Como aficionados a los viajes, al arte y a la cultura, debemos considerar como una excelente noticia que Siena haya cambiado tan poco en los últimos ochocientos años. Porque, como tan bien ha dicho el escritor, y miembro de la Academia francesa, Dominique Fernández:"Siena es una de las raras municipalidades en el mundo que han llevado a lo largo de los siglos una política, consciente y obstinada, de belleza".

En el ondulado corazón de la Toscana nos espera una de las ciudades más bonitas de Italia. Una ciudad que, en los siglos finales de la Edad Media y en los inicios del Renacimiento, brilló con luz propia y llegó a rivalizar con la Florencia de los Medici. Quizá ese dato baste para evidenciar la magnificencia que llegó a alcanzar aquella ciudad de banqueros y papas, de aventureros y artistas.

Qué ver en Siena para verla de verdad

Siena es una ciudad pequeña, pero sus calles conservan numerosos palacios, museos e iglesias. ¿Se puede ver todo en un día? La respuesta es no. Se puede ver, en un día, lo principal. Es lo que casi todo el mundo hace. Pero se habrá visto una Siena volátil, una Siena de instagram. Si no hay más remedio –porque el tiempo apremia, o porque la visita es parte de un circuito– habrá que renunciar a los museos y a ciertas exquisiteces. Pero si es posible, nosotros recomendamos visitarla con calma e ir más allá de lo que visita todo el mundo.

Siena, como explicaremos más abajo, es además un punto perfecto desde donde salir a explorar las maravillas de la región. Está en el corazón de la Toscana, de esa Toscana de postal, casi lujuriosa, de colinas dibujadas y cipreses. Como si alguien lo hubiera hecho a propósito, los más bellos pueblos de la Toscana están situados a su alrededor. Las excursiones, desde Siena, son un disfrute.

Pero no nos adelantemos. Ya saldremos de sus calles. De momento hablemos de lo que hay en ellas:

  1. El histórico Palazzo Publico, enclavado en la Piazza del Campo, esa en la que García Márquez vio materializada la armonía.
  2. El Duomo, una de las maravillas del Gótico europeo, y su museo.
  3. La Fortezza Medicea, hoy un parque agradabilísimo donde reflexionar con una copa de vino.
  4. La Pinacoteca Nazionale, con sus abundantes tesoros de la Escuela de Siena.
  5. La iglesia de San Domenico y la Casa de Santa Catalina de Siena, fascinante personaje más allá de su interés religioso.
  6. El Palazzo Piccolomini y el curiosísimo Museo delle Tavolette

Lo que ve todo el mundo son los elementos 1 y 2, y a salto de mata. Nada más. Se pierden una barbaridad.

1. El esplendor del Palazzo Publico y la Piazza del Campo.

Los sieneses del siglo XIII estuvieron a la vanguardia de un proceso histórico que fue fundamental para el desarrollo del mundo moderno. Se trataba, nada menos, que de la reaparición de la ciudad. Y con ella, de la política (que viene de polis, ciudad).

Piazza del Campo
Piazza del Campo. Foto.

Después de siglos de una Edad Media parva en grandes asentamientos humanos; cuando en Francia y Alemania la gente vivía en el campo y sólo se construían castillos y ermitas, reapareció, en el norte de Italia, la ciudad. Florencia, Venecia, Pisa, Lucca, Milán. Siena.

¿Las razones? Una fértil agricultura y, sobre todo, la expansión del comercio y el nacimiento de las finanzas modernas hicieron posible que cada vez más gente se concentrara en la ciudad. Con ellos volvió la vida urbana, con sus dulzuras y también sus problemas: la política. La lucha de las facciones por un poder cada vez más jugoso. El debate entre república y tiranía. Y las artes al servicio no ya –solo– de la iglesia, sino del poder civil.

