Al oeste de Berlín, entre el alargado Tiergarten, que custodia la Columna de la Victoria, y el Estadio Olímpico, se encuentra una de las joyas de la capital alemana. El Palacio Charlottenburg es un vestigio del nacimiento de Prusia como reino, y una de las residencias reales durante las décadas en las que la dinastía de los Hohenzollern se hizo un hueco entre las potencias europeas. Sin duda, merece una visita.

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La portada de Charlottenburg Foto

En 1695 los Hohenzollern todavía no pertenecían a la realeza. A las espaldas llevaban dos siglos luchando por hacer del Margraviato de Brandeburgo un Estado a tener en cuenta en el tablero alemán. Una buena parte de la empresa la llevó a cabo Federico Guillermo I de Brandeburgo, el “Gran Elector” subastó continuamente su alianza, muy codiciada. Su disciplinado ejército era un bien deseado por sus poderosos vecinos y el elector lo tenía claro: ser neutral no era una opción.

Su sucesor, el margrave elector Federico III de Brandeburgo, recibió un Estado con una sólida base territorial e institucional para el futuro. El antaño pequeño margraviato comenzaba a coger las riendas de su destino y se había ganado el respeto de buena parte de Europa. La esposa de Federico, Sofía Carlota, encargó una residencia veraniega en Berlín a la altura de una corte en pleno crecimiento. En 1699 se inauguró, durante el 42 cumpleaños de Federico, el palacio de Lietzenburgo.

Federico I de Prusia
Federico I de Prusia Foto

Dos años más tarde, el margrave elector se coronó a sí mismo como Rey de Prusia, eso sí, con la bendición del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (que buscaba ayuda entre sus vecinos imperiales para luchar contra los Borbones). El título suscitó algunas risas, pero el mensaje de, ahora Federico I, no podía ser más claro: Prusia era una zona periférica para Brandeburgo en continua disputa con Polonia y a veces con Suecia. Era una salida al Báltico a la que no le faltaban pretendientes y el nuevo monarca no dejó pasar la oportunidad de legitimar una de sus propiedades más difíciles de controlar.

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Vista del palacio desde los jardines Foto

Pero volviendo al palacio, la nueva corte sufrió una impresionante ampliación. Federico I quiso convertirla en una de las más lujosas de Europa, y no era un mero capricho. La corte de un Estado moderno era un medio de comunicación hacia dentro, y al mismo tiempo hacia fuera. Mientras que gobernaba sobre los asuntos propios de Prusia, proyectaba su poder al resto de Estados. El propio hecho de coronarse a sí mismo ya mandaba un poderoso mensaje.

Este desembolso en lo ostentoso fue visible en el palacio de su esposa. El arquitecto real, Johan Friedrich Eosander fue enviado a Italia y Francia para aprender del barroco, y en 1702 amplió el palacio con dos nuevas alas laterales. El feliz momento que vivía Federico se truncó con la muerte, en 1705, de Sofía Carlota, y en su memoria renombró el palacio como Charlottenburg.

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El invernadero de naranjas Foto

Entre las zonas más señaladas del palacio se encuentra el invernadero de naranjas, donde se realizaban algunas de las festividades más importantes de la corte durante el verano. Aunque si Charlottenburg tuvo algo que destacara sobre el resto de palacios fue la habitación del ámbar, una sala completamente recubierta de ámbar decorativo. Según los que tuvieron la suerte de verla, era “la octava maravilla del mundo”.

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Reconstrucción actual de la habitación del ámbar Foto

Tras la muerte de Federico I en 1713 la vida del palacio cayó en la penumbra del desuso. El heredero del ostentoso y refinado Rey prusiano, Federico Guillermo I fue todo lo contrario a su padre. Tras la austeridad de la que se enorgulleció de practicar en vida (había surgido un fuerte rechazo al inmenso gasto de su padre), se escondía un hombre descrito en numerosas ocasiones simple y llanamente como “bestia”. Una austeridad, en definitiva, a veces revestida como una completa falta de sensibilidad por las artes.

