empeño del príncipe Alberto y con la intención mostrar al mundo la superioridad de la industria británica –y, de paso, quedar por encima de los franceses– organizaron en Londres, en 1851, la Gran Exposición de los Trabajos de la Industria de Todas las Naciones, o, simplemente, la Gran Exposición.

La Reina Victoria inaugura la Gran Exposición de 1851, por Henry Courtney Selous
La Reina Victoria inaugura la Gran Exposición de 1851, por Henry Courtney Selous

Para asegurarse el éxito invitaron a todos los países a mostrar sus últimas invenciones, y cuando empezaron a recibir respuestas se dieron cuenta de que eran muchas más de la que en principio habían esperado. Para albergar la feria haría falta un edificio muy grande, mucho más grande que ningún otro que hubiera en Londres, que tenía iglesias colosales, o en cualquier otro lugar del mundo. Y un año antes de la fecha prevista para la Gran Exposición ese edificio no estaba ni siquiera planeado.

Bill Bryson –autor de divertidos libros de viajes y exitosos compendios de divulgación científica– relata en En Casa –un polifacético viaje por la historia de las cosas cotidianas– el proceso de construcción del edificio que finalmente protagonizó la Gran Exposición, lanzó a la fama a su constructor, Joseph Paxton –de formación jardinero– y mostró al mundo las infinitas posibilidades arquitectónicas de dos materiales que serían claves para la arquitectura posterior: hierro y el cristal.

La principal virtud del etéreo palacio de Paxton era que podía prefabricarse a partir de piezas estándar. Su corazón estaba integrado por un único componente —un armazón triangular de hierro fundido de noventa centímetros de ancho por siete metros y siete centímetros de largo— que iba encajándose con otros armazones hasta construir un esqueleto del que colgar el cristal del edificio (casi cien mil metros cuadrados, o lo equivalente a una tercera parte del cristal que se producía en Gran Bretaña en todo un año).

El primer boceto de Paxton
El primer boceto de Paxton

En la época de la Gran Exposición, la producción de cristal era mayor que nunca gracias a la invención de un nuevo sistema de refinado, la lámina de cristal, y a la abolición de dos impuestos que hoy suenan groseros: el impuesto sobre las ventanas y el impuesto sobre el cristal.

Justo en el momento en que Paxton necesitaba más cristal de lo que nunca antes nadie hubiera podido necesitar, el precio del material se redujo a menos de la mitad. Esto, junto con los cambios tecnológicos que por otro lado fomentaron la fabricación, fue el estímulo que hizo posible el Palacio de Cristal.

Pero no fue el único estímulo. El Palacio fue en buena medida fruto de la improvisación. El evento debía inaugurarse en mayo de 1851, pero a finales de 1850 la comisión encargada de su organización se planteaba dividirlo en diferentes lugares de Londres, ya que en la ciudad no había un edificio capaz de albergar la cantidad de objetos que iban a llegar la primavera siguiente.

No era una solución que agradara al principal promotor de la Gran Exposición, Henry Cole, y tampoco al príncipe Alberto, convencidos ambos de que, desperdigados por Londres, el efecto de todos esos inventos sería mucho menos impresionante. Así que se organizó un concurso para construir un edificio a marchas forzadas, en muy poco tiempo. Recibieron un auténtico aluvión de propuestas, cientos de ellas, de arquitectos famosos y de aficionados, pero ninguna cumplía los requisitos: o eran edificios muy caros o necesitaban demasiado tiempo para construirse.

Justo ahí apareció Joseph Paxton.

Paxton era un portento. […] se convirtió en el más destacado experto mundial en dalias; ganó premios por producir los mejores melones, higos, melocotones y nectarinas del país; y creó un invernadero tropical gigantesco, conocido como el Gran Horno, que ocupaba media hectárea de terreno y era tan espacioso que cuando la reina Victoria fue a visitarlo en 1843, pudo pasear por su interior montada en un carruaje de caballos. […]

Por supuesto, Paxton era el hombre que hacía falta para solucionar el entuerto. “Nada, dice Bryson, expresa mejor la Gran Bretaña victoriana y su brillantez que el hecho de que el edificio más osado e icónico del siglo fuera confiado a un jardinero”.

Cuando se enteró de que los miembros de la comisión de la Gran Exposición estaban teniendo problemas para encontrar un diseño para su salón, se le ocurrió que algo del estilo de sus invernaderos podría funcionar […] El diseño quebrantaba todas las reglas del concurso. Había sido presentado una vez cerrado el plazo de admisión y, a pesar de todo el cristal y el hierro que llevaba, incorporaba muchos materiales combustibles —hectáreas de entarimado de madera, entre otras cosas— que estaban estrictamente prohibidos. Los asesores arquitectónicos hicieron notar, y con razón, que Paxton no era arquitecto de formación y que nunca antes había intentado erigir nada de aquel calibre. […] A muchos les preocupaba la posibilidad de que el edificio resultara insoportablemente caluroso cuando le azotara el sol abrasador y las multitudes se abrieran paso a empellones en su interior. Otros temían que los montantes que sujetaban las cristaleras se dilataran con el calor del verano y que los gigantescos paneles de cristal cedieran como resultado de ello y cayeran sobre la muchedumbre. Pero la principal preocupación era que una tormenta acabara llevándose aquel edificio de frágil aspecto.

A pesar de todo, la falta de alternativas y la portentosa rapidez a la que podía construirse el edificio de Paxton convencieron a la comisión, y el aspecto de los planos cautivó al príncipe Alberto. El Palacio de Cristal se construyó en Hyde Park, en sólo 35 semanas, y se convirtió en el edificio más grande del mundo. Fue un verdadero éxito.

Hoy en día estamos acostumbrados a ver cristal en abundancia, pero para una persona de 1851, la idea de pasear debajo de metros cúbicos de luz casi irreal en el interior de un edificio resultaba deslumbrante, mareante incluso. Creo que somos incapaces de imaginarnos la primera impresión de un visitante al ver de lejos el Pabellón de la Exposición, brillante y transparente. Debía de parecer tan delicado y evanescente, tan milagrosamente improbable, como una burbuja de jabón.

El Palacio de Cristal, por Edmund Walker
El Palacio de Cristal, por Edmund Walker

El legado del Palacio de Cristal en la arquitectura moderna es inabarcable, pero su presencia en Hyde Park fue efímera. Pocos años después de la Gran Exposición lo trasladaron y los planos del original se modificaron para adaptarse a un espacio en pendiente. Fue un desastre: la nueva construcción llevó más de dos años y 17 trabajadores perdieron la vida. El edificio perdió su magia. Siguió albergando eventos de todo tipo –fue hangar durante la Primera Guerra Mundial– hasta que, en 1936, un incendio acabó con él y ya no se reconstruyó.