De todo ello se puede reflexionar, quizá como en ninguna otra parte, en la Salla della Pace del Palazzo Pubblico de Siena. Allí se conserva un conjunto de frescos que fueron pintados por Pietro y Ambrogio Lorenzetti entre 1338 y 1340. Se les conoce por el nombre de Alegoría del Buen y el Mal Gobierno, y son una de las mayores joyas del entonces incipiente Renacimiento italiano. Recordaban a los gobernantes la importancia de su labor y que sus decisiones, por pequeñas que fueran, podían tener efectos benefactores o malévolos para la comunidad. Hoy quizá deberíamos colgar una reproducción de esta obra en cada diputación, en cada congreso, en cada ayuntamiento.

Alegoría del Buen Gobierno, Ambroggio Lorenzetti.
Alegoría del Buen Gobierno, Ambroggio Lorenzetti.

Pero además de esta joya histórico-artística de los hermanos Lorenzetti, el Palazzo (que sigue siendo Ayuntamiento de la ciudad) alberga mucho más. Hay una preciosa habitación llamada Sala del Mappamondo, donde los Lorenzetti pintaron, también al fresco, un gigantesco mapa del mundo conocido. Hay una preciosa Maestá, pintada en 1315 por uno de los grandes de la escuela sienesa, Simone Martini. Hay también una Vida de la Virgen de otro maestro, Taddeo Bartolo.

En el patio está la entrada a la impresionante Torre del Mangia, que corona la ciudad a noventa metros de altura. Quizá sea, junto a la Torre Grossa de San Gimignano, el lugar desde donde mejor se puede apreciar esa belleza mórbida, lírica, del paisaje toscano; sus valles verdes, sus colinas cruzadas por ordenadas líneas de cipreses que dibujan caminos y separan viñedos. Y también el fastuoso esplendor de la ciudad. Si París es la ciudad de la luz, Siena es la ciudad de la piedra. Tejados de terracota, piedra de color beige, piedra gris y, sobre todo, ese inconfundible ocre arcilloso. A los pintores les gustó tanto que terminaron bautizando un color en su honor.

Y la piazza, ese corazón de la ciudad que es un canto a la armonía. La sede del Palio, una de las carreras más famosas del mundo (más abajo damos un consejo si quieres verlo y no te gustan las aglomeraciones), el verdadero icono de Siena. Por la mañana y en las primeras horas de la tarde está atiborrada de turistas. Por la noche son los sieneses los que la ocupan. Pasean por allí ejecutivos vestidos de Armani, conductores de Vespas casco en mano, niños alborotando a la ingente población de palomas. Siena es uno de esos lugares con muchos turistas y pocas pernoctaciones. Ya decimos que merece mucho la pena quedarse a dormir.

2. La joya: el Duomo y el Museo dell’Opera del Duomo.

No hay forma de quedarse corto: el Duomo de Siena es un edificio deslumbrante. Su fachada principal reúne todos los rasgos ese colorido Gótico italiano tan particular, tan diferente del francés, del inglés y del español.

Exterior del Duomo
Exterior del Duomo

Pero, magnífico como es, lo que más impresiona es su interior.

Acostumbrado a la austeridad de las grandes iglesias florentinas, el viajero se lleva aquí una verdadera sorpresa. No hay austeridad de ningún tipo, sino todo lo contrario. En las paredes, en los pilares, en las bóvedas, en las capillas, en todos lados solo encuentra lujosa decoración. Una permanente sucesión de los dos colores de la ciudad, el blanco y el negro. Una abigarrada condensación de belleza, riqueza y lujo. Bóvedas de lapislázuli, capiteles de oro, altares y mosaicos que asombran a quien pone los ojos en ellos.

Interior del Duomo
Interior del Duomo. Foto,

Como no podía ser de otra manera, hay también, dispersos por toda la iglesia, un conjunto selecto de obras de arte. Obras de Donatello, de Pinturicchio, de Miguel Ángel o de Nicola Pisano, autor de un púlpito conmovedor y anonadante. En el Museo dell’Opera del Duomo se pueden ver de cerca algunas de las obras que originalmente colgaron de sus muros, como la Maestà de Duccio, su obra maestra, una de las cimas del arte del Medievo.

