C.S. Lewis es mundialmente conocido por ser el autor de sagas de novelas fantásticas y de ciencia ficción, como la Trilogía cósmica o Las crónicas de Narnia, y por formar, junto a J.R.R. Tolkien, el círculo literario y filosófico de los Inklings en torno a la Universidad de Oxford. Menos conocida, pero no menos brillante, es su labor de ensayista y crítico literario (Lewis fue profesor de literatura en Oxford durante toda su vida), así como una pequeña obrita suya, publicada en 1963 y titulada La experiencia de leer.

Una aguda reflexión sobre las diferentes formas de leer tanto como un canto de amor a la literatura, La experiencia de leer es una inagotable fuente de reflexiones en torno a la lectura: Lewis nos explica cómo los buenos libros se pueden identificar por su capacidad para generar buenos lectores, cómo los buenos lectores se diferencian de los malos en que aquéllos leen para crecer y éstos para descansar, cuál es la diferencia entre usar la literatura o recibirla o por qué es importante que aprendamos a salir de nosotros mismos para dejar espacio a la obra de arte, y así, como había dicho Proust, poder “ver el mundo con ojos nuevos”.

Nos instalamos ante un cuadro para que éste nos haga algo, no para hacer nosotros algo con él. Lo primero que exige toda obra de arte es una entrega.

Para ilustrar sus puntos de vista Lewis hace frecuentes giros y comparaciones, y una de ellas le lleva a dar un largo rodeo a través del arte de la pintura, que en su opinión comparte con la literatura las dos posibilidades de aproximación que componen su tesis principal: el uso y la recepción.

¿A qué se refiere Lewis cuando habla “usar los cuadros”? A verlos así:

El interés recae sobre lo que podríamos llamar las cualidades «narrativas» del cuadro. Es muy raro que se mencione la línea, el color (como tal) o la composición. A veces, la habilidad del artista sí se menciona («Mire usted cómo ha logrado reproducir el efecto de la luz de la vela en las copas de vino»). Pero lo que se admira es el realismo […] y la dificultad, real o supuesta, que entraña lograrlo. […] Esta actitud ante la pintura —que fue también la mía en cierta época— casi podría definirse como «uso» de los cuadros. Mientras se persiste en ella, el cuadro —o más bien una selección apresurada e inconsciente de algunos de sus elementos— es usado como un arranque automático para ciertas actividades imaginativas y emocionales del sujeto. Dicho de otro modo: se hace algo con él.

Ese uso, nos dirá a continuación, no es necesariamente malo, incluso puede ser muy bueno, pero siempre es insuficiente.

Las Tres Gracias, de Tintoretto
Mercurio y las Tres Gracias, de Tintoretto

Las actividades subjetivas a que se entregan las personas a partir de los cuadros pueden ser de muy distintos niveles. Las tres Gracias de Tintoretto pueden ser, para determinada persona, un mero apoyo para su imaginación libidinosa; esa persona usa la obra como pornografía. Otra persona puede usarla como punto de partida para una reflexión sobre el mito griego, que, en sí mismo, es valioso. A su manera, ese mito podría obrar efectos tan buenos como el cuadro mismo […] Los usos que pueden hacerse de los cuadros son variadísimos y habría bastante que decir sobre muchos de ellos, pero lo único que, con seguridad, podemos decir en contra de todos y cada uno de ellos es que, esencialmente, no constituyen apreciaciones adecuadas de los cuadros.

En último término, sea el uso del cuadro –o del libro– más o menos bueno, esta manera de aproximarse al arte es siempre insuficiente porque al usarlo nos hacemos inmunes a lo que éste podría obrar en nosotros. Lewis, en una hermosa defensa de las capacidades educativas del arte, lo dice así:

La auténtica objeción que cabe hacer a esa manera de disfrutar la pintura consiste en que en ella la persona nunca va más allá de sí misma. Cuando el cuadro se utiliza de ese modo, sólo puede extraer de la persona lo que ésta ya tenía dentro de sí. Hay una nueva región que el arte pictórico como tal ha añadido al mundo, pero la persona permanece más acá de su frontera

Lewis defiende en otro momento que la literatura –pero también el arte– es el único elemento que puede curar las heridas de la individualidad sin socavar sus privilegios. Pero para eso es necesario que la propia individualidad, por un momento, se ponga en suspenso, se abra a lo nuevo. En eso consiste “recibir” una obra de arte:

No debemos soltar nuestra propia subjetividad sobre los cuadros haciendo de éstos su vehículo. Debemos empezar por dejar a un lado, en lo posible, nuestros prejuicios, nuestros intereses y nuestras asociaciones mentales […] Después de este esfuerzo negativo, el positivo. Debemos usar nuestros ojos. Debemos mirar y seguir mirando hasta que hayamos visto exactamente lo que tenemos delante. Nos instalamos ante un cuadro para que éste nos haga algo, no para hacer nosotros algo con él. Lo primero que exige toda obra de arte es una entrega. Mirar. Escuchar. Recibir. Apartarse uno mismo del camino. (No vale preguntarse primero si la obra que se tiene delante merece esa entrega, porque sin haberse entregado es imposible descubrirlo.)

Las poco más de ciento cincuenta páginas de La experiencia de leer están repletas de este tipo de mirada aguda y sabia reflexión. Son una advertencia contra el uso del arte –y contra el individualismo mal entendido–, una guía para su entendimiento y recepción y una vacuna contra el esnobismo y la pedantería.

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