En la Antiguedad se representaba el placer sin el más mínimo signo de mala conciencia, separando la idea y la materia, el cuerpo y el espíritu; con la presencia del cristianismo, esta separación se llevó al límite haciendo recaer el sentimiento de pecado sobre el deseo carnal. Las imágenes que nos ha dejado el arte sobre el tema, han pasado de las explícitas pinturas griegas conservadas en sus cerámicas, o la exaltación de las idealizadas bellezas de las diosas griegas y romanas, para arrastranos después hacia la culpa cuando en el medievo subían los capiteles considerados indecentes a las partes más altas de los templos, sólo al alcance de los privilegiados, capaces de resistir la tentación.

El Renacimiento permitió disfrutar de señoras de senos exultantes, y la Ilustración nos regaló grabados con auténticas obscenidades.

En la retorcida represión victoriana, los artistas tuvieron que aplicarse con imaginación para dar rienda suelta a las imágenes de sus instintos. La libertad de la líbido en los alegres años 20 dejó paso a miradas inquietantes como la de Balthus, metidos ya en la mitad del siglo XX.

Pero precisamente en los momentos de mayor dureza contra la representación de la sexualidad, es cuando surge como respuesta un estimulante efecto que hace brillar la imaginación de los autores. Un derroche de imaginación que utiliza la mitología, se apoya en la iconografía, o en sutiles encuadres de objetos que dirigen intencionadamente la mirada del espectador al lugar de la provocación oculta. Y aunque miran poco a la Biblia, también han dado mucho juego erótico, Susana o María Magadalena, entre otras.

Durante el barroco y el romanticismo, mujeres envueltas en metros y metros de tela, dejan escapar la voluptuosidad de sus senos por los espléndidos escotes, y a veces sin enseñar nada, el artista consigue desasosegar al espectador como demuestra Fragonat en su célebre obra El Columpio.

El deseo sexual en el arte, se ha visto durante muchos siglos desde el punto de vista masculino, siendo el foco principal de las miradas el cuerpo de la mujer. Hubo que esperar a Tamara Lempicka para ver una autora alejada de la más estricta castidad, aunque los cuadros más sexuales realizados por una mujer son a nuestro entender los de Georgia O´Keeffe, a pesar de que ella insistió siempre en que no era esa su voluntad, la verdad es que es difícil no ver lo que se ve en algunas de sus obras.

Venus de Itálica
Venus de Itálica. Fuente

La Venus de Itálica. S.II a.C. Mármol de Paros.

En el Museo Arqueológico de Sevilla podemos admirar a Venus, la culpable de todo. Esta escultura fue encontrada en 1940 en una casa de Itálica (localidad cercana a Sevilla).

Los poetas fueron los primeros que le dieron sentido a esta Venus sin cabeza:

¡Descabezada Dea¡porque no estás turbada por el vil pensamiento,serás la pura Norma. (Agustín de Foxá).

Está desnuda por que el artista la realizó en la Baetica, cuya cultura nace en una clara relación con oriente, como la Venus de Cnido, y por ello el desnudo esta visto desde un sentido ideal de pureza y belleza originaria, y de Verdad artística.

Pero el poema de Foxá puede tener otra interpretación: Una espléndida figura femenina sin posibilidad de pensamiento, todas sus maldades eliminadas por la pérdida de su cabeza. ¿El triunfo de la virtud sobre la terrible Lilith? -Diosa oriental malvada portadora de seducción que ha perseguido a los hombres infiltrada en el arte occidental-. Posiblemente no, porque para los hombres que temieron el poder de la bella de cabellos largos hay en esta imagen suficientes motivos de seducción.

Su poder sigue presente en toda su geografía marmórea, aunque sólo podamos intuir apenas, el final de unos mechones de su hermosa cabellera suelta cayendo por sus hombros.

Eva de Autún
Eva de Autún. Fuente

Eva de Autún. Maestro Gislebertus.

Durante toda la Edad Media vemos representaciones en las iglesias referentes al tema de la sexualidad. Las más explícitas generalmente alejadas de los ojos del fiel, en los canecillos, o en los capiteles, a no ser que interesara avisarle de la tentación y las consecuencias de caer en el pecado como en esta conseguidísima Eva del maestro Gislebertus en la portada del Juicio Final de la Iglesia de San Lázaro de Autun, fechada en 1130. Hoy se puede ver en el Musèe Rolin.En un brillante ejercicio de adaptación al marco (formaba parte del dintel), el autor consigue dotar de un sinuoso movimiento a la figura.