Cuando la hayas recorrido, cuando hayas visto que no es, precisamente, una iglesia pequeña, piensa en lo siguiente. A mediados del siglo XIV, Siena había alcanzado un nivel de riqueza y esplendor tan extraordinario, que sus gobernantes pusieron en marcha un plan para triplicar el tamaño de su catedral. Has leído bien: para triplicarlo. La idea era convertir el edificio ya construido –el que sigue en pie hoy en día– en el crucero de una iglesia nueva y gigantesca. Los planes estaban hechos, aprobados y presupuestados. Pero entonces llegó la Peste Negra de 1348. La ciudad quedó asolada y el proyecto se abandonó.

Siena desde el facciatone
Siena desde el facciatone. Foto.

Dio tiempo, no obstante, a construir parte de la fachada del nuevo templo. Hoy sigue ahí, la llaman el facciatone. Se puede comprar una entrada completa para visitar el museo y subir a las alturas del facciatone, que tiene unas vistas impresionantes. Mejores, quizá, que las de la Torre del Mangia, porque desde el facciatone, además de todo, se ve la Torre del Mangia.

3. La Fortezza Medicea, el recuerdo de los vencedores.

Los más aficionados a la Historia tienen aquí una visita que les será sin duda gustosa. También los amantes del vino, de la música, de la tranquilidad…

La fortezza lleva el nombre de los Medici porque fue construida por estos, entre 1561 y 1563. No es hito, por lo tanto, del esplendor de la historia de Siena, sino de su decadencia. Ya debilitada, Siena había hecho lo posible por oponerse al dominio de sus vecinos florentinos y de una potencia emergente que amenazaba toda Italia: la España de Carlos V. Las fuerzas de Carlos habían tomado la ciudad en 1548 e iniciado la construcción de una ciudadela defensiva, que fue destruida muy pronto, cuando los sieneses retomaron el control de su ciudad.

Fortezza Medicea
Fortezza Medicea. Foto.

Parecía atajada la pesadilla del control extranjero, pero llegó la paz de Cateau-Cambresis, y entonces Siena perdió el apoyo de su gran aliado, Francia. La ciudad pasó a manos de Florencia, aliada de España. Y los Medici erigieron la enorme Fortezza Medicea para evitar cualquier rebelión.

Siena nunca volvió a ser independiente, aunque la fortaleza se mantuvo militarizada hasta el siglo XVIII. Hoy es un parque público, sede de conciertos y festivales y exposiciones de arte. Hay allí una estupenda enoteca donde probar los excelentes vinos de la región.

4. La Pinacoteca Nazionale, un templo de la pintura.

Los amantes de la pintura no pueden dejar atrás el principal museo de la ciudad, pues allí se conserva lo mejor, lo más granado de la encantadora Escuela de Siena. La Madonna dei Fracescani y obras obras de Duccio, el Agostino Novello de Simone Martini, las Dos Vistas de Pietro Lorenzetti, la Adoración de los pastores de Pietro da Domenico. Un recorrido completo que abarca el período comprendido entre los siglos XIII y XVII.

Pinacoteca Nacional de Siena

Las pinturas sienesas son líricas, delicadas y simbólicas. La escuela de Siena, dicen los libros de historia del arte, se mantuvo más apegada a la influencia bizantina. Esos omnipresentes fondos dorados. En realidad, aquellos ávidos pintores bebieron de todas las fuentes que tuvieron a su alcance. En sus cuadros se puede ver el minucioso detallismo del Gótico Internacional, la contundencia compositiva de Bizancio, la incipiente búsqueda de realismo de sus vecinos florentinos. Y una sensibilidad poética que debe darla la tierra. En resumen, maravillas únicas, como esta.

