Bruselas es la capital de Bélgica, y en muchos sentidos, funciona de nexo de unión de las dos bélgicas. Porque sí, hay dos: la flamenca y la valona, o la neerlandesa y la francesa. Y Bruselas está ahí, prácticamente en el centro del país, dividiendo esas dos realidades, y al mismo tiempo, uniéndolas en perfecta armonía.

Una visita a Bruselas puede empezar en el Parque del Cincuentenario, para dejarnos caer, literalmente, por su historia, su presente como capital institucional de la Unión Europea y su pasado como centro de la bolsa mundial. Algo que lleva a pensar en la importancia de la ciudad que ha sido dentro del concierto europeo durante siglos.

El Parque del Cincuantenario Foto
El Parque del Cincuentenario Foto

El parque, construido para conmemorar los cincuenta años de la independencia de Bélgica, está dominado por un palacio, en cuyo centro hay un arco de triunfo que recuerda a la Puerta de Brandenburgo. Con forma de U, el palacio parece abrazar al visitante, y en su interior alberga tres museos: de historia militar, del Cincuentenario y de coches de época.

Tras la relajante visita, con un paseo por el parque, a solo unos metros en dirección al casco histórico, encontramos varios edificios de la Unión Europea. A ambos lados de la avenida se encuentran la sede del Consejo Europeo y de la Comisión Europea. Aunque la verdadera joya está todavía en construcción; es el edificio Europa y será la nueva sede del Consejo. Su fachada, compuesta por ventanas de madera de diferentes tamaños, rompe por completo con la monotonía grisácea del barrio europeo de Bruselas.

Siguiendo unos cuantos cientos de metros calle abajo, uno acaba en el Parque de Bruselas. Esta zona verde es un vestigio de la influencia de la francomasonería en el siglo XVIII. Sus avenidas están alineadas para tener la forma de un compás (uno de los símbolos de la francomasonería), y a vista de pájaro se puede apreciar el diseño perfectamente.

El Palacio de Bruselas Foto
El Palacio de Bruselas Foto

Cruzando el parque, cuyo pequeño paseo merece mucho la pena, queda a un lado el Palacio de la Nación, y al otro el Palacio de Bruselas. Estos edificios del finales del XVIII y principios del XIX, son dos visitas que merecen la pena. Es una zona que confiere a la ciudad un aire napoleónico. Todos los edificios del entorno encajan a la perfección, y mirando al Palacio de Bruselas, con la calle empedrada, uno casi ve pasar delante de sus ojos caurruajes de otra época.

Aunque para seguir hacia el destino lógico, que es la Grand Place, muchos recomendarían un camino más directo, merece la pena seguir rodando hacia abajo por la acera del Palacio Real. Si se gira hacia la izquierda, se entra en la Plaza Real, con una vista de 360 grados que nadie debería pasar por alto en Bruselas. En el centro, una estatua a Godofredo de Bouillon, que fue gobernador de Jerusalén; al fondo, el imponente Palacio de Justicia, y museos rodeando toda la plaza.

Plaza Real de Bruselas Foto
Plaza Real de Bruselas Foto

Si un visitante está interesado en el arte debe entrar a los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica. Las colecciones son el sueño de cualquier interesado en el arte flamenco, con obras de Rogier van der Weyden, Brueghel el Viejo o van Dyck. Además de una sala Rubens con más de 20 obras del autor. Por otra parte, el museo de instrumentos musicales, en la misma plaza, también merece una visita.

Aunque los pasos de uno quieran ir en dirección al centro, a por unas patatas fritas, bombones o una cerveza belga, el Palacio de la Justicia tiene una visita obligada. No solo porque impone más de cerca que de lejos, sino porque a la derecha, según se llega por una calle atravesada por el tranvía, está el Monumento a la Gloria de la Infantería belga por las dos guerras mundiales. Tras el monumento, un mirador con una vista inigualable de Bruselas.

Para seguir la visita, hay que volver a la Plaza Real, aunque por el camino uno puede parar un segundo a contemplar la iglesia de Notre Damme du Sablon, y por supuesto, visitar sus naves góticas. Pero de vuelta a la plaza, y girando a la izquierda, se encuentra otra vista sin igual de Bruselas. En el Monte de las Artes, hay un pequeño mirador perfectamente alineado con la torre del Ayuntamiento, el siguiente destino.

Vista desde el Monte de las Artes  Foto
Vista desde el Monte de las Artes Foto

Sobre la mejor manera de llegar a la Grand Place quizás no haya mucho escrito, pero es un tema de discusión que merece la pena tener en cuenta. Algunos creen que es mejor no ver la torre del ayuntamiento mientras se accede; nosotros os recomendamos entrar desde la Rue Chair et Pain, la experiencia es sobrecogedora en cada momento. En cualquier caso, la plaza puede dejar si aliento hasta al turista más experimentado, y al final, por dónde se acceda, es un asunto menor.

Después de tanto andar, es necesario pararse a tomar algo, y nada mejor que en la zona más histórica de Bruselas. No hay excusas, hay que comer patatas fritas, ya que está en la tierra en la que, según los expertos, mejor se hacen. A donde fueres… En la propia Grand Place hay diferentes lugares en los que tomarse algo, pero si paseamos por la Petite Rue des Bouchers, conoceremos una Bruselas de callejas donde anuncian paella, de dudosa procedencia, a los pies de casas empinadas muy de la Europa hanseática.

La Grand Place Foto
La Grand Place Foto

Entre esas callejas, se puede acabar, casi sin quererlo, en el Delirium Café, uno de los mejores lugares para degustar una cerveza belga. Una o dos, porque, literalmente, la cerveza fluye por aquel edificio como si fueran sus venas. Los grifos de cerveza salen del techo de manera natural, y hay tantos que puede llegar a angustiar la elección. Si uno se queda mucho por allí, puede llegar a encontrar un coro de belgas colorados entonando canciones ancestrales. Y probablemente, algún que otro turista despistado.

Más allá de los mares de la cerveza, no muy lejos del Delirium, hay varias tiendas de Godiva, una de las marcas de chocolate más famosas de Bélgica y, por lo tanto, de todo el mundo. También merece la pena pasear por las Galerías Reales, unas galerías comerciales del XIX, que se mantienen tan modernas como el día de su inauguración. Y a pocos pasos de las galerías, la Catedral de San Miguel y Santa Gúdula.

Invernaderos reales Foto
Invernaderos reales Foto

Un recorrido bastante completo por una ciudad que huele a lluvia, a patatas fritas, chocolate y cerveza. Pero un paseo que, con algo más de tiempo, debería acabar en el Atomium, un monumento que representa un cristal de hierro ampliado 165 mil millones de veces, construido para la Expo de 1958. Al lado se encuentra la Mini Europa, un pequeño parque temático con los monumentos más famosos de la Unión Europea a pequeña escala.

En la misma zona, el parque de Laeken es el mejor lugar de Bruselas para desconectar por completo del ajetreo de la ciudad. En ese mismo parque uno puede visitar el monumento a Leopoldo I. Siguiendo en línea recta, se llega a la entrada al Castillo de Laeken, residencia real belga y, por lo tanto, no abierto al público. No obstante, no muy lejos están los invernaderos reales, que, al estilo de la Belle Époque, merece una visita antes de despedirse de Bruselas.

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