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Federico Guillermo I de Prusia Foto

A pesar de la dura apariencia, el militarista (siempre llevaba uniforme) Federico Guillermo I, fue un buen gobernante que consolidó la administración de Prusia y redujo el gasto cuando más era necesario. Mejoró el comercio interno y el sistema de cantones militares situó a Prusia con el cuarto mayor ejército de Europa, y probablemente, el mejor adiestrado. Puso al Estado por encima de todo, y para reforzar sus relaciones con Rusia, regaló al Zar Pedro el Grande la habitación del ámbar, una joya inigualable que no le despertaba el más mínimo interés.

Su heredero, Federico II el Grande, mostró desde pequeño un enorme interés por las letras y las artes, lo que le valió la continua desaprobación de su padre. Una vez ascendió al trono, recuperó parte del lujo de su abuelo y la corte volvió a brillar. Volvió a hacer uso de Charlottenburg, junto al Palacio Real de Berlín, y mandó ampliarlo siguiendo las líneas marcadas décadas atrás por Eosander. El palacio de Sofía Carlota volvió a estar lleno de vida, y durante generaciones fue una de las residencias más importantes (siempre a la sombra del Palacio Real) de los Hohenzollern.

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Federico II el grande, en el único retrato que aceptó Foto

Fue con Federico II cuando Prusia alcanzó por primera vez una posición verdaderamente importante en el mapa europeo. Su gusto por el arte y las letras no le privaron de ser un maestro militar, de hecho fue el comandante de sus tropas sobre el campo. Luchó en sus batallas y más de una vez la muerte estuvo cerca de encontrarle. Se enfrentó cara a cara contra toda Europa durante la Guerra de los Siete Años y aunque con un alto coste, salió airoso.

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Parte de los jardines de Charlottenburg Foto

Prusia había ingresado en la élite y hablaba de tú a tú con Austria. El palacio de Charlottenburg había crecido junto a Prusia, que ejercía de contrapoder en el Sacro Imperio Romano Germánico de los Habsburgo. Aunque todavía no tenía un papel hegemónico, derrotaba a las tropas rusas, francesas y austriacas por igual en hazañas que todavía se estudian en las academias militares.

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La galería del oro del nuevo ala, encargada por Federico II Foto

Mucho tiempo después el sueño de verano de Sofía Carlota dejó de ser residencia a tiempo parcial de los Hohenzollern, a la muerte de Federico III en 1888. Bajo régimen imperial, la dinastía hizo del Palacio Real de Berlín el centro total de su vida política y privada.

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Fachada trasera de Charlottenburg Foto

Charlottenburg sufrió importantes daños estructurales durante la Segunda Guerra Mundial, al igual que el Palacio Real. No obstante, corrieron distinta suerte; mientras que la residencia oficial de los Hohenzollern fue demolida (actualmente en reconstrucción), Charlottenburg fue restaurado al encontrarse en mejores condiciones que su hermano mayor.

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Peregrinación a la Isla de Citera Foto
Si quiere disfrutar de una cómoda estancia en Berlín, el B&B Hotel Tiergarten-Berlin se encuentra en una de las mejores zonas de la ciudad. Cerca del palacio Charlottenburg así como de otras joyas de Berlín, como la Puerta de Brandeburgo o el Reichstag.

Hoy el palacio se puede visitar para conocer los aposentos de Federico I el Grande, así como la colección de pintura francesa del XVIII, la mejor de su clase fuera de Francia, que incluye la Peregrinación a la Isla de Citera de Antoine Watteau. La colección se encuentra en el “nueva ala”, encargada por Federico II y, a falta de la habitación del ámbar, sus hermosos salones visitables merecen la pena la entrada.

Charlottenburg reluce tal y como antaño, con la estatua de Federico Guillermo I, el Gran Elector, custodiando la entrada del palacio. En lo alto de la cúpula, la diosa fortuna corona el edificio en forma de veleta, desde donde contempla los jardines del palacio. Ahora están abiertos al público como un parque, pero no uno cualquiera; son una joya del barroco que cualquier ciudadano, o turista, puede y debe visitar.

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El gran elector custodia la entrada al palacio Foto