5. Las huellas de Santa Catalina, en su casa natal y en la iglesia de Santo Domingo.

Como todas las ciudades, Siena tiene su patrona, que en sucaso no es una más. Catalina Benincasa nació en una familia numerosa (numerosa es poco: fue la hija número 23 del matrimonio de un tintorero y la hija de un poeta). Fue desde pequeña –y hay que entenderla– una niña rara, refugiada en sí misma y amante del silencio. Pocas salidas tenía en aquel mundo más allá del hábito, y a ese objetivo se consagró hasta que su padre desistió de casarla. Siendo aún muy joven, Catalina entró en la Orden Tercera de los Dominicos.

Basílica de Santo Domingo

Si hacemos caso a las fuentes, Catalina debió ser una personalidad genial como pocas. Entre visiones y estigmas, y sin venir de una familia poderosa, tuvo tiempo de cartearse con los principales líderes de la Europa de su tiempo. Les intentó persuadir –difícil empeño– de los beneficios de la paz.

En una visita a Avignon como embajadora de la República de Florencia dicen que consiguió convencer al Papa, Urbano VI, de volver a Roma y poner punto final al Cisma de Occidente. Murió en Roma en 1380 y fue enterrada en Santa María sopra Minerva, aunque su cráneo se llevó a Siena y se conserva en la iglesia de Santo Domingo. Casi un siglo después fue canonizada por el también sienés Pio II (Enas Silvio Piccolomini, del que enseguida hablamos). Catalina es patrona de Siena, decíamos, pero es también co-patrona de Italia, co-patrona de Europa y Doctora de la Iglesia.

Junto a su casa natal se construyó un Santuario. Hoy se puede visitar la celda en la que dormía y, quizá, tramaba sus planes de paz. Donde intentó arreglar aquella –en palabras de Mújica LaínezEuropa frenética, huérfana de Dios.

6. El Palazzo Piccolomini y el Museo delle Tavolette.

El más imponente de los palacios de Siena lo construyó la familia del más exitoso de los sieneses del Renacimiento: los Piccolomini: Eneas Silvio Piccolomini, el papa Pío II. Uno de los mayores talentos del Renacimiento.

Nacido en una familia noble empobrecida, sus padres lo empeñaron todo para que prosperara de la única forma que podía alguien de su clase: estudiando. Eneas fue destacando por todas las facultades y se ganó la vida de múltiples maneras, entre ellas escribiendo relatos eróticos que se vendieron como autenticos best-sellers. Viajó, hizo contactos, se hizo un hueco en la Iglesia (la otra opción era la abogacía, que no le gustaba) y lideró una facción que abogaba por despojar de poder a los papas, en favor de los concilios.

En 1458 se convirtió él mismo en Papa. Nada podía ser sorprendente en la Italia del Renacimiento. Como pontífice Pío pidió que se olvidaran de todo lo que había hecho y dicho hasta entonces: "no deis más importancia al laico que al pontífice: rechazad a Eneas, acoged a Pío".

Su actividad como Papa fue febril, pero hablemos de su legado material. Eneas había nacido en Corsignano, un aldea desconocida en las cercanías de Siena. Como era poca cosa, decicidió rebautilzarla: Pienza, la tierra de Pío. Y la llenó de monumentos. Hoy es uno de los pueblos más espectaculares de la Toscana.

Con todo, vivir en Pienza no era práctico. Era mejor residir en la capital. Los sobrinos y herederos de Eneas, que nadaban en el lujo, levantaron un nuevo palacio, aún más grande que el de Pienza, en la propia Siena. Se lo encargaron a Bernardo Rossellino, uno de los arquitectos más en boga en Florencia, y este se fijó en lo mejor que se había construido por entonces, los palacios Medici Ricciardi y Ruccellai de Florencia, y el propio Palazzo Piccolomini de Pienza.

