Los Castelli Romani son trece pueblos diseminados a lo largo de las Colinas Albanas, al sureste de Roma. Pueblos con encanto, se podría decir. Y con paisajes. Y con viejos castillos, iglesias y palacios. Y con una larguísima historia.

Estos pueblos fueron en su día el hogar de los latinos, el primer pueblo al que se enfrentaron los romanos, el que terminó dando nombre a la región del Lacio. Ya en la antigüedad tenían fama de lugar tranquilo, ideal para el retiro y la escapada. Algunos emperadores, como Domiciano, se construyeron en esta zona villas de descanso. Mucho después, los papas los imitaron: uno de los grandes atractivos de la zona es el Palacio Pontificio de Castel Gandolfo, uno de los Castelli.

Paisaje, cultura, tranquilidad y gastronomía es lo que ofrecen los Castelli Romani. Son famosos por su porchetta y por sus vinos blancos, variados y de gran fama. Son destinos ideales para los que deseen pasar un día, o varios, relajados. Y para los que, en plena visita a la ciudad de Roma, quieran tomar distancia con la urbe, respirar aire puro y conocer un enclave bellísimo y muy relacionado con la capital.

Los que lo hagan estarán siguiendo, además, el mismo itinerario que siguieron los viajeros del Grand Tour. El mismo que siguieron pintores como Corot y Turner. O escritores como Goethe, que dijo haber puesto un pie en el paraíso cuando los visitó.

Cinco lugares especiales en los Castelli Romani

Hay muchos más: Marino, Grotaferrata, Colonna, Lariano, Rocca Priora. Lo que sigue es nuestra selección: cinco lugares que, seguro, no te van a decepcionar. Y que tienen atractivos muy variados.

Arquitectura y vino en Frascati

La llaman "la ciudad del vino", a Frascati. Tan relacionadas están, vino y ciudad, que por frascati un italiano de más allá del Lazio entenderá el nombre de un vino blanco, no de una ciudad y mucho menos de un pueblo. Son vinos frescos, afrutados, producidos con las famosas uvas Malvasia y Trebbiano, perfecto para acompañar la clásica carbonara romana. Hace algún tiempo casi mueren de éxito: los índices de ventas subían y subían, llegó la sobreproducción, bajó la calidad. En los últimos años, por suerte, los productores han retomado el camino correcto, el de la calidad, y el frascati está viviendo un auténtico revival.

Villa Aldobrandini
Villa Aldobrandini, en Frascati. Foto de Leonardo Sagnotti.

Pero Frascati es mucho más que su vino. Es, de hecho, el más monumental de los castelli romani. Varias villas grandiosas la decoran, entre las cuales destacan la Aldobrandini y la Torlonia, dos auténticas joyas construidas por la nobleza romana del Renacimiento tardío y del Barroco. La Iglesia de San Pedro y la preciosa Plaza Marconi completan el notable patrimonio de Frascati, que es, con justicia, el más importante de los castelli, el más visitado, el mejor comunicado.

Retiro de papas y emperadores, Castel Gandolfo

Si Frascati es el más importante, Castel Gandolfo es, sin duda, el más conocido. Es un pueblo pequeño, pero con muchísimo encanto. Tiene calles de piedra y pequeñas plazas con sabor antiguo, desde las que se adivinan los paisajes de postal que lo rodean. Pero es más conocido que sus vecinos por ser el lugar de veraneo elegido por los papas de Roma desde el siglo XVII. Un precioso palacio en un lugar idílico, asomado al Lago Albano.

Castel Gandolfo

Han dicho algunos arqueólogos que aquí se asentó la mítica ciudad de Alba Longa, fundada según la leyenda por Ascanio, hijo de Eneas, y luego destruida por los romanos. Domiciano se construyó allí una villa de recreo de las que han quedado las ruinas de unos baños quizá dedicados a Diana, conocidos con el –precioso– nombre de Ninfeo Bergantino. Tienen esa belleza ilusoria, fragmentaria, de las ruinas, ese aire a gloriosa decadencia, ese olor a paraíso perdido que encantaba a los románticos.

En el siglo XVII llegaron las papas, y lo hicieron para quedarse. En un balcón natural, frente al lago, con vistas magníficas, construyeron el Palacio Pontificio, donde pasan desde entonces los veranos. Desde hace unos años es un monumento visitable.

Las freschette de Ariccia

Retomemos la alegría. En Ariccia, otro pueblo encantador, lo más famoso son las freschette, pequeñas y rústicas tabernas que ofrecen cenas a base de quesos –¡tienen un pecorino espectacular!-, aceitunas y platos tradicionales romanos, como los bucatini all’amatriciana o la celebérrima porchetta, carne de cerdo sazonada con romero, ajo e hinojo, asada en horno de leña.