Sensual e indiferente ante su castigo -lleva arrodillada unos siglos fuera del paraíso perdido- Eva acerca su mano a la boca, y susurra los placeres del pecado a quienes accedan al templo, mientras les ofrece la fruta de la tentación.

Salmacis y Afrodita
Salmacis y Afrodita. Fuente

Hermafrodito y la ninfa Salmacis. Bartholomeus Spranger.

En el Museo de Arte de Viena encontramos este ejemplo de representación del deseo femenino desde el punto de vista femenino, aunque fue pintado por un hombre.

La originalidad de Spranger que firma la obra en 1581, para representar esta escena, no tiene precedentes ni continuadores. La ninfa Salmacis se está comiendo literalmente con los ojos a Hermafrodito. El autor nos convierte en voyeurs, ante esta ardiente y hermosa joven que frente al indiferente y gélido chico, nos hace cómplices de la trampa de esta mujer que envuelta en un deseo sin tapujos, vivo y gozoso acabará venciendo al vanidoso Hermafrodito.

El pasaje mitológico cuenta que esta bella ninfa para satisfacer su deseo paralizó los cuatro miembros del bello joven y sólo dejó movilidad en el miembro restante. El orgasmo le provocó tal entusiasmo que en pleno éxtasis le rogó a los dioses que los dejaran juntos en un sólo cuerpo para la eternidad. Como la petición fue atendida, surgio “hermafrodita”, por derivación del nombre del bellísimo joven.

Las pocas ocasiones que el arte occidental ha mostrado el deseo femenino, lo ha reducido a un momento de locura(Bacantes desatadas), o a una situación de ridículo (José y la mujer de Putifer), o bien a momentos obscenos o a lacrimógenas e impotentes situaciones (Ofelia, Julieta…). Por eso es tan especial esta mirada al deseo femenino.

La Venus del espejo. Velázquez
La Venus del espejo. Velázquez. Fuente

La Venus del espejo. Velázquez.

En la National Gallery de Londres encontramaos a esta hermosa Venus pintada en 1651, que aparece de espaldas, atrapando la mirada del espectador.

Las sinuosas curvas de esta anónima Venus le sirven a Velázquez para representar a la mitológica diosa del amor en el cuerpo de su amante, y dado que era un hombre casado distorsiona con astucia su rostro jugando al equívoco.

De esta forma el genio sevillano deja abierto el análisis de esta obra, que como todas las suyas ha inspirado muchas páginas.

Si el rostro apareciera con nitidez, rompería el equilibrio del cuadro, que respira una atmósfera nebulosa en la que queda reforzado con toda claridad el ondulante cuerpo de la misteriosa dama. Los pinceles de Velázquez nos están diciendo que todo el poder de la diosa reside precisamente en la suave extensión de su pálida piel.

Susana y los viejos. José Ribera
Susana y los viejos. José Ribera. Fuente

Susana y los viejos. José Ribera.

Una escena inspirada en la história bíblica del libro de Daniel, que bajo el pretexto de ensalzar la virtud, sirvió de excusa a muchos pintores en los tiempos de la Contrarreforma, para dejar en sus lienzos espléndidos desnudos femeninos, como éste que vemos del “conflictivo” pintor valenciano que tuvo que huir a Nápoles perseguido por la justicia española.

Es un extraordinario ejemplo del tenebrismo barroco, realizado en 1615, que insiste en mostrar el cuerpo de la mujer como motivo de pecado, aquí una mujer casta que no cede a los propósitos de estos dos viejos verdes, que por cierto son dos ilustres jueces, y que a punto estuvo de morir lapidada por no acceder a sus deseos. Entre Susana y los lascivos jueces, Ribera representa un sátiro, que es aquí la imagen de la lujuria. Con el magistral manejo de luces y sombras, volvemos a tener ante nosostros un cuerpo tan blanco que nos recuerda a la marmórea sensualidad de nuestra Venus de Itálica.

Sol ardiente de junio. Frederic_Lord_Leighton
Sol ardiente de junio. Frederic_Lord_Leighton. Fuente

Sol ardiente de junio. Frederic Leighton.

Esta magnífica Venus, es obra de Lord Frederick Leighton, pintada en plena era Victoriana, el maestro inglés cuya historia podemos seguir en su Casa-Museo se inspira en los patrones estéticos griegos, y convierte a la diosa del placer en un símbolo lleno de lirismo.