Palazzo Piccolomini

El palacio alberga hoy el Archivo Histórico de Siena y un museo de lo más curioso: el Museo delle Tavolette di Biccherna.

La Biccherna era el nombre de la magistratura encargada del control de las finanzas de la república, y tenía una bonita costumbre. Cada año, cuando cerraba las cuentas, encargaba a uno de los artistas de la ciudad que pintara en una tabla de madera (una tavoletta) la cubierta o portada del libro donde se habían hecho todas las anotaciones del año. Esas escenas eran a veces religiosas, a veces cívicas, a veces simbólicas, a veces se dejaban al deseo del pintor.

Por supuesto, estos libros son hoy en día auténticas maravillas. Por dentro, un tesoro documental para los historiadores. Por fuera, joyas de la pintura para el disfrute de todos.

Qué ver en las cercanías y dónde alojarse

Desde Siena, con un coche de alquiler, se puede alcanzar en poco tiempo casi toda la Toscana, una región rica en maravillas urbanas y paisajísticas. Está al alcance la región del Chianti, el precioso Val d’Orcia, abundantes pueblos y varias ciudades históricas repletas de monumentos. Damos unas ideas:

  • Una excursión a la abadía benedictina de San Galgano, a unos 40 minutos. San Galgano es muy conocida por encontrarse en ruinas y carecer de techumbre.
  • Una excursión a la preciosa ciudad de Arezzo, inicio de la Ruta de Piero della Francesca, ciudad monumental y bellísima de la que hace tiempo hablamos aquí en Ruta Cultural.
  • Una visita a los más bellos pueblos de la Toscana. En concreto, desde Siena, se pueden visitar fácilmente San Gimignano, Volterra, Massa Marítima, Montalcino, Pienza, Montepulciano y Cortona. Todos estos pueblos son auténticas maravillas: no exageramos.
  • Un día dedicado a conocer la paradisíaca región del Chianti, conociendo pueblos como Greve y aldeas como Montefioralle, visitando los viñedos, catando los vinos más conocidos de Italia.
  • Un tour por los estupendos baños termales que salpican la región. En este artículo hay mucha información al respecto.
  • Por supuesto, a tiro de piedra está también la inigualable ciudad de Florencia. Por si falta algo por ver…

En cuanto a los alojamientos, es mejor optar por uno que no esté en el mismísimo centro histórico, especialmente si se opta por el coche de alquiler para salir de Siena a excursionar. Dentro de la ciudad hay numerosas restricciones de tráfico, y obtener licencias de circulación y aparcamiento puede ser un engorro. Como la ciudad es pequeña, es fácil acercarse a pie a la zona del Duomo y Piazza del Campo desde las colinas circundantes.

De todos los hoteles de Siena, a nosotros nos gusta recomendar el Palazzo di Valli. Está a las afueras de la ciudad, rodeado de olivos. Es un antiguo palacio, adaptado y decorado con exquisito gusto. Tiene aparcamiento privado gratuito. Nos parece el lugar perfecto desde el que lanzarse a conocer Siena y a explorar la Toscana.

Ocho consejos para visitar Siena

Terminemos con unos apuntes prácticos –gastronómicos, temáticos, de todo tipo en realidad– para disfrutar más y mejor de la estancia en Siena.

En toda Italia es muy socorrido recurrir a una pizza al taglio como comida o cena improvisada, o como merienda. En Siena también se recurre a ella como postre. En pizzería San Martino venden una modalidad de pizza con nutella para tal fin… En cualquier caso, el taglio sienés es muy apreciado. Son pizzas más crujientes y con menos masa que las romanas o las florentinas. Ideales cuando se va mal de tiempo o para reponer fuerzas a mitad del día.

