Es común pensar que hacer turismo consiste en visitar lugares llamativos, bonitos o importantes; lugares interesantes por su por su arquitectura, por su belleza o por su interés cultural; lugares que merecen nuestra atención y nuestro viaje. Estando ante uno de estos lugares es cuando nos permitimos alzar la vista y observar lo que tenemos delante, como si el resto del mundo no fuera lo suficientemente bueno para reclamar nuestra atención. Cuando lo que nos rodea carece de ese marchamo –de lo turístico, de lo espectacular– asumimos que no hay nada que ver, y terminamos ignorándolo.

En un pasaje de la excelente novela Respiración Artificial, de Ricardo Piglia, el narrador dice: “mirar afuera, a distancia, en otro lugar y poder así ver la realidad más allá del velo de los hábitos, de las costumbres. Paradójicamente es al mismo tiempo la mirada del turista, pero también, en última instancia, la mirada del filósofo”.

Es curioso que no la practiquemos, que esa mirada la reservemos únicamente para nuestros viajes. Buena parte de nuestro mundo, y especialmente el mundo de lo cotidiano, de lo habitual, pasa a ser invisible cuando le aplicamos esa taxonomía radical. Las ciudades pasan a estar divididas en zonas patrimoniales, agrupadas en un centro histórico deslumbrante e intocable, pero también inerte, y zonas funcionales, espacios de uso cotidiano que carecen de valor, de relato y de atractivo.

Aquí daba trabajo Al Capone.
Aquí daba trabajo Al Capone. Foto por remove

Ryan Griffis y Paul Durica, dos emprendedores de Chicago, llevan años revelándose contra esta falsa dicotomía. Diseñan visitas guiadas y teatralidades por zonas desconocidas y poco turísticas de su ciudad, zonas que incluyen parkings, cárceles, parques, lugares hoy vacíos, pero en otro tiempo importantes, calles sin nombre. Son imaginativos y se apartan de lo típico. Su especializad es la “historia oscura” de Chicago, la historia del crimen, del desempleo, de las redadas policiales, y esa historia la cuentan sobre los propios lugares donde ocurrió. Llaman la atención porque son capaces de poner los ojos del turismo en sitios nuevos, demostrando que, como la intuición nos dice, al rascar en la epidermis urbana las historias afloran, y que los lugares que no solemos ver tienen muchas historias que contarnos, si nos paramos a mirar, si adoptamos la actitud adecuada.

Mi esperanza es que aprendiendo sobre el pasado de los espacios que habitamos alcancemos un mayor sentido de conexión con ellos, que nos preocupemos más de ellos y de lo que les pasa en el presente y, quizá, de lo que les pase en el futuro

Paul Durica.

Griffis y Durica nos recuerdan que el turismo es más bien una actitud, y que el talante indagador y abierto del viajero se puede aplicar también a la vida diaria y a nuestra propia casa, con muchos resultados positivos.