A pesar de que no vemos a penas la piel de esta hermosa mujer abandonada en los brazos de Morfeo, todo en ella es pura sensualidad. Leigthon la envuelve en transparentes velos, de influencia oriental y la acomoda en una postura casi imposible, enredando sus miembros en un escorzo que deja entrever parte de la voluptuosa belleza clásica de este cuerpo, relajado a pesar de la sinuosa composición.

El cálido colorido de la obra invita a pensar en un país caribeño, pero Leigthon lo pintó en Londres. Sin embargo, este cuadro que fue subastado en 1940 por sólo 140$, viajó a Puerto Rico de la mano Luis A. Ferré, que lo encontró olvidado en un rincón de una galería de Amsterdan, pagó por él 6000$, hoy vale millones y para admirarlo hay que visitar el Museo de Arte de Ponce fundado por Ferré. Todo un viaje el de esta Venus ¿verdad?

La luz dorada remite a una hora avanzada de la siesta en el momento de una ardiente puesta de sol, con el calor sofocante y húmedo que hace siempre posible el ensueño en los mares del Caribe.

Olimpia. Manet
Olimpia. Manet. Fuente

Olimpia. Eduard Manet.

En 1865 Manet presenta en el Salón de París, esta Venus convertida en una descarada prostituta que vive en las salas del Museo D’Orsay de París.

Manet escandalizó a la sociedad parisina del momento con esta obra inspirada en la Venus de Tiziano, que el francés utiliza para presentar un tema contemporáneo.

Retoma el tema de la diosa del amor y lo coloca a nivel humano con toda la frialdad y lo prosaico del mundo de la prostitución. Descalza un pie de la chica, símbolo de la inocencia perdida, le coloca una orquídea en el pelo, considerada afrodisíaca, y sube a su cama a un gato negro, que en contra de la fidelidad que representaría un perro, está relacionado con la promiscuidad y el erotismo.

Olimpia no pone su mano entre las piernas por pudor, es que aún no llegó a un acuerdo con su cliente, que le envía un ramo de flores, como parece ser era la costumbre.

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Black Irish. Georgia O’Keeffe.

En el O’Keeffe Museum de Santa Fé, hay una amplísima colección de la obra de esta norteamericana, enamorada de los paisajes de Nuevo México.

Toda la obra de O’keeffe es una interpretación exuberante de la realidad. Exuberante por la sensualidad que trasmiten sus lienzos.

Es imposible no ver vaginas en sus acantilados o penes en sus meandros a vista de pájaro. Ella siempre explicó que se limitaba a contemplar la realidad, veía lo bello que hay en ella y lo pintaba.

El iris es una flor muy representada en el arte occidental, utilizada como un símbolo del sufrimiento de la Virgen, es una metáfora pictórica del dolor de una madre.

Pero O’keeffe, en sus sutiles representaciones plasma las felices y bellísimas formas que componen estas flores, en las que no somos los únicos que vemos un clítoris.

Consciente o inconscientemente, el sexo, ambos sexos, aparecen en estos lienzos, a través de los pinceles de una mujer que sólo intenta pintar lo más hermoso de la naturaleza

Louise Bourgeois 1982, printed 1991 by Robert Mapplethorpe 1946-1989

Fillette (Muchachita). Robert Mapplethorpe

Este es el retrato de una anciana feliz, con una pícara y atractiva sonrisa. Pero ¿que lleva bajo el brazo? ¡vaya¡ ¡un enorme falo¡

La anciana es la famosa escultora Louise Bourgeois, que es además la autora del falo. El fotógrafo, un conocido artista homoxesual que ha escandalizado en más de una ocasión a la sociedad norteamericana.

No ha buscado a una chica joven y atractiva, le concede esta especie de triunfo ante el sexo contrario a una mujer mayor, y al presentarla con ese falo “castrado” y humillante, se ríe de la obsesión masculina por centrar su poder en ese lugar de su cuerpo. ¿O no es una burla?. Hay algo de la diabólica Lilith en esta imagen, ¿no creen?.

Aunque bien podría ser también una declaración de amor, de Louise y de Robert al sexo masculino.

Lo que si parece claro, es que el poder femenino en el mundo de Eros, está presente de una u otra forma a lo largo de toda la Historia del Arte.

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Los amantes. René Magritte.

Todo este post habla de erotismo, de diosas del amor, de deseo y pecado, de mito y religión, de hombres y mujeres, pero no hemos hablado de besos.

Este de Magritte, que está en una colección particular, es uno de los besos sobre los que más se ha escrito.

Pintor del movimiento surrealista solía decir que “la realidad es tan equívoca, incoherente y abstracta como cualquier pintura”

Un beso sin labios, sin miradas, sin piel…entren y vean e interprétenlo.