La Antica Osteriada Divo es la más famosa y con mejor reputación de la ciudad. Número uno en TripAdvisor por su excelente relación calidad-precio. Si quieres pagar un poco más, son muy recomendables la Osteria del Coro y La Chiacchera. La Grotta di Santa Caterina tiene el aspecto de una casa sienesa del Renacimiento, y su carta un menú tradicional y sencillo. Quizá sea el mejor sitio para probar el stracotto (hervido de buey con patatas y salsa de tomate) y los scaloppini de ternera. Tiene excelentes postres y vinos del Chianti. Para disfrutar de la pasta hecha al modo tradicional, lo mejor es la Trattoria La Torre.

Nannini

No debe uno irse de Siena sin probar sus dos postres más característicos: el panforte y los ricciarelli. Y el Nannini es el mejor sitio para probarlos

Hablemos del Palio. Es la fiesta grande de Siena: carreras de caballos en plena Piazza del Campo. Color, tradición y ambiente. Es un verdadero espectáculo, pero, como todos los eventos que han alcanzado fama mundial (una de los últimas películas de James Bond empieza justamente en Siena, en pleno Palio) atrae cada vez a más turistas. Verlo en directo desde la plaza es casi misión imposible, pues desde primera hora está todo virulentamente ocupado. Y la carrera no dura más de dos minutos. Si te gustan el gentío y la vocinglería, lo disfrutarás. Si prefieres un turismo más tranquilo, no es lo más recomendable. ¡Pero quiero ver un Palio de cerca! No te preocupes. Lee el consejo número cinco.

El Palio no es una costumbre únicamente sienesa. Se celebran carreras similares, a veces idénticas, en numerosos pueblos de la Toscana, de la Lombardía y del Piamonte. No tienen el marchamo de celebrarse en la Piazza del Campo, pero sí la emoción, el color y la historia. En Saracino, en Torrita di Siena, en Micci, en Balestra, en Pescia, en San Paolino, en Rioni di Castiglion Fiorentino o en Marinaro se celebran palios llenos de historia y con mucho –¡mucho!– menos público.

Siena es ciudad de turistas pero, como ya hemos dicho, la mayoría no se quedan a dormir. Vienen de Florencia o de Roma, bajan del autobús, se hacen fotos en la Piazza del Campo, visitan el Duomo, comen y se van. A la hora del atardecer ya quedan poquísimos. En ese momento, acércate al Duomo, aunque ya lo hayas visto. Verás que, cuando el sol se pone y el ocre de la ciudad se tiñe de dorado, cuando dan los últimos rayos en las estatuas y los mosaicos y la fachada entera parece iluminarse en una infinita gama de naranjas, te alegrarás de haberte quedado. Es un espectáculo. Un premio.

El mármol del Duomo, al atardecer
El mármol del Duomo, al atardecer. Foto.

Esto es para tí, que lees hasta el final. Además del Duomo, la Piazza y la Pinacoteca, Siena otra joyita artística. Se trata del hospital de Santa Maria della Scala. Es uno de los hospitales más antiguos del mundo, y en su interior, que hoy es museo, hay salas deslumbrantes. Allí se conservan algunos de los frescos más hermosos que se pueden ver en la Toscana. Fueron obra, casi todos, de los pintores de la escuela sienesa. Dicen que en el exterior pintaron maravillas increíbles, pero tristemente se perdieron. Los del interior no. Se pueden ver aún, y muy pocos lo hacen.

Una última cosa. El interior del Duomo tiene un pavimiento que es en sí mismo un obra de arte. Es tan delicado y valioso que, normalmente, está tapado. Los visitantes no pueden pisarlo ni apreciarlo. Sólo se abre una pequeña parte. Sin embargo, en algunos momentos del año, normalmente en verano y coincidiendo con las fechas del Palio, pero también en otros días, y a veces de improviso, los custodios del Duomo retiran todo el cubrimiento, y ese suelo histórico y prodigioso se aprecia en toda su extensión. En esas fechas el precio de la entrada se triplica (de 3 a 9€). Aunque duela, no dudes ni por un momento si merece la pena.

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