Cuando el fuego sólo podía obtenerse de la fricción entre palos de madera seca, o de las chispas de un pedernal, encender una hoguera podía ser más trabajoso que mantener una siempre encendida. Y en muchos lugares eso es exactamente lo que se hacía.

Es probable que la costumbre naciera primero en el ámbito privado, en el seno de las familias más numerosas o en los hogares más ricos, capaces de dejar uno o varios miembros al cuidado de un fuego siempre encendido. Y en muchas poblaciones esa costumbre doméstica acabaría por convertirse en una suerte de ritual público; una hoguera al servicio de la comunidad, un fuego que nunca se apaga como símbolo de vitalidad y buenos augurios. Un fuego que además de cumplir una utilísima función iría poco a poco tiñéndose de superstición, asociándose a la religión y a los dioses protectores del hogar y de la ciudad.

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Es sabido que uno de esos lugares fue Alba Longa, la ciudad que durante un tiempo encabezó la Liga Latina y fue la predecesora espiritual de Roma (y su nexo directo con Eneas y con Troya). Cuando aún estaba gobernada por los reyes, Roma destruyó Alba Longa, pero acogió a la mayoría de sus habitantes –que se asentaron en colina Celio– y adoptó su culto al fuego sagrado. Pudo ser porque en Roma también existiera un culto similar o pudo estar relacionado con otra leyenda, pues se dice que junto al fuego de Alba Longa se custodiaban varias reliquias veneradísimas: las que había traído Eneas desde Troya. Entre ellas el Palladium, una figurilla de Atenas-Minerva.

Relieve de una vestal. Época adrianea.
Relieve de una vestal. Época adrianea. . Fuente

La leyenda atribuye al reinado de Numa Pompilio la fundación, en las faldas del Palatino, de un templo dedicado mantener vivo el fuego sagrado, fuego asociado al culto de Vesta, la diosa del hogar, la adaptación latina de la –mucho menos importante– griega Hestia.

Al servicio de Vesta y de su fuego sagrado quedaron unas sacerdotisas muy especiales, las Vestales: mujeres que asumían la tarea siendo aún niñas de entre los seis y los diez años de edad, que debían desempeñarla durante treinta años, que durante ese tiempo debían mantenerse castas y que debían pertenecer a familias patricias y carecer de cualquier defecto físico. Obligación de las vestales era mantener vivo el fuego, custodiar las reliquias y atender la correcta realización de los rituales a él asociados. Vivían dentro de los muros del Atrium Vestae –o Casa de las Vestales– pero no llevaban una vida de clausura. No sólo podían salir sino que, cuando lo hacían, su presencia era considerada casi sagrada: tenían preferencia en el tránsito urbano y asientos reservados en todos espectáculos junto a familia imperial. Lesionarlas llevaba aparejada la pena de muerte.

Por contra, el incumplimiento de su voto de castidad se castigaba también con la muerte, pues se consideraba un insulto a la propia Roma: la vestal que la incumplía era enterrada en viva, aunque a este extremo se llegó en pocas ocasiones. Terminado el servicio, las vestales eran libres para casarse, para lo que solían tener numerosos pretendientes, o hacer lo que quisieran.

El Templo de Vesta en el Foro Romano

El primitivo templo dedicado a Vesta debió ser una construcción hecha de paja y mimbre, seguramente no muy distinta de las más antiguas cabañas del Lacio, con una apertura cónica en el centro para dejar salir del humo. A causa de los incendios debió afrontar varias reconstrucciones y la última de ellas se hizo bajo al impulso y supervisión de Giulia Domna, la mujer de Septimio Severo, a finales del siglo II d.C.

Templo de Vesta
Templo de Vesta. Fuente
Templo de Vesta
Templo de Vesta. Fuente
Templo de Vesta
Templo de Vesta. Fuente

Por los vestigios que se encontraron en el Foro, aquel templo debió custodiar la celda interior con un muro circular de piedra decorado con pilastras y ensanchado, en busca de una mayor monumentalidad, con una hilera de columnas corintias apoyadas sobre bases separadas del podio.

El friso mostraba finísimas escenas decorativas, relacionadas con el culto y el ritual del sacrificio. En el interior, en contra de lo habitual, no había estatua de ningún dios; sólo el fuego sagrado. En el piso inferior, subterráneo, se custodiaban las veneradas reliquias de Troya.

El Atrium Vestae o Casa de las Vestales

Al sur del templo, casi adosado a él, estaba la Casa de las Vestales. Era una mansión lujosa, construida o ampliada por última vez entre los reinados de Domiciano y Trajano. Llegó a tener tres pisos extendidos en torno a un largo atrio central en cuyo centro se situaban tres estanques. Hay referencias que dicen que en época de Constantino el estanque central estaba constantemente lleno de flores. En torno al atrio estaban situadas las estatuas de las vestales más veneradas, varias de las cuales se recuperaron en excavaciones recientes y pueden verse aún, aunque no se conoce con seguridad el lugar donde se ubicaban en la Antigüedad.

Casa de las Vestales
Casa de las Vestales. Fuente
Casa de las Vestales
Casa de las Vestales. Fuente
Casa de las Vestales
Casa de las Vestales. Fuente
Casa de las Vestales
Casa de las Vestales. Fuente
Casa de las Vestales. Al fondo, el Templo de Vesta
Casa de las Vestales. Al fondo, el Templo de Vesta. Fuente

Las habitaciones de las vestales estaban con toda probabilidad en la primera planta. En el lado Sur se extendían almacenes, cocinas y un horno. El uso de las habitaciones del lado Norte no se ha podido confirmar aún, si bien el edificio albergar también a cierto personal de servicio.

El culto de las vestales se mantuvo activo hasta el año 396 d.C., cuando Teodosio lo prohibió. El edificio pasó entonces a desempeñar un uso administrativo y poco a poco se fue abandonando a una suerte similar a la del resto del Foro.

Es necesario un ejercicio de imaginación para completar el paisaje que esbozan las ruinas pero incluso hoy, con los pocos restos disponibles, el lugar conserva esa atmósfera de recogimiento que protegía a las sacerdotisas en Vesta, y que hoy reconforta al turista entre el ajetreo y el caos del Foro Romano.