Colegiata de Ariccia
Colegiata de Ariccia

Ariccia tiene también un importante patrimonio, y en él destaca la Colegiata de Santa María Assunta, una iglesia barroca en cuyo diseño participó el gran Gianlorenzo Bernini.

Nemi y su lago, el "espejo de Diana"

Otra de las maravillas paisajísticas de los castelli romani es Nemi. Es un pueblo conocido y apropiado por sus paisajes y por sus fresas, que crecen en el cráter de un volcán –todos los Montes Albanos son volcánicos–, en medio de un microclima que retiene el calor del sol. Son fresas muy pequeñas –fragoline, las llaman– y muy, muy dulces. Al final de cada primavera celebran una fiesta llamada sagra donde se pueden degustar esas fragoline recién recogidas y un sinfín de manjares: bayas, salsas, salchichas, licores, trufa…

Fragoline de Nemi
Nemi, el más escénico de los Castelli Romani

Nemi es también la sede un museo único en el mundo, objeto de una historia tristísima. Se trata del Museo de las Naves Romanas. Lo construyó Mussolini y por lo tanto estuvo rodeado de un impresionante aparato propagandístico; en esta ocasión, justificado. Se habían recuperado, por fin, dos barcos romanos del fondo del "espejo de Diana", que es como llaman los locales al lago de Nemi. Dos barcos mencionados en su día por Suetonio y hundidos, probablemente, como parte del ritual de la damnatio memoriae al que fue condenado el ínclito emperador.

Las mentes más talentosas del Renacimiento intentaron recuperarlas, en vano. Los fascistas tuvieron que drenar parte del lago y extraer las naves con sumo cuidado. Una vez recuperadas, construyeron ad hoc, cuyo interior semejaba el casco de las naves expuestas, como un reflejo.

En 1944, solo doce años después de su construcción, el museo se incendió. Ocurrió en pleno avance aliado durante la Segunda Guerra Mundial, pero no le cayó ninguna bomba. Fueron dos soldados nazis los que, con su ejército en retirada, entraron y, según parece, lo quemaron todo a propósito. La leyenda apócrifa que se contaba sobre Notre-Dame de París, según la cual Hitler había ordenado su destrucción y el encargado de volarla finalmente se arrepintió, en Nemi fue tristemente cierta, no por orden del Fuhrer sino por el odio o la venganza o el resentimiento de dos soldados anónimos. El caso es que no quedó casi nada de los barcos. Hoy se muestran dos reproducciones a escala 1/5 de los grandiosos barcos originales, y unos paneles explican y reconstruyen su historia.

Los monumentos y las vistas de Albano Laziale

Para terminar, otro pueblo de toponimia bella e inconfundible: Albano Laziale. Erigido también en lo alto de una colina volcánica, con vistas al Lago Albano, tiene sus mayores atractivo en su preciosa catedral barroca, consagrada a San Pancracio; y en los jardines que se construyeron los Doria-Pamphili, una de las familias de más renombre de Roma.

Jardines Doria-Pamphili en Albano Laziale
Jardines Doria-Pamphili en Albano Laziale

Y tiene abundantes ruinas romanas: la puerta Pretoria, el llamado Cisternone, un depósito de agua que se construyó en tiempo de Septimio Severo y que todavía hoy se utiliza (no había obsolescencia programada, en tiempos de Septimio Severo), un anfiteatro, una tumba que recuerda la lucha de los Horacios y los Curiacios (la que pintó el célebre David) y una tumba dedicada a los héroes legendarios.

Alojamiento y consejos

Los Castelli Romani tienen una ventaja: son variados y están muy cerca de Roma. Se pueden visitar, por lo tanto, de muchas maneras. En un día (incluso en una mañana) pueden verse un par de ellos que interesen especialmente, y volver a Roma para comer. O puede uno alojarse en alguno de ellos e irlos visitando todos, como un coleccionista sibarita.

Desde Roma se puede llegar a Frascati tanto en tren como en autobús. Una vez allí es más difícil moverse de un pueblo a otro, por lo que lo más recomendable es contratar una visita guiada que incluya transporte o, mejor aún, hacer la ruta en coche de alquiler.

Si eliges esta última opción, descansar unos días e ir viendo la zona con calma es la mejor opción. Y aunque uno no puede dormir donde lo hacen los papas, hay un hotel en Castel Gandolfo que ofrece habitaciones con vistas al lago. Se llama precisamente Le Finestre sul Lago, que en español significa las ventanas sobre el lago. Es una preciosidad que recomendamos encarecidamente.

Para más información sobre cada uno de los pueblos, el sitio oficial de los castelli ofrece una guía gratuita en pdf muy completa, y, por lo general, exceptuando algunos errores, bastante